Por qué ‘Black Panther’ no debería ganar el Oscar

'Black Panther' ya ha hecho historia como la primera producción de superhéroes nominada al Oscar a mejor película. Que merezca la estatuilla es otro cantar…

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23 de febrero de 2019

Finales de febrero. Los días empiezan a alargarse, la primavera ya se siente (o se ansía) y la temporada de premios llega a su fin con la cita más esperada en la agenda cinéfila: la gala de los Oscar. Y, desde CINEMANÍA, acabamos nuestra particular escabechina. Todas han pasado por nuestro implacable pelotón de fusilamiento (La favorita, Green Book, Bohemian Rhapsody, El vicio del poder, Infiltrado en el KKKlan, Roma, Ha nacido una estrella) y finalmente le ha llegado el turno a Black Panther, cuya crítica podéis leer aquí.

Tras su primer fin de semana de estreno, ya era historia viva del cine: la película de superhéroes mejor valorada en Rotten Tomatoes, el preestreno más visto en febrero, el quinto mejor estreno de un filme… Una máquina de romper récords, además de una oportunidad de oro para saldar una deuda con la cultura afroamericana. Ahora el héroe de Ryan Coogler ya puede fardar de haber logrado lo que ni siquiera el Caballero Oscuro de Nolan consiguió: optar a la estatuilla dorada en la categoría de mejor película, colarse en la categoría reina tratándose de un filme de capas y mallas. ¿Pero realmente se merece el Oscar? Aquí está la prueba de que NO.

 

NI LOS ACADÉMICOS SE LA TOMAN EN SERIO

Kevin Feige ha apostado por Coogler y T’Challa como por ningún otro tándem del MCU para la campaña de los Oscar. Pero hablemos claro desde el principio: si uno echa un vistazo a las ocho películas nominadas a mejor filme y debe apostar a todo o nada cuál NO ganará, elige Black Panther. Ni siquiera los académicos confían en su potencial, como demuestra el hecho de que no haya sido nominada en otras categorías principales como las interpretativas, las de guion o la de dirección, a diferencia de sus competidoras. Opta a siete Oscar: mejor película, banda sonora, canción original, diseño de producción, diseño de vestuario, montaje de sonido y mezcla de sonido.

Black Panther es la Figuras ocultas de este año, esa película que sirve a la Academia para marcarse un tanto con todos aquellos que la tildan de racista y chapada a la antigua. La película destinada a liderar aquella categoría de película más popular (ahora mismo en punto muerto) con el que Hollywood pretendía hacerse el moderna y demostrar al grito de “Wakanda Forever” lo abierto que está al cine mainstream. Un “eh, blockbusters, venid a mí, os nominaré, aunque no tenéis ninguna posibilidad de alzaros con el premio” en toda regla. Y qué mejor que hacerlo con la producción protagonizada por el primer héroe afroamericano, y así matar dos pájaros de un tiro, que el año pasado ya les cayó una buena por olvidarse de Wonder Woman.

 

NO ES LA MEJOR PELÍCULA DE SUPERHÉROES

La animadversión de los académicos al cine de superhéroes es de sobra conocida (aquí puedes repasar todos sus desencuentros), como también lo es la incapacidad de Hollywood de dar una solución a la (¡sorpresa!) mayor calidad de las actuales películas de capas y mallas, reconocer su buen hacer, sobre todo ahora que se reproducen como setas.

El caballero oscuro aún da urticaria a varios votantes de la Academia, ya que ‘los obligó’ a ampliar el número de películas que pueden optar al premio gordo (y eso que Heath Ledger se llevó el premio póstumo por su interpretación del Joker). Curiosamente, esta histórica nominación llega 10 años después de que la Academia ampliara el número de candidatas nominadas a mejor película (en 2009 fueron cinco candidatas, y en 2010 diez), tras las quejas de la gente por la ausencia del filme de Nolan. 

Si somos críticos, Black Panther está lejos de ser una de las mejores películas de superhéroes que se han hecho, tanto en su contenido como en su forma: desde el corazón de la Superman de Richard Donner, hasta vueltas de tuerca al género firmadas también por Marvel como el thriller Capitán América: El soldado de invierno, pasando por el determinante Batman de Christopher Nolan o el salto al western del Lobezno de Hugh Jackman en Logan. Este mismo año, la apoteósica Vengadores: Infinity War merecía haber optado a este premio antes que T’Challa ya solo por el ingenio de los Russo a la hora de equilibrar una batalla superheroica a gran escala, con personajes, tonos y estilos tan diferentes y en ocasiones opuestos.

 

SALVAR, REINAR, LA HISTORIA DE SIEMPRE

Analicemos más en profundidad el contenido de la película. Black Panther es historia viva del cine como primera superproducción del género protagonizada por un héroe afroamericano, hasta aquí todo correcto. Sin embargo, que la estética modernista de Wakanda y las invenciones de Shuri no te confundan: la historia de orígenes que propone Coogler la has visto miles de veces. Príncipe huérfano hereda el trono de papá, pero cierto primo cuya existencia desconocía aparece en el momento menos pensado para luchar por la corona.

Dinámicas familiares y luchas por el trono que hemos visto en películas superheroicas como Thor o la reciente Aquaman. Las guerras de poder son casi un género en sí mismo y esta particular batalla no termina de ofrecer nada que no hayamos visto antes: egos que se baten en combate, el culebrón de los linajes y esa insistencia por diferenciar hasta la extenuación al mandatario noble y al tirano. La eterna lucha entre el bien y el mal a la que Coogler no termina de poner su sello personal.

Al final, la premisa que se plantea en un principio, con esos contrabandistas de vibranium liderados por Ulysses Klaue (Andy Serkis) tratando de hacer llegar el preciado metal al resto del mundo, queda supeditado a un drama familiar, a unos protagonistas que cargan con los errores de sus padres (y hasta de sus ancestros). Lo mismo ocurre con los mensajes de diversidad, integración e igualdad que pretende recalcar la película.

 

¿A QUIÉN LE IMPORTA T’CHALLA?

Una película de orígenes como esta está altamente ligada al encanto de su protagonista, ese T’Challa (Chadwick Boseman) que nos encandiló en Capitán América: Civil War, pero que aquí va perdiendo carisma en cada plano, hasta el punto de desear que Michael B. Jordan (un villano más héroe que el propio héroe, uno de los puntos fuertes del filme) acabe con él y se erija rey de Wakanda.

Ese Erik Killmonger es un claro ejemplo de oportunidad desaprovechado: un personaje criado en las barriadas de Oakland, un superviviente y un buscavidas con el que empatizas aunque sus métodos no sean los correctos. Un ‘anthéroe’ que conecta con esa proclama antirracista de la que la película quiere hacerse eco, pero que también se queda a medio camino por las exasperantes dinámicas familiares ya mencionadas. 

Tampoco el resto de habitantes de Wakanda (o visitantes, como Martin Freeman) son un desecho de entretenimiento. Las única que salvan los platos son ellas, la agente encubierta Nakia (Lupita Nyong’o), la mejor guerrera de Wakanda Okoye (Danai Gurira) y la ingeniera más hábil de la Tierra Shuri (apoteósica Letitia Wright), que ya podía adoptar la identidad de Pantera Negra como en los cómics. Damiselas que sacan de apuros, pero demasiado relegadas a un segundo plano como para sacarnos del estado catatónico que produce mirar a Boseman más de 30 segundos seguidos, en busca de algún signo de expresión.

 

LAVADO DE CARA ANUAL

No nos engañemos. Las nominadas a los Oscar son, antes que buenas películas, herramientas de marketing. Puro postureo. Moonlight era una gran producción, pero también una contundente aliada para responder a los Oscar So White. Qué mejor que abofetear a la era Trump y abogar por un cine más inclusivo que con esta película, con la que además saldan en parte esa eterna deuda con la representación afroamericana en gran pantalla, mientras ‘acogen’ superficialmente a los superhéroes.

Black Panther parece reunir todos los requisitos para que la Academia demuestre lo integradora que es. Lástima que, en realidad, los académicos no hayan dado ni una: esta película es un quiero y no puedo de grandilocuencia, CGI e historias que confunden intensidad con reivindicación. No por adentrarnos en la África que pudo ser y no fue, ni por limitar la presencia del hombre blanco a dos personajes, el mensaje resona con más fuerza. En todo caso, produce el en espectador cierto sentimiento de irrealidad.

En el fondo, esta producción es otro intento de la políticamente correcta Academia de Hollywood por exonerar sus propias culpas de forma superficial, de hacer las paces con el cine de superhéroes y la cultura afroamericana, pero solo de cara a la galería. De ver en este filme su propia redención sin pararse a analizarla antes. Coogler y Boseman querían cambiar el mundo, pero de momento solo le han servido de tapadera a los (cada vez menos, esperemos) académicos blanquitos con ganas de vender lo progres que son.

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