Por qué ‘Infiltrado en el KKKlan’ no debería ganar el Oscar

Spike Lee ha vuelto y lo hemos celebrado porque su película es graciosa, es necesaria, es, incluso, importante. Pero de ahí a ganar el Oscar…

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10 de febrero de 2019

Qué bonita tradición esta de CINEMANIA de lanzar veneno contra las mejores películas del año. Lo cierto es que Los Oscar han demostrado con sus nominaciones que les interesa bien poco el buen cine, el cine estimulante, el cine revolucionario o innovador, que lo que quieren en Hollywood más que nunca es premiar lo que tenga éxito, lo que ame el público contabilizándolo, claro, de manera cuantitativa y nunca cualitativa. Pero esto es otra historia que daría para otro artículo distinto.

Aquí venimos a echar pestes sobre la primera película en someterse a este ciclo de artículos chungos: Infiltrado en el KKKLan. El regreso de Spike Lee nos puso muy contentos a todos, porque lo cierto es que esta cinta es buena, tan buena que recuerda al mejor Lee (y eso es mucho decir). Además, detrás de ella también está Jordan Peele, el tipo que nos trajo el pasado año la fantástica Déjame salir. Y con todo no creemos que merezca la estatuilla… Estas son las razones:

IR AL CINE PARA ESCUCHAR UN SERMÓN

Claramente no, no vamos al cine para escuchar un sermón. Y a ratos Spike Lee convierte su película en un sermón sobre Trump y el auge de la xenofobia. Se le olvida que la mayoría de espectadores que van a ver su película no son racistas, por eso, precisamente, van a verla.

Spike Lee nunca ha sido sutil, pero tampoco ha sido tan reiterativo como en esta ocasión donde durante todo el metraje surgen los mismos conflictos, las mismas idioteces dichas por idiotas, los mismos mensajes revolucionarios una y otra vez cuando de fondo sucede la comedia. La fantástica y maravillosa comedia basada en un hecho real de un tipo negro que consiguió infiltrarse en el KKK en 1979. Spike lo tenía todo para hacer la película del año y se ha quedado a las puertas por su incapacidad para dejar a un lado el discurso.

 

MOMENTOS HILARANTES MAL CONTADOS

La película está repleta de situaciones absurdas y muy divertidas. Situaciones que ocurrieron en la realidad. Claro, un tipo negro y policía que engaña por teléfono a varios líderes del KKK incluido David Duke da para mucha broma, si encima el que se hace pasar por él para reunirse con los jefes del Klan es un tipo judío con las pintas de Adam Driver pues la cosa se pone aún más seria y por ende, divertida. Y si además resulta que respondiendo a todas nuestras sospechas los miembros del KKK son unos imbéciles pues todo acaba siendo un circo de tres pistas. Una especie de comedia de enredos hilarante donde el villano más bobo de todos está interpretado por Jasper Pääkkönen, un personaje con cara de odio que podría ser el malo de una película de Charles Chaplin.

Pero no funciona ninguno de estos potenciales momentos hilarantes. Las llamadas por teléfono del protagonista, el policía Ron Stallworth, son las únicas escenas cómicas que consiguen la carcajada, el resto sólo producen una mueca divertida o de asombro. Si vas a reírte del Ku Klux Klan hazlo con ganas, como lo hizo Quentin Tarantino en Django desencadenado o el propio Jordan Peele se río con la ironía más cruel de la xenofobia en Déjame salir. Las medias tintas de Spike Lee juegan en contra de su película.

 

PALMADITA EN EL HOMBRO. YA NO SOMOS RACISTAS

El peor error de esta película.

Vamos a analizar los personajes racistas. Hay dos tipos: los tontos y los crueles.

Los tontos son los miembros del KKK encabezados por el más tonto y extremista de todos, el tipo al que interpreta Pääkkönen, un ser triste y despreciable, mal hablado, bobalicón, cobarde y sin ninguna educación básica. Como él hay unos cuantos paletos sin vergüenza que son torpes y que parecen sacados de una serie de dibujos (en la que siempre se caerían por los precipicios). El Ku Klux Klan está descrito, por tanto, como un grupo de gente imbécil que no son capaces de quemar una cruz en medio del campo sin salir alguno de ellos mal parados.

Los crueles son la gente xenófoba que no necesita de ningún grupo para expresar, o al menos, actuar como matones. El mejor ejemplo en la película es el policía  que hace bullying, insulta, se sobrepasa, y mira como si fuera un ser inferior a su compañero negro.

Pues bien, con estos dos tipos de arquetipos racistas es evidente que nadie (ni siquiera los racistas) se van a sentir identificados. Es todo lo contrario, una palmadita en la espalda de los espectadores que se miran entre sí para celebrar que ya no somos racistas. No somos malas personas. Y eso es terrible porque cuando haces una película contra la xenofobia o denunciando este tipo de comportamientos el fin último es hacer al espectador partícipe, que todos sintamos un poquito de vergüenza por ser tan imbéciles y que intentemos reeducarnos en valores mejores cada día. Por poner un ejemplo de cuándo se hace bien, este número de Avenue Q:

 

FALTA DE EQUILIBRIO Y QUE NO ES ‘DÉJAME SALIR’

Si Déjame salirno ganó el Oscar sería una terrible injusticia que Infiltrado en el KKKlan lo ganara.

Ambas son comedias, ambas hablan de racismo y aunque se alimenten de personajes, contextos y estilos completamente distintos comparten género y tesis. La única diferencia es que donde Déjame salir consigue un equilibrio en el tono que hace funcionar a la perfección su conjunto, Infiltrado en el KKKlan fracasa estrepitosamente.

Las imágenes de la violencia que ejerció la extrema derecha actual de Charlottesville son el epílogo que Spike Lee ha decidido colocar a su película. Todo ocurrió cuando ya estaba rodada y el director dudaba entre si incluirlo o no. La intención es buena, claro, pero rompe con el tono de la película que hasta ese momento respira como una comedia. Las imágenes de Lee, que quién vea la película ya conocerá, reiteran de nuevo el mensaje y dejan el filme en una especie de purgatorio entre el cine social y la comedia negra.

 

ES MÁS LARGA QUE UN DÍA SIN PAN

128 minutos son muchos minutos. Son demasiados minutos para una historia que se puede contar en la mitad.

En la parte central de la película Spike Lee dilata los acontecimientos de manera innecesaria. Las infiltraciones del alter ego de Ron Stallworth comienzan a ser tediosas cuando no pasa absolutamente nada y eso es imperdonable.

A parte de los mensajes políticos de Lee, la acción también es reiterativa, como los diálogos y la frustración del protagonista que acaba compartiendo con el espectador.

En ninguno de los escenarios posibles y universos paralelos planteados para la noche de los Oscar esta película lo gana.

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