Shyamalan, de nuevo Spielberg a director de encargo

El director de 'El sexto sentido' estrena su regreso al terror en medio del desprestigio absoluto de crítica y público. ¿Por qué tiene Shyamalan a todo el mundo en contra?

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11 de septiembre de 2015

A día de hoy da un poco de vértigo reconocerlo, pero, hace poco más de una docena de años, M. Night Shyamalan era uno de los directores de cine más respetados y mejor valorados de Hollywood. Sí, el realizador de After Earth, arrinconado en el ostracismo y el vapuleo crítico automático durante el último lustro hasta el punto de que La visita, su regreso al género de terror que lo encumbró, ha sido una modesta producción found footage con 5 millones de dólares de presupuesto. ¿Cómo hemos llegado a esta situación? ¿Puede decirse que el propio Shyamalan se lo ha buscado, o ha sido víctima de la circunstancias?

De entre los muertos

Vayamos atrás en el tiempo. El 6 de agosto de 1999 se estrenó en EE UU El sexto sentido, un modesto thriller fantástico que consiguió más de 26,5 millones de dólares en su primer fin de semana y se colocó primero en taquilla, posición que mantendría durante cinco semanas convirtiéndose en el gran sleeper del verano. Era la tercera película que dirigía y escribía Shyamalan, pero la primera en disfrutar de una distribución masiva (vía Buena Vista, es decir, Disney) que no habían obtenido sus anteriores (y ya a partir de entonces ignoradas) Praying with Anger (1992) y, con Miramax, Los primeros amigos (1998). Además de recordar a espectadores de todo el mundo que Bruce Willis podía ser un gran actor fuera del género de acción, El sexto sentido lanzó a la fama a su estrella infantil, Haley Joel Osment (quien lo mismo a día de hoy no está muy agradecido), y recuperó la moda del twist ending o final sorpresa a una escala mucho mayor de la abarcada por Sospechosos habituales unos años antes.

De repente, todo eran alabanzas hacia Shyamalan y su afinada visión comercial no exenta de buen acabado visual y una intrigante historia original. Aunque el estreno ese mismo año de El último escalón, la adaptación de David Koepp sobre una novela de Richard Matheson de los años 50 con otro niño que “ve a los muertos”, ya amenazó con abrir una pequeña grieta en el triunfo del cineasta indio. En vano: las cifras de El sexto sentido, estrenada antes, aplastaban por mayoría.

Irrompible

En el cambio de milenio, M. Night Shyamalan parecía imparable. Sobre su mesa se acumulaban propuestas como escribir Indiana Jones IV para su ídolo Spielberg o dirigir la primera adaptación de esa saga literaria de una escritora británica protagonizada por un mago con gafas que lo petaba entre el público juvenil. Pero él escogió poner en pie su propio ambicioso proyecto: una trilogía superheroica con Bruce Willis como protagonista y, por supuesto, distinta a todo lo hecho anteriormente en el género. Sólo llegó a terminar la historia de origen y creación del héroe, El protegido (2000). 

En este caso la incomprensión vino desde la taquilla: sus 248 millones de dólares quedaban muy lejos de los más de 672 millones amasados por El sexto sentido, un filme que había costado casi la mitad. Sin embargo, la frescura de la propuesta en un ecosistema todavía no saturado de superhéroes (o al menos no tanto como el actual), las poderosas interpretaciones de Willis y Samuel L. Jackson, una partitura de James Newton Howard en estado de gracia o la poco sutil pero resultona reflexión sobre la naturaleza del héroe que enunciaba dieron a El protegido cierto aura de título de culto y contribuyeron a reforzar el estatus de Shyamalan entre los cinéfilos. En vez de venderse a Hollywood, había decidido arriesgarse siguiendo su propio camino.

Primeras señales

Señales (2003), además de ser el mayor éxito de su carrera sólo después de El sexto sentido, marcó un punto de inflexión definitivo en la dirección de la filmografía de Shyamalan y también en cómo ésta era percibida por la crítica y el público. Su invasión alienígena desde un punto de vista a pie de calle propició el cénit en las comparaciones con Spielberg (el suspense minimalista de Tiburón) y Hitchcock (la amenaza silenciosa y la claustrofobia de Los pájaros), pero también empezaron a verse las costuras en unos diálogos y una estructura dramática instrumentales, orientados sólo a epatar al espectador con efectismos carentes de lógica argumental como claudicación a la necesidad de un final sorpresa. Por resumir, si “En ocasiones veo muertos” había entrado con fuerza en la cultura pop, “Batea fuerte” lo hizo directamente por la puerta de la chufla y la burla.

También se encendieron las alarmas ante lo que pasarían a ser dos marcas de estilo: la narración alegórica como fin en sí mismo (toda la película termina constreñida en una parábola reflexiva sobre la fe) y una ampliación a personaje secundario de los antes cameos del director. El fantasma del ego, ayudado por una actuación justita si somos benévolos, empieza a asomar en las críticas.

La burbuja se desmorona

Muchos la consideran el punto de no retorno, pero todavía hay algunos motivos para tener aprecio a El bosque (2004). Y no nos referimos precisamente a su pirueta argumental post-11S que adolece de esa instrumentalización alegórica de la que hablábamos antes (la credibilidad se suspende en pos de un mensaje final), sino a valores potentes como la actuación de Bryce Dallas Howard o la fotografía atmosférica de Roger Deakins. Entre las causas de la mala fama de El bosque no hay que pasar por alto una campaña promocional por parte de Buena Vista (última colaboración entre el cineasta y la distribuidora, que puso fin a una relación de cinco años) que, sin ningún miramiento, publicitó el filme como una película de terror y monstruos espinosos entre los árboles.

La época de mayor apogeo de los foros en internet, que empezaban a dar paso a la hegemonía de los blogs, albergó encendidas polémicas con detractores que se sentían estafados por el filme. Pero Shyamalan seguía teniendo un indudable tirón en taquilla, por mucho que su demiúrgica aparición final volviera a encender los ánimos de la crítica. Por poner un ejemplo, el popular Roger Ebert la incluyó en su lista de películas más odiadas de todos los tiempos y le dedicó frases tan bonitas como: “Llamar a su final un anticlímax sería un insulto no sólo para los clímax, sino también para los prefijos”.

La radicalización

Shyamalan tuvo la oportunidad de filmar la adaptación de La vida de Pi, la novela de Yann Martel que le acabaría brindando un Oscar de Mejor dirección a Ang Lee, pero desestimó el proyecto porque consideró que el final sorpresa del libro terminaría por encasillar su carrera [risas aquí]. En cambio, decidió utilizar el respaldo económico de los grandes estudios que aún tenía y darlo todo en dos películas insólitas y radicalmente personales. Primero vino La joven del agua (2006), un nuevo cuento alegórico (y van…) sobre el arte de la narración o, directamente, el cine, donde el propio Shyamalan es el héroe por encima del protagonista y los desagradables e insoportables críticos son humillados y devorados. Las sutilezas, si eso, para otro día.

Después llegó El incidente (2008), una de esas películas que creemos merecedoras de una segunda oportunidad, aunque sea sólo por la determinación de su autor para nadar a contracorriente de cualquier expectativa posible. Quizás más hermética y autista incluso que La joven del agua, El incidente fue un misil autoral de terror minimalista (¡el viento!) y desnaturalizaciones actorales dignas de Bresson que, sin embargo, cristalizó como blanco de bromas a costa de Mark Wahlberg hablándole a una planta y poco más. Algo a lo que el propio actor se ha sumado: “Fue una película realmente horrible. Joder si lo fue. Los putos árboles, tío. Las plantas. Menuda mierda”.

El desvanecimiento

En 2010, Airbender, el último guerrero marcó la gran debacle crítica de Shyamalan o, como algunos empezaron a llamarlo, “El último maestro en la venta de aire”. Adaptación personal de la serie de animación de Nickelodeon sobre el enfrentamiento entre unas tribus que pueden manejar cada uno de los cuatro elementos, la película terminó siendo un jaleo mitológico demasiado infantilizado para el público adulto, demasiado caóticamente verbalizado para el público infantil y, en definitiva, demasiado incomprensible para cualquiera. La crítica no tuvo piedad con su chivo expiatorio favorito y, cargada de razones ante el estrafalario y fácilmente ridiculizable esperpento 3D que tenía delante, se cebó con saña (“tan escandalosamente mala que es un milagro que llegara a rodarse”), aunque la taquilla internacional le salvó una vez más los muebles al director con casi 320 millones de dólares que, de todas formas, fueron una cifra de lo más decepcionante para un filme con pretensiones de franquicia.

El último escarnio hasta el momento, After Earth (2013), se estrelló con su proselitismo cienciológico y sólo consiguió que cada vez nos dieran más rabia los intentos de Jaden Smith por convertirse en una estrella. A día de hoy, su padre Will Smith lo tiene clarísimo: “No debí haber rodado After Earth”, reconoce, incluso afirmando que la película estuvo a punto de hundir su carrera. ¿Es Shyamalan el director a quien sus actores tienen menos reparos en poner verde a toro pasado? Ahora que ha vuelto a trabajar con desconocidos –a excepción del piloto de la serie Wayward Pines, pero ya sabemos que la figura de director en la tele es otro mundo–, puede que el cineasta tenga la oportunidad de volver a expresarse sin las presiones e injerencias de grandes estudios. ¿Quizás el que debería haber sido su hábitat natural desde el principio?

La visita se estrena el 11 de septiembre.

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