¿Es la ‘Watchmen’ de Zack Snyder una buena adaptación, o solo una gigantesca fotocopia?

Ahora que cumple diez años y se estrena una nueva revisión desarrollada por Damon Lindelof, es buen momento de examinar sus virtudes y defectos.

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20 de octubre de 2019

“He de tener cuidado con lo que digo, pero es un vistazo realmente fresco. Me pareció nuevo, emocionante. Algo de ahora, en lugar de algo de los años 80”.

Así opinaba Dave Gibbons sobre la nueva adaptación de Watchmen, que Damon Lindelof ha desarrollado en formato serie para HBO, y que estrenará hoy 20 de octubre. En sus palabras era inevitable percibir un aire triunfante, una sensación de “ahora sí”. El que hace diez años ya se estrenara una superproducción intentando traducir la obra que pergeñó junto a Alan Moore entre 1986 y 1987, indicaba que Gibbons consideraba esta un producto carente de relevancia. Una nueva muestra de ese lugar común que siempre ha asegurado que Wacthmen es inadaptable.

Para su proyecto, Lindelof ha decidido tirar por la calle de enmedio y anunciarla como una secuela ambientada en la actualidad, prefiriendo homenajear antes que traducir, y proveer de continuidad antes que de estatismo. Una maniobra arriesgada que, a tenor de las primeras críticas, le ha salido increíblemente bien, y que contrasta con la fría recepción que obtuvo Zack Snyder cuando estrenó su versión en 2009, y ese respeto reverencial a la inmortal obra de Moore y Gibbons se saldó tanto con críticas de todos los colores como con el comienzo de un pequeño culto.

Watchmen sólo hay una, evidentemente, pero el film de Snyder se ha visto reivindicado de un tiempo a esta parte como un obra clave del superheroísmo cinematográfico. Al fin y al cabo, se estrenó un año después de El caballero oscuro, haciéndose eco de una primaria ambición y solemnidad cuya resaca aún estamos sobrellevando (sí, te estamos mirando a tiJoker), y supuso la primera irrupción en el subgénero del firmante de Sucker Punch, quien sería uno de sus artífices más inquietos y cuestionados.

Pero claro, aquí hemos venido a discutir. Y, de paso, a dilucidar de una vez por todas si Watchmen merece tu respeto como adaptación, o es mejor dejar todas nuestras esperanzas en Lindelof.

La visión de Snyder

A mediados de la década pasada parecía obvio que, si alguien podía hacerse cargo de una película de Watchmen sin morir en el intento, este era aquél que había cogido el 300 de Frank Miller y se las había apañado para trasladar intacta a la pantalla su exaltación heroica y viril. El primer problema, llegados a este punto, no era tanto que Miller y Alan Moore estuvieran en las antípodas ideológicas el uno del otro (algo que se puede percibir en ambas obras con suma facilidad), sino que Watchmen era una historia de bastante mayor complejidad que la epopeya de Leónidas y cía.

Esto, sin embargo, no hizo que Snyder variara gran cosa su estrategia a la hora de ponerse con la historia de los enmascarados, y su punto de vista volvió a diluirse en la reverencia absoluta por la viñeta original. Así como 300, película, trataba de emular al cómic en cada plano y muchos de sus diálogos saltaban a la gran pantalla de forma íntegra, pasó algo similar con Wacthmen, y el director de Batman v Superman: El amanecer de la Justicia hizo un trabajo estupendo dotando de movimiento los dibujos de Gibbons.

En principio, es lo primero que hay que aplaudir de la versión de Snyder. Hay un respeto absoluto por la materia prima que se percibe en cada fotograma de Watchmen, y el guión (escrito por Alex Tse y David Hayter) hace lo propio con los diálogos, siendo copiadas conversaciones enteras con el deseo de transmitir al dedillo lo que Moore y Gibbons pretendían en el cómic. Una decisión no muy valiente a la hora de sacar adelante el proyecto, pero ya que contabas con una de las novelas más prestigiosas de la historia, ¿qué podías ganar tratando de inventar algo?

La respuesta, probablemente, es una mínima consistencia narrativa. Watchmen, como película (lo de adaptación lo iremos desentrañando más adelante), sufre lo suyo con esta estrategia tan rígida de traducción, deparando un ritmo absolutamente nefasto a lo largo de sus casi tres horas de duración, y viendo cómo la estructura resultante se limita a un encadenado de presentación de personajes (durante una hora y media), seguida de resolución de conflictos (el resto del metraje).

Por no hablar de que, en las distancias cortas, el temor reverencial de Snyder conduce igualmente a resultados ingratos. El director era consciente de que el tiempo apremiaba y cortó las partes que a él le parecían prescindibles no tanto en cuanto a la construcción argumental sino al potencial icónico, lo cual nos llevaba a la insostenible estructura ya descrita y a ciertas conversaciones que a fuerza de querer llegar a “lo guay” se saltaban cualquier lógica.

Como, por ejemplo, cuando Búho Nocturno (Patrick Wilson) recordaba un diálogo con el Comediante (Jeffrey Dean Morgan), y este era cortado abruptamente por la pregunta de Dan sobre qué había sido del sueño americano. Y sí, para qué nos vamos a engañar. Era ridículo.

La adaptación de Watchmen no está muy bien planteada. Para hacer una fotocopia decente necesitas más o menos la misma cantidad de papel, y Snyder sólo contaba con 163 minutos para condensar la obra de Moore y Gibbons. Había, obviamente, que cortar, y en este corte se sacrificó la coherencia de los diálogos, la flexibilidad de la historia y, por supuesto, a ciertos personajes.

El director quiso respetar el cómic y concederle una larga secuencia de presentación a cada protagonista, pero llegando a Ozymandias (Matthew Goode) vio que no le quedaba tiempo y decidió que este fuera el carácter más vagamente adaptado de la película, pese a que supuestamente cumplía el rol de villano. Empezamos a vislumbrar problemas algo más graves, ¿verdad?

Todas estas soluciones de andar por casa nos llevan a una única conclusión: Watchmen, entendida por sí misma, no funciona. De hecho, es altamente improbable que alguien desconocedor del cómic sepa entrever toda su grandeza a partir de las imágenes recreadas por Snyder, pero esto tampoco tendría por qué suponer un problema para los fans. Ellos tan sólo querían ver su historieta favorita en movimiento, ¿verdad? Y eso, con mayores o menores cortes, era justo lo que les iba a dar el director de 300.

A no ser que fallara al dárselo. A no ser que la película de Watchmen, en su desesperada busca de la fidelidad absoluta, acabara perdiéndose por el camino y perjudicara notablemente la historia.

¿Se supone que Watchmen tenía que molar?

De un tiempo a esta parte se ha convertido en algo así como un hobby vapulear a Zack Snyder. Y, como tampoco queremos caer en lo fácil ni olvidar que será todo lo chapuzas que queráis, pero que él dirigió Amanecer de los muertos (¡chupaos esa, hermanos Russo!), quizá debamos enfocar el asunto desde cierta diplomacia. Adaptar Watchmen en tres horas era una jugada kamikaze, y lo suyo sería empatizar con los sacrificios que tuvo que hacer para que Warner se dignara a estrenarla.

El director tuvo que dejar fuera pasajes que podrían haber ayudado al remate de ciertas tramas que en la película quedaban algo cojas, como todo lo referido a la muerte de Hollis Mason (Stephen McHattie). La versión final para cines nos escamoteó una trágica escena al ritmo de Cavalleria rusticana que ejemplificaba admirablemente el patetismo de los personajes enmascarados y apuntalaba el particular arco de Búho Nocturno, pero Snyder supo jugar con las imposiciones, y alumbrar soluciones visuales a la altura.

Al fin y al cabo, no podemos olvidar que los créditos iniciales al ritmo de The Times They Are A-Changin suponen aún hoy de lo mejorcito que ha hecho el cineasta, tanto en calidad de intérpete de cómics como de narrador audiovisual. Esta sucesión de planos (o, más bien, viñetas) no sólo resumía con tino parte del complejo worldbuilding sobre el que se sustenta Watchmen, sino que también profundizaba en sus posibilidades y se atrevía a mostrar elementos que en el cómic habían permanecido sumidos en la ambigüedad, como el crimen homófobo que sufría un miembro de los Minutemen o todo lo referente al asesinato de Kennedy.

El Snyder que percibimos en esta secuencia es travieso, casi iconoclasta, y muestra una inventiva que apenas se deja ver en el resto del metraje. La omisión del célebre calamar gigante como punto clave del plan de Ozymandias, así las cosas, fue alabado como una forma idónea de “corregir” un aspecto del cómic que había quien pudiera considerar tirado de los pelos. Pero, al mismo tiempo, también constataba el estatismo de su traspaso a la pantalla, y la nula asunción de riesgos que enarbola Watchmen en toda su extensión.

Porque, al final, ese es uno de los grandes problemas. Por mucho que El caballero oscuro hubiera triunfado en sus ambiciones existencialistas con un blockbuster sumamente idiosincrático, Warner sabía que debía hacer control de daños con esta adaptación de Moore y Gibbons. Quizá quepa entender a partir de ahí el fichaje de Snyder. Un tipo conocedor del cómic, apegado a lo literal y esteta confeso, que además hacía gala de una virtud muy socorrida para los grandes estudios: la capacidad de hacer cosas molonas.

300 era todo una fiesta en este sentido y, qué duda cabe, la idea original de Miller amparaba esta fiesta. En lo que respecta a Watchmen, sin embargo, supone la mayor disonancia de todas. Zack Snyder coreografía su versión de Watchmen tal y como coreografió 300, y esto es algo que choca frontalmente con la idea de la obra primigenia.

Moore concibió la historia de los vigilantes como una aproximación extremadamente realista a los superhéroes, en contraste con el inmenso y terrorífico poder de un solo ser, el Dr. Manhattan. Frente a él Búho Nocturno, Ozymandias o Espectro de Seda no eran más que hormigas. Seres inferiores que ganaban las peleas a fuerza de trucos y ataques por la espalda.

Esto no ocurre en la película. El retrato del Dr. Manhattan (Billy Crudup) es amedrentador y ejemplar, pero el resto de personajes pelean como si tuvieran habilidades extraordinarias, y el choque de lo humano con lo superheroico está mucho más diluido. Algo a lo que no ayuda la obscena estilización a la que Snyder somete las set pièces, llenas de cámaras lentas, explosiones y gente volando por los aires; un conjunto que se intenta disimular con la abundante inclusión de gore, sin que esto logre otra cosa que forzar el distanciamiento del espectador con lo visualizado.

Por muy aparatosa que sea dentro de su condición de gran superproducción, Watchmen no deja de ser un espectáculo. Vistoso, sofisticado, lleno de música estupenda y planos en los que recrear la vista. Ya que la obra de Moore y Gibbons pretendía deconstruir ese espectáculo y dar una visión crítica, política y filosófica del mismo, es algo que bastaría por sí solo para calificar a la Watchmen de Snyder como una adaptación deficiente.

Y eso que aún no hemos hablado de Rorschach.

O blanco, o negro

“Si Batman existiese en el mundo real, probablemente estaría un poco loco. Probablemente olería. Comería judías en lata. No hablaría con mucha gente, y su voz se volvería rara por el desuso (…) Pero se me olvidó que en realidad muchos fans de los cómics huelen y no tienen novia…”

Alan Moore está harto de los superhéroes, pero no ha sido siempre así. Al inicio de su carrera, eso sí, albergaba ambiciones de que sus historias evolucionaran, y por eso no dejó de analizarlos desde diferentes perspectivas al poco de entrar en el mundo del cómic. Obras como SupremeLa broma asesina o, claro, Watchmen, pretendían cuestionar el ideal de justicia que siempre habían abanderado estas figuras, contraponiéndolo a un ecosistema real dado a las contradicciones y las encrucijadas morales. Un ecosistema en el que siempre salían perdiendo.

Entre otras muchas cosas, Watchmen habla de la imposibilidad de un ideal unívoco de justicia, tejiendo una ucronía donde la aparición de un superhéroe auténtico ha cambiado el rumbo de la historia conocida y varios personajes han de enfrentarse a sus limitaciones, tanto dialécticas como heroicas. El cómic describe, por tanto, un mundo complejo donde lo único a lo que puedes aferrarte es a la creencia de que existe un orden que no vemos y va mucho más allá de nosotros (orden que sólo atina a ver el Dr. Manhattan).

Dentro de esta complejidad, es relativamente fácil dirimir por qué existe quien considera a Walter Kovacs lo más parecido a un héroe que hay enWatchmen.

Rorschach tiene las cosas claras, como atestiguan las manchas blancas y negras de su máscara. Estas simbolizan el maniqueísmo de su visión de la justicia, de la cual vemos los peligros en el cómic al poco de que este aparezca, deshaciéndose en monólogos enloquecidos donde se dan cita la misoginia, el nihilismo y, en última instancia, el fascismo. Como enmascarado sin poderes más allá de su convicción de que lo que hace está bien, Rorschach es un reflejo distorsionado de Batman y el que hace que la trama se mueva, ejerciendo de narrador.

Un rol tan activo podría conducir fácilmente a los malentendidos, pero Moore y Gibbons dejan claro una y otra vez la equivocación de Rorschach a base de poner en solfa lo limitado de sus entendederas. De hecho, es en el momento en que Rorschach se enfrenta a estos límites (al descubrir el plan de Ozymandias) cuando prefiere morir a manos del Dr. Manhattan, terminando de dar cuenta de su derrota. Como, básicamente, le pasa al resto de personajes de la historia.

Watchmen, película, respeta este arco en líneas generales. Sus diatribas paranoides se mantienen y no le ocurre nada significativo que no ocurra en las viñetas. No obstante, Snyder y los guionistas cometen dos errores graves a la hora de delimitar su retrato que quizá expliquen el malentendido por el que ha pasado la figura en los últimos años. El primero se extrae de lo que ya reseñábamos arriba. Es decir, del empeño de Snyder por molar a toda costa.

Rorschach no sólo es el narrador y el hilo conductor de la historia, sino también el que tiene las mejores frases y el único que, en la versión para los cines, se muestra en contra del plan de Ozymandias. Quien, recordemos, en esta película es más un villano que ha leído mucho a Maquiavelo, antes que una figura pública tan obsesionada con su misión salvífica como Búho Nocturno o el propio Rorschach. Con estos mimbres, Rorschach lo tiene todo para ser considerado el eje moral de Watchmen, y muchos de hecho han llegado a leerlo así.

El segundo error es algo más peliagudo al no nacer de la frivolidad estética, sino de la torpeza pura y dura. Como absolutista que es, Rorschach ha de ser cuestionado constantemente desde los matices o el certificado absoluto de su estrechez de miras (nada como un calamar gigante para esto último). Sin embargo, esto es desechado en la obra de Snyder cuando opta por omitir la escena donde Rorschach despacha la violación del Comediante a la primera Espectro de Seda (Carla Gugino) como un “lapso moral”. O, en su lugar, pretende satisfacer al espectador a efectos emocionales… recurriendo a Rorschach y a una supuesta bondad inherente.

Hacia el final de la historia hay una escena donde Walter pide disculpas a Búho Nocturno por ser tan difícil y le dice que “es un buen amigo”. Una escena que es conservada en el film, pero a la que Snyder despoja de la ambigüedad de las viñetas. Donde en ellas era posible que viéramos la contrición de Rorschach como una estrategia para manipular al Búho y conseguir su ayuda, el film no deja lugar a dudas: Rorschach se arrepiente de verdad, y siente por su compañero de armas un afecto sincero.

Es inevitable que el espectador no conecte con Rorschach a partir de escenas así, y esto es algo que sólo se agrava una vez su asesinato parece más propio de una traición que de una derrota discursiva, como ocurría en el cómic. Tampoco ayuda que, en lugar de la escena donde el Dr. Manhattan cuestiona el plan de Ozymandias desde su entendimiento del orden superior que promulga Watchmen (y gran parte de la obra de Moore), sólo tengamos a Búho Nocturno dándole guantazos mientras llora porque “has matado a mi amigo”.

El lavado de cara de Rorschach es completado en la última escena, cuando su diario es encontrado por los trabajadores de un periódico en medio de la “utopía” que ha diseñado Ozymandias, y Snyder parece enfocar este hallazgo desde la esperanza en que dicha utopía, construida sobre la muerte y el engaño, se tambalee. Es una diferencia enorme con respecto a lo ocurrido a el cómic sólo gracias a un pequeño detalle: dicho periódico es el New Frontiersman, un panfleto de extrema derecha y dudosa credibilidad al que el film de Snyder no ha hecho referencia hasta ahora.

El cómic, al contrario que la película, percibía el legado de Rorschach de forma mucho más ambivalente, cual amenaza de volver a desatar el caos, y esto es algo que la serie de Lindelof parece haber comprendido desde su propio punto de partida: en 2019, el lunático enmascarado se ha convertido en el símbolo de una organización terrorista que promulga el supremacismo blanco. Y en dicha organización es imposible no ver ecos de todos los fans que han malinterpretado Watchmen a lo largo de los años, ya sea por culpa de la película o por su propia mirada blanquinegra.

No, Watchmen no es una buena adaptación. Por mucho respeto que sintiera su responsable por la obra de Moore y Gibbons, este no se tradujo más que en una correspondencia superficial, más preocupada de la forma que del fondo. La incapacidad de captar la esencia del cómic no sólo condujo al varapalo crítico, sino a varios errores de bulto que actualmente hacen de Watchmen un producto incómodo. Una mancha más en el currículum de Zack Snyder, tan lleno de actos de valentía como de edificios demolidos.

A diez años de su estreno, y con una serie en ciernes que ha comprendido que las adaptaciones de obras tan complejas deben tirar por otro lado, queda claro que puedes copiar todo lo que quieras, pero que si no aprehendes parte del espíritu es muy difícil que logres tus propósitos y obtengas la trascendencia.

La Watchmen de Snyder se quedó bastante lejos de ella pero, al menos, afrontó la tarea con entusiasmo. Y esto, por mucho que cabreara a Moore (porque Moore siempre va a estar cabreado), es algo reivindicable en sí mismo… ¿verdad?

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