Ennio Morricone: 20 bandas sonoras imprescindibles

De Sergio Leone a Terrence Malick y de Brian De Palma y Quentin Tarantino: homenajeamos a 'il maestro' repasando su carrera kilométrica y versátil.

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06 de julio de 2020

Pocos compositores de cine ha habido capaces de mantener un estilo único mientras, a la vez, probaban su versatilidad trabajando para filmes de todo tipo. Y Ennio Morricone ha sido uno de ellos. El maestro italiano, fallecido en su Roma natal a los 91 años, tuvo sobradas ocasiones para probarlo con una carrera kilométrica que le llevó del fértil cine italiano de los 60 y los 70 (el del giallo, los thrillers desaforados, las películas sociales, el erotismo y, claro, el spaghetti western) hasta el Hollywood más lujoso.

Para conmemorar su obra, hemos elegido 20 trabajos entre los que destacan, claro, sus colaboraciones para Sergio Leone, pero también para cineastas tan dispares como Pier Paolo Pasolini, Roman Polanski, Sergio Corbucci, Terrence Malick, Lucio Fulci y Quentin Tarantino. Y también para una larga serie de películas que ahora estarían olvidadas de no ser por unas composiciones majestuosas. Parafraseando a Tuco Benedicto Pacífico María Ramírez, en esta vida hay dos clases de personas: las que componen piezas como las que listamos a continuación, y las que las escuchan. Nosotros escuchamos.

Por un puñado de dólares (Sergio Leone, 1964)

Tan poca confianza tenía Morricone en su primer spaghetti western que firmó su partitura como Dan Savio, uno de los seudónimos anglosajones que empleaba para trabajos de menor cuantía. A la postre, su combinación de guitarras twangy, silbidos y efectos sonoros de todo pelaje acabó siendo tan influyente como la propia película.

La batalla de Argel (Gillo Pontecorvo, 1966)

Maestro consumado de la música para thrillers, Morricone volvió a hacer historia con su música para este clásico sobre terrorismo y tortura que rompía las barreras entre ficción y documental. Compositores como James Horner (Aliens) tomaron buena nota de su uso de la percusión y los vientos.

El bueno, el feo y el malo (Sergio Leone, 1966)

Seguramente, la obra de Morricone que más influencia ha dejado. Y no hablamos solo de una pieza, sino de varias: de los “uauaua” y la guitarra del tema principal a los agudos de la soprano Edda Dell’Orso en L’estasi dell’oro y la tensión siempre creciente de Il triello, toda esta BSO es a la vez un deleite para los oídos, un texto inacabable para el análisis y una piedra angular de la música para la gran pantalla.

Diabolik (Mario Bava, 1968)

Para disfrutar del Morricone más desenfadado y pop, que también existía, pocas bandas sonoras mejores que la del desparrame pop y comiquero de Mario Bava, donde encontramos joyas late sixties como esta Deep Down. 

El clan de los sicilianos (Henri Verneuil, 1968)

¿Qué hacía Morricone cuando un maestro francés como Verneuil (La vaca y el prisionero, Fin de semana en Dunkerque) le encargaba la música para un polar con Alain Delon, Jean Gabin Lino Ventura? Pues derramar estilo y elegancia con una melodía inolvidable.

El gran Silencio (Sergio Corbucci, 1968)

No todos los trabajos de Morricone para el spaghetti western fueron tan apoteósicos como sus partituras para Leone: la BSO de este clásico nevado de Corbucci (del cual Tarantino tomó buena nota para Los odiosos ocho, en forma y fondo) prueba que il maestro también sabía desenfundar a cámara lenta.

Hasta que llegó su hora (Sergio Leone, 1968)

¿Pensabas que una armónica no podía ser el instrumento más aterrador de todos los tiempos? Morricone te hará cambiar de idea con su partitura para el spaghetti western más retorcido de Sergio Leone, sobre todo si ves la película y descubres por qué el músico armó la BSO en torno a ese sonido.

El gato de nueve colas (Dario Argento, 1971)

Los ejemplos de Morricone poniéndose giallo y terrorífico fueron legión, incluyendo partituras legendarias para la llamada ‘trilogía de los animales’ del autor de Suspiria. Sin hacer de menos a El pájaro de las plumas de cristal Cuatro moscas sobre terciopelo gris, nos quedamos con este ejemplo zoológico cuya elegante melodía contrasta lo suyo con la brutalidad esteticista de las imágenes.

Veruschka (Franco Rubartelli, 1971)

Tratándose de un compositor del cine europeo de los 70, en la obra de Morricone también hubo lugar para el zorrerío fino y aterciopelado. Si bien su obra nunca se deslizó a los terrenos flou y melindrosos de un Francis Lai, por ejemplo, en ella hay trabajos tan late night como este documental sobre la modelo prusiana que coprotagonizó Blow-Up para Antonioni.

Maddalena (Jerzy Kawalerowicz, 1971)

A veces, la calidad del trabajo de Morricone trascendía con mucho la de las películas para las que trabajaba. Una buena prueba de ello es este drama erótico del polaco Kawalerowicz (Faraón), que hoy estaría casi totalmente olvidado de no ser por partituras tan arriegadas como Comme Maddalena.

Una lagartija con piel de mujer (Lucio Fulci, 1971)

Lo sentimos por Dario Argento, pero el mejor Morricone giallo no es ninguno de sus trabajos para la ‘trilogía de los animales’, sino este locurón escamoso. Seguramente el verse en manos de un director tan desparramante como Fulci ayudó a que el compositor se soltara su inexistente melena.

Revolver (Sergio Sollima, 1973)

A la hora de recordar las mil facetas de Morricone, nos quedaba por mencionar su trabajo en el poliziottesco italiano de los 70. Si esta composición para un thriller con Fabio Testi Oliver Reed te suena de algo aunque no disfrutes del género, seguramente será por la forma en la que Tarantino se apropió de ella para la BSO de Malditos bastardos. 

Días del cielo (Terrence Malick, 1978)

Este clásico drama rural de Malick, su segundo y último filme en dos décadas, contiene muchas cosas escalofriantes: la voz en off de Linda Manz, la fotografía de Néstor Almendros, el triángulo amoroso de Richard Gere, Sam Shepard Brooke Adams, y la partitura majestuosa de Morricone.

La cosa (John Carpenter, 1982)

Devoto del “yo me lo guiso, yo me lo como”, Carpenter se ha apeado poquísimas veces del puesto de compositor para sus propios filmes. La primera de ellas, y casi la única, fue en su película de terror antártico, para la que recurrió a Morricone: si bien la colaboración no estuvo exenta de broncas, el maestro correspondió al homenaje entregando dos partituras, una orquestal que no llegó a usarse y otra muy electrónica (y muy carpenteriana) que sí llegó al montaje final… y fue nominada a un Razzie.

Érase una vez en América (Sergio Leone, 1984)

El primer encuentro entre Leone y Morricone había hecho historia, y su último trabajo en comandita acabó siendo otro monumento. La desoladora historia de James Woods Robert De Niro como gángsters judíos en Nueva York tuvo una banda sonora catedralicia que ha llevado esperanza a la Italia del coronavirus.

La misión (Roland Joffé, 1986)

Décadas después de haberse quedado a las puertas del Oscar por su trabajo más jesuítico y guaraní, Morricone seguía enfadado por la decisión de la Academia. Algo comprensible, porque fue uno de los ejemplos más logrados de fusión entre su estilo y los modos de Hollywood.

Los intocables de Eliot Ness (Brian De Palma, 1987)

Tras haber contado en muchos de sus mejores trabajos (Carrie, Vestida para matar) con Pino Donaggio, otro italiano ilustre, De Palma apostó por the real deal en esta película gangsteril, otro memorable salto de Morricone a Hollywood con el maestro rescatando los modos de sus mejores thrillers.

Cinema Paradiso (Giusseppe Tornatore, 1988)

Repartiendo su tiempo entre las series de TV y los asaltos a Hollywood, el Morricone ochentero también tuvo tiempo de entregar trabajos tan emblemáticos como esta partitura para el filme de Tornatore, tan dulcemente nostálgica como las imágenes de la película.

Frenético (Roman Polanski, 1988)

Uno de los filmes más hitchcockianos de la carrera de Polanski, este thriller con Harrison Ford perseguido en París dio ocasión para que Morricone se pusiera otra vez psicodélico, a sus años, enfrentando su música (ahí es nada) con el poder del Libertango de Grace Jones Astor Piazzola. 

Los odiosos ocho (Quentin Tarantino, 2015)

Como sabemos, Morricone y el genio de la gran mandíbula tuvieron sus cosillas entre bambalinas (si bien el maestro italiano desmintió luego enérgicamente el haber tildado al cineasta de “cretino”). Pero, como ese enfrentamiento dio lugar a esta formidable BSO, seguramente el mejor trabajo del compositor en el siglo XXI y su única obra galardonada con un Oscar, podemos renunciar a la expresión “choque de egos” y decir que aquello fue pura tensión creativa.

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