12 películas clásicas que son LGBT (aunque no lo supieras)

De 'El club de la lucha' a 'Matrix', de 'Ben-Hur' a 'Dando la nota': recordamos clásicos del cine que han subvertido con ingenio la heteronorma de Hollywood.

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26 de junio de 2020

La censura y la represión, es lo que tienen: cuando un grupo marginado tiene vedado expresarse en público, el ingenio siempre le hace encontrar formas de manifestarse, aunque sea mediante códigos y mensajes en clave. Y no solo eso, sino que a veces esas infiltraciones en la conciencia colectiva triunfan a lo bestia entre un gran público consciente solo a medias de lo que está viendo. Ahora que celebramos el Orgullo LGBT 2020, es el momento de recordar que las minorías sexoafectivas han luchado con uñas y dientes para hacerse presentes en la pantalla, y que sus mensajes están presentes incluso en películas que el espectador hetero jamás habría sospechado.

Desde que el cine es cine, y desde que Hollywood es Hollywood, los autores y autoras de sexualidad no normativa (o simpatizantes) han encontrado maneras de hacerse presente en la pantalla, a veces en películas cuya entidad de blockbusters las ponía en el punto de mira de la siempre homofóbica MPAA y otras entidades censoras. Desde películas de acción a dramas ‘para todos los públicos’, desde el terror al péplum (¡ay, el péplum!), son muchos los filmes en los que directores, guionistas e intérpretes usaban de todo su ingenio para incluir una trama o un personaje que se salía de la heteronorma… aunque hubiera que estar atento para darse cuenta.

Incluso en nuestra época, cuando la industria levanta la mano (no demasiado…) en estos asuntos y cuando el cine indie permite una ventana para mostrar la realidad LGBT sin tapujos, podemos encontrarnos con estos pequeños gestos de libertad infiltrada. De ahí que, puestos a repasarlos, hayamos incluido tanto clásicos de todas las épocas como películas más o menos recientes. Todas ellas son muy disfrutables y, bien mirado, te pueden dar para organizarte un apañado ciclo casero.

El club de la lucha (David Fincher, 1999)

Chuck Palahniuk, autor de la novela original, le parece muy divertido (por decir algo) que cierta ultraderecha de internet tenga a El club de la lucha como filme de cabecera. Para empezar, porque él concibió la historia de Tyler Durden (Brad Pitt) y su álter ego sin nombre (Edward Norton) para reírse de cierta masculinidad tóxica, y para seguir porque Palahniuk es gay y canalizó en el libro las ansiedades que le provocaba el asumir su sexualidad e irse a vivir junto a su pareja de toda la vida (aunque esperaría hasta 2004 para salir formalmente del armario). Según explicó en 2018, “[El club de la lucha] habla sobre el terror a vivir y a morir sin haber entendido algo importante sobre ti mismo”. El que quiera entender…

Matrix (Hermanas Wachowski, 1999)

El mismo año en el que El club de la lucha plasmaba en pantalla grande las angustias armarizadas de Chuck Palahniuk, Lana Lily pusieron de moda el ciberpunk, coronaron a Keanu Reeves como nuestro hacker favorito… y le metieron un gol a Hollywood llenando la película de mensajes alusivos a su condición de chicas transgénero. Según han explicado las Wachowski, la transición que atraviesa el protagonista de oficinista tímido a elegido superpoderoso, así como su doble vida en el mundo digital, son una alegoría del proceso atravesado por la gente trans a la hora de asumir su auténtica identidad. Y no faltan los análisis que ven la famosa pastilla roja (esa que, para disgusto de las autoras, se ha convertido en un símbolo de la extrema derecha) como equivalente a la terapia de reemplazo hormonal.

Ben-Hur (William Wyler, 1959)

Puestos a incluir filmes del Hollywood clásico en este informe, tenía que salir un péplum por narices. Y como Espartaco nos lo ponía demasiado fácil con aquello de las ostras y los caracoles, hemos optado por este clásico ganador de once Oscar. Porque, echándole una mano al guionista Karl Thunberg en funciones de asesor no acreditado, el pérfido escritor Gore Vidal se empeñó en llenar Ben-Hur de subtexto gay, implicando que entre el protagonista (Charlton Heston) Mesala (Stephen Boyd) había habido una hermosa historia de amor viril, muy grecolatina ella, truncada cuando la coyuntura política del Imperio romano se interpuso entre ambos. Según señaló el publicista Morgan Hudgens en su momento, Boyd pilló esta doble lectura a la primera y la disfrutó de lo lindo, pero Heston no se enteró de nada.

Quiero ser como Beckham (Gurinder Chadha, 2002)

La encantadora comedia teen y futbolera que convirtió en estrella a Keira Knightley es ya una película de culto para las espectadoras lesbianas y bisexuales, y podría haberlo sido todavía más de confirmarse los rumores que circulan sobre una primera versión del guion: según afirman esas habladurías, dicho libreto culminaba con las dos heroínas (Knightley y Parminder Nagra) formando una feliz pareja juvenil. Y aunque Keira ni lo confirma ni lo desmiente, sí afirma que rodar dicho final le hubiese gustado mucho: “Habría sido fabuloso, y creo que deberían haberse enrollado”, dice. Es más: la actriz inglesa asegura estar dispuesta a rodar una secuela en la que Jules, su personaje, encuentre a la chica de su vida. Ojalá la veamos alguna vez.

X-Men 2 (Bryan Singer, 2003)

A estas alturas, mencionar el nombre de Singer resulta bastante siniestro, pero hay que rendirse a la evidencia: en sus dos primeras películas de X-Men, el cineasta supo capturar el abundante subtexto LGBT que llenó los tebeos de mutantes durante su edad dorada en los 70 y los 80, cuando el guionista Chris Claremont los convirtió en icono para los Marvel zombies de sexualidad no normativa. Dicha doble lectura a veces no tenía nada de doble, como demuestra esa visita familiar en la que Bobby (Shawn Ashmore) escucha aquello de “¿Has pensado en no ser mutante?”. Si esto te recuerda a algo, puedes tener por seguro que estás en lo cierto.

La casa encantada (Robert Wise, 1963)

A la hora de incorporar películas de terror a esta antología, lo hemos tenido muy difícil: si bien cintas ochenteras como Pesadilla en Elm Street 2 Campamento de verano han sido reapropiadas por los espectadores LGBT pese a su mensaje homofóbico, encontrar a un personaje positivo y ajeno al morbo sigue resultando una tarea hercúlea. Menos mal que el director de West Side Story y la escritora Shirley Jackson acuden en nuestra ayuda con Theo (Claire Bloom), seguramente lo más parecido a una heroína lesbiana (¡y telépata!) que una espectadora de 1963 podía encontrar en la cartelera. Si te gustó la interpretación del personaje a cargo de Kate Siegel en la serie La maldición de Hill Houseéchale un vistazo al original y te quedarás pasmado con su audacia.

Dando la nota (Jason Moore, 2012)

Decir que la trilogía de las Barden Bellas está un poco hecha a medida de los espectadores LGBT es como decir que el océano Atlántico está un poquito húmedo. Pero aun así no podemos resistirnos a llamar la atención sobre la tensión sexual no resuelta entre Becca (Anna Kendrick) Chloe (Brittany Snow), un ‘sí es, no es’ que ha incluido los preceptivos rumores sobre una relación descartada por orden de la productora. Desgraciadamente, a la altura de la tercera película el chiste olía a rancio (y, a decir de algunas críticos, a queerbaiting), pero eso no ha detenido a los ejércitos del shippeo para dotar a la pareja, apodada ‘Bechloe’, con un final feliz que (¡ay!) nunca tendrá en la pantalla.

Jóvenes ocultos (Joel Schumacher, 1987)

Desde que la pionera Carmilla se colase por primera vez en el boudoir de una linda damisela, o incluso desde antes, a las historias de chupasangres nunca les ha faltado el subtexto homoerótico. Y si bien Entrevista con el vampiro no se cortó un pelo al recordárnoslo, bien está señalar que el difunto Schumacher (un cineasta que nunca tuvo que salir del armario, puesto que jamás estuvo en él) tiró la casa por la ventana combinando esa constante con los tropos del cine teen ochentero. Detalles como esos ojitos hemoglobínicos que Kiefer Sutherland le pone a Jason Patric o el póster de Rob Lowe en la habitación de Corey Haim (un guiño jocoso de Schumacher al guaperas, con quien había trabajado en St. Elmo punto de encuentro) nos hacen aclamar a Jóvenes ocultos como una deliciosa subversión de la heterosexualidad obligatoria en Hollywood.

Le llaman Bodhi (Kathryn Bigelow, 1991)

Ya en The Set-up, su primer cortometraje, Bigelow daba abundantes pruebas de ser lo que expertos en manga y anime describirían como “una fujoshi de mucho cuidado”. Es decir, una señora que disfruta intensamente con la visión de dos varones atractivos, bien amándose, bien dándose de tortazos, bien ambas cosas. Tendencia esta que la aclamada cineasta llevó a su extremo en Le llaman Bodhi: tras analizar la relación entre esos Patrick Swayze Keanu Reeves tan noventeros, múltiples estudiosos del cine han llegado a una misma conclusión, y esa conclusión ha sido  corear el “¡que se besen!”. La directora, de hecho, metió abundante mano en el guion original de Peter Iliff para acentuar este subtexto homoerótico, una tarea en la que le ayudó su entonces marido James Cameron. 

Arma fatal (Edgar Wright, 2007)

Si eres de los que arrugan la nariz ante ciertos momentos un tanto bifóbicos de Scott Pilgrim contra el mundo, las palabras de Simon Pegg Nick Frost sobre esta parodia del cine de acción te reconciliarán con Edgar Wright y su visión de la cosa LGBT. “[En la primera versión del guion] había un personaje llamado Vicky, al que terminamos elminando al final porque nos dimos cuenta de dónde estaba el verdadero romance. No solo quitamos al personaje femenino, sino que le dimos a Danny [el personaje Frost] todas sus líneas”, señala Pegg, quien habla sin tapujos del “subtexto gay” que impregna la película.

Tomates verdes fritos (Jon Avnet, 1991)

Posiblemente, Tomates verdes fritos sea la única película del Hollywood noventero que puede competir con Thelma y Louise en cantidad y calidad de subtexto lésbico. Algo que se amplifica hasta el infinito si constatamos que la relación entre Idgie (Mary Stuart Masterson) y Ruth (Mary-Louise Parker) no nació como una conmovedora amistad con ecos románticos, sino como una historia de amor con todas las letras: la novela original de Fannie Flagg, también guionista del filme, la presentaba así, pero ese cariz se perdió en la pantalla debido a presiones industriales. Pese a haber jugado un papel importante en dicho acto de censura, el director incluyó una memorable pelea de comida en la cocina del restaurante que señalaba (metáfora mediante) lo que se cocía entre las heroínas.

Rebelde sin causa (Nicholas Ray, 1955)

Acerca de la sexualidad de James Dean se ha escrito e investigado mucho, dejando pocas dudas acerca de que el malogrado actor era, bien homosexual, bien bi. En cuanto a Sal Mineo, su compañero en esta película, acabó saliendo del armario como bisexual en 1972, cuatro años antes de su muerte. Dicho esto, señalemos que Platón, el personaje de este último en Rebelde sin causa, era lo más parecido al retrato positivo de un adolescente gay que podía mostrar una película de Hollywood en 1955:  este chaval tímido y tirillas tiene una foto de Alan Ladd en su taquilla del instituto, no se atiene a los códigos normativos de lo hetero y siente un amor tan obvio como platónico por su condiscípulo. No en vano, cuando Mineo le preguntó al director cómo debía interpretar a su personaje, Ray contestó: “Mira a James como él mira a Natalie [Wood]”. 

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