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Déjate de grullas: ‘Cobra Kai’ es la demolición de los 80 que estabas buscando

La serie secuela de 'Karate Kid', recién emigrada a Netflix, ha superado las expectativas a base de cuestionar al original y sus narrativas de triunfo.

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02 de septiembre de 2020

A primera vista, Cobra Kai da pereza. Y es probable que esa pereza afecte sobre todo a quienes son lo bastante jóvenes como para no haber visto nunca Karate Kid en la cartelera de un cine, o para no haberla visto en absoluto. En lo que a puretas se refiere, por otra parte,  cualquier espectador de retina encallecida por el cinismo describirá la serie (que ahora triunfa en Netflix tras abandonar la parrilla de YouTube Premium) como el intento de las viejas glorias Ralph Macchio William Zabka por pagar las facturas retomando sus papeles de la saga karateka: no en vano ambos protagonistas ejercen como productores ejecutivos además de como actores.

Es posible que ambas facciones (la de los millennials y postmillennials y la de los maduritos sin ganas de revival) tengan razón. Pero solo la tendrán a medias: si se rasca su barniz nostálgico, el reencuentro del angelical Danny LaRusso (Macchio) y el malo malísimo Johnny Lawrence (Zabka), ambos ya en la edad del climaterio, funciona sobre todo como una deconstrucción irónica (pero no demasiado) de muchos tópicos del cine ochentero. Y sobre todo de esa dinámica entre ‘ganadores’ y ‘perdedores’ que tan tramposa fue en su día y cuyas costuras se notan ahora más que nunca.

El golpe maestro de Barney Stinson

Lo más chocante de esta serie, vista con ojos de 2020, es lo poco que se ajusta a los parámetros de la TV ‘de calidad’: las dos temporadas que hemos visto hasta ahora dejan claro que su producción va justita de medios (visualmente, eso sí, es más lujosa que un show de 1984). Y eso tiene sentido porque, hasta donde sabemos, Cobra Kai nació como una broma… incubada, para colmo, en el plató de Cómo conocí a vuestra madre. ¿Recuerdas la teoría de Barney Stinson (Neil Patrick Harris) sobre Johnny Lawrence como verdadero héroe de Karate Kid? ¿Y la intervención de Macchio y Zabka como estrellas invitadas en ese mismo capítulo (T3E22)? Pues ahí, en el reencuentro de los dos viejos compañeros de reparto, está la génesis de todo esto.

Empresarialmente, el origen de esta serie es un poco más complejo, incluyendo una llamada a Zabka de los productores Josh Heald, John Horrowitz y Hayden Shclossberg, la aquiescencia de Ralph Macchio y una puja entre varios servicios de VOD (Netflix entre ellos) por hacerse con los derechos del proyecto. Pero el quid de la cuestión es que llegado mayo de 2018, cuando la primera temporada debutó en YouTube, los titulares se llenaron de pasmo ante la evidencia innegable de que aquello molaba.

Tras tanto reboot ochentero de baja estofa (algunos tan descorazonadores como la Dinastía de The CW, otros sencillamente mediocres), jamás hubiéramos esperado que la resurrección pop más interesante llegase haciendo el salto de la grulla e invocando al fantasma de ese señor Miyagi cuyo intérprete, Pat Morita, había fallecido en 2005. Pero el caso es que lo hizo: mientras The AV Club se sorprendía de que una serie sobre “dos tipos blancos de mediana edad” pudiera resultar tan cautivadora, IndieWire elogiaba sus “pequeños momentos de subversión” pese a deplorar su “orientalismo” y la falta de fuste de los personajes femeninos.

En la época actual, que una web esté dispuesta a perdonar esos dos pecados para ponerle a la serie un notable bajo quiere decir mucho. E IndieWire no fue la única: en Rotten Tomatoes, la nota de la primera temporada de Cobra Kai llegó a un 98% de opiniones positivas, y si bien su segunda etapa se llevó menos aplausos, quedó en el cuadro de honor con un 88%. Toda una lección viniendo de un producto aparentemente de derribo, y una prueba de que (como señaló en su momento la crítica de Film School Rejects) “el hecho de que dos personajes estén pasados de moda no quiere decir que no tengan historias interesantes que contar”.

A veces se gana, a veces se pierde

Ahora bien, ¿qué historias nos contaron Danny LaRusso y Johnny Lawrence 34 años después de su primer combate? Pues, como ya señalábamos antes, una que le hace la peineta a las narrativas comunes en el cine teen de los 80. Tengamos presente que, salvo unos pocos ejemplos que apostaban por los matices (sí, estamos pensando en John Hughes) las películas juveniles de aquellos años tan neocon solía apostar por mostrarnos a un perdedor simpático, como el personaje de Macchio, que superaba su condición de paria con esfuerzo y tesón (¿recuerdas lo de “dar cera, quitar cera”?) hasta coronar su victoria llevándose a la chica (Elisabeth Shue) y apalizando al abusón de turno en un apoteósico torneo.

Así pues, la pregunta que plantea Cobra Kai es muy pertinente: ¿qué les ocurre al héroe y al villano de Karate Kid cuando los años pasan y descubren que esas promesas de triunfo eran un mero señuelo?

La serie nos ofrece esa respuesta nada más comenzar su primer capítulo, cuando vemos a Johnny Lawrence convertido en despojo humano. O, como prefiere definirlo William Zabka, “un hombre analógico en el mundo digital”, que no sabe lo que es una red social ni está dispuesto a renunciar a su virilidad desfasada. Siempre con la botella bien a mano, el malo de la Karate Kid original sobrevive a base de hacer chapuzas a domicilio, marcado para siempre como ‘loser’ tanto por la sociedad que le rodea como por sí mismo y por su muy acomodada familia.

En cuanto a su viejo enemigo, goza de una situación económica mucho mejor como próspero vendedor de coches, pero su estado emocional tampoco es para tirar cohetes: el primer triunfo de Cobra Kai llega cuando descubrimos que, si bien Danny LaRusso nada en la abundancia y la placidez a niveles que dan hasta rabia, ese triunfo sobre sus orígenes proletarios le ha arrojado al tedio de una existencia burguesa totalmente privada de emociones fuertes. Él también, a su modo, es una reliquia.

Así pues, los protagonistas de Cobra Kai solo tienen un modo de superar sus respectivos marasmos existenciales: volviendo al tatami.

Freaks, geeks y patadas voladoras

En el caso de Johnny Lawrence, es su encuentro con un joven víctima de acoso racista (Xolo Maridueña) el que le lleva a ponerse las pilas, reabriendo el dojo que da título a la serie. Solo que, en un interesante giro, sus discípulos serán una plétora de geeks interesados en vengarse de quienes les dan collejas en el instituto. El regreso de Danny LaRusso, por su parte, también tiene su interés: tras percatarse del regreso de Cobra Kai, y tras hacerse sensei del hijo de su rival (un Tanner Buchanan que, por supuesto, no se habla con papá), el antiguo héroe se embarca en una vendetta contra su viejo rival, primero usando su imagen de ciudadano ejemplar para acosarle institucionalmente y después (¡tachán!) reabriendo su propia escuela, a la que bautiza Miyagi-Do. 

Por supuesto, el guion de Cobra Kai (la serie) tiene muchos más vericuetos, incluyendo un romance entre Lawrence junior y la hija de Danny (Mary Mouser), la cual también viste kimono cuando toca. Pero lo más interesante del show, insistimos, es cómo hace oscilar la dinámica entre el agresor y el agredido.

Es cierto que ese Danny LaRusso convertido en premio Nobel de la clase media resulta a veces francamente antipático con su autocomplacencia, su marrullería y su búsqueda constante de la superioridad moral. Pero también es verdad que los métodos de Johnny Lawrence como profesor se atienen al viejo lema “Golpea rápido, golpea duro, no tengas piedad”, y que aunque den lugar a escenas deliciosas (esa pista americana al ritmo de Twisted Sister, con un par de perros de presa como acicate para que a los chavales no les pese el culo) acaban produciendo el inesperado efecto de convertir en acosadores a los antiguos acosados. Un proceso que refleja, a su manera, el nuevo estado de cosas en la enemistad de los dos protagonistas… solo que al revés.

Diplomáticamente, William Zabka prefiere ponerse del lado de su personaje: “[Johnny] tiene un buen corazón e intenta sinceramente ayudar a los chavales pese al hecho de que las herramientas con las que les ayuda no son tan buenas”, explica el actor. Pero, excusas aparte, Cobra Kai no sería lo mismo sin esa forma de inocular el virus de la relatividad moral en un relato construido a base de absolutos, para ver si estos sobreviven a la crisis.

Pero ¿sobreviven? Pues digamos que quedan muy magullados, pero nunca experimentan el golpe definitivo. Por mucho que esta serie se atreva a cosas que Karate Kid jamás hubiera osado, no deja de ser un producto de evasión cuyos modos narrativos se atienen a los de la soap opera de toda la vida y que no aspira a conmocionar ni a impactar al espectador llegando hasta el final en su demolición de viejos mitos. De hecho, algunos de sus momentos más esperados, como el regreso del pérfido sensei John Kreese (Martin Kove) en la segunda temporada, podrían haber dado mucho más de sí.Aun así, los logros de esa secuela son indudables, y en muchos casos superan a los que la saga nos entregó en pantalla grande tras la primera entrega.

En resumidas cuentas, y sea cual sea tu edad, Cobra Kai es uno de los mejores productos que puedes consumir hoy en streaming si buscas un entretenimiento ligero, pero nutritivo y que no te mire con condescendencia. En espera de ver cómo sale ese viaje de Danny LaRusso a Japón que servirá de eje a la tercera temporada, solo le pedimos a sus responsables que, por favor, incluyan en alguno de sus episodios una escena a los sones del Cruel Summer de Bananarama. Por los viejos tiempos.

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