‘Solo nos queda bailar’, el musical LGBT que enfureció a la extrema derecha

¿Puede un filme sobre danza crear una batalla campal en las calles? Sí, si incluye una historia de amor entre chicos y se estrena en Georgia.

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04 de febrero de 2020

El 8 de noviembre de 2019, las inmediaciones del cine Amirani en Tibilisi (Georgia) parecían una zona de guerra. Sacerdotes de la iglesia ortodoxa alzaban iconos y manifestantes seglares quemaban banderas arcoíris y arrojaban objetos contra la entrada del local, mientras el escaso público entraba en él escoltado por antidisturbios y voluntarios, alguno de los cuales abandonó el lugar en ambulancia y chorreando sangre. ¿Qué clase de película puede armar semejante revuelo? Pues un musical. Concretamente, Solo nos queda bailarla historia de amor entre dos chicos dirigida por Levan Akin que se estrena esta semana en España.

La razón por la que Solo nos queda bailar ofendió tanto a la ultraderecha georgiana puede parecer baladí si se la mira fuera de contexto. Para empezar, la cinta de Akin plasma el romance entre Merab (Levan Ghelbakhiani) Irakli (Bachi Valishvili), una relación tan atribulada como corresponde a un país donde la homofobia es el pan de cada día.

Pero no se trata solo de eso. Resulta, además, que los protagonistas se conocen y se enamoran en el seno de una compañía de danza tradicional georgiana. Algo que los ultras han interpretado como una ofensa a los valores eternos, y sobre todo heteronormativos, que ellos ven como esenciales en su país.

“La danza nacional georgiana es el culmen de la belleza de nuestras tradiciones de virilidad, espíritu guerrero y pureza”, declaró al New York Times Levan Vasadzhe, uno de los líderes extremistas que organizaron el boicot al filme. “Tomar ese santuario para crear algo [como Solo nos queda bailar], tan ofensivo para nuestra cultura, es 10 veces más dañino que un simple insulto a la tradición”, proseguía. Finalmente, la protesta se saldó con 25 arrestos y unos cuantos ingresos hospitalarios.

Para entender estas palabras tan airadas, así como las agresiones que tuvieron lugar durante el estreno de la película, hay que entender la situación cultural de Georgia. El país perteneció a la Unión Soviética hasta 1991 (no en vano fue la patria chica de Iósif Stalin), y desde la guerra de 2008 parte de su territorio está ocupado por tropas rusas. La influencia de la superpotencia euroasiatica en el país sigue siendo muy poderosa, especialmente entre sus elementos más reaccionarios.

Así, los enemigos de Solo nos queda bailar esgrimen contra ella el argumento de la “propaganda homosexual”, el mismo empleado en Rusia por el gobierno de Vladimir Putin para aprobar su ley de 2013 que institucionaliza la homofobia. Para acabar de arreglarlo, el gobierno de la presidenta Salome Zourabichvili sostiene actitudes favorables a la entrada de Georgia en la Unión Europea, una institución cuya actitud hacia la cuestión LGBT es justo la opuesta a la rusa. Sumando a esto que Levan Akin no es georgiano, sino sueco, el conflicto estaba servido.

“Nunca podría haber rodado esta película si fuese georgiano y viviese en Georgia”, ha reconocido el director a The Advocate. Akin piensa que la ola de homofobia en el país es “un arma de Rusia para hacer que la gente tenga miedo de Occidente” y considera que sus detractores han elegido el blanco equivocado: “Si realmente quisieran defender Georgia, estarían gritándoles a los soldados rusos en la frontera. Pero no lo hacen”.

Aunque sus proyecciones en Georgia hayan sido batallas campales, Solo nos queda bailar ha despertado reacciones muy positivas en el resto del mundo. En España, por ejemplo, ha ganado premios en la Seminci, en el Festival de Sevilla y en el madrileño Lesgaicinemad. Así pues, aunque su paso por la cartelera española sea seguramente discreto, no parece que vaya a sumarse a la lista de filmes agredidos por la ultraderecha en nuestro país.

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