Reconstruyendo la mansión de ‘Lo que el viento se llevó’

Un historiador de Georgia se propone reedificar la Tara de Escarlata O'Hara ayudado sólo por sus amigos y familia. ¿Lo conseguirá?

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03 de octubre de 2014

Los decorados de cine pueden ser obras maestras, pero no están hechos para perdurar: entre sus peores enemigos se encuentran los incendios, los directores que no quieren que se los reutilice (Stanley Kubrick, siempre en pos de lo exclusivo, era un maestro de la especialidad) y, cómo no, el paso del tiempo y el abandono. Una de las víctimas más ilustres de esto último es  nada menos que Tara, esa señorial mansión sureña que tanto obsesionó a Escarlata O’Hara (Vivien Leigh) en Lo que el viento se llevó. Obra del director de producción Lyle Wheeler, galardonado con un Oscar gracias a sus diseños, Tara pasó a la historia del séptimo arte gracias a la película de 1939, pero las décadas posteriores se ensañaron con ella de una forma que ríete tú de las tropas nordistas. Pese a ello, Tara podría volver próximamente a sus glorias pasadas si el historiador Peter Bonner consigue su propósito: este experto en la Guerra de Secesión está dispuesto a reconstruir el edificio con sus propias manos. Una empresa para la cual, seguramente, Rhett Butler hubiera reservado uno de sus comentarios más sarcásticos, antes de echar una mano discretamente.

Aunque el empeño de Peter Bonner pueda parecer descabellado, cuenta con un punto a su favor: Tara nunca llegó a ser una auténtica casa de plantación, sino una estructura de exterior primoroso y totalmente hueca por dentro, que para más INRI no se alzó sobre los algodonales del Sur profundo, sino en un plató de la productora Selznick International en Culver City (California). “Al igual que Hollywood, Tara es pura fachada”, sentenció en su día David O. Selznick, dueño del estudio y productor del filme, sin saber que eso supondría tanto la ruina del edificio como su eventual oportunidad de salvación. Tras el rodaje de Lo que el viento se llevó, Tara languideció en su rincón californiano hasta 1959, año en el que Desi Arnaz (estrella televisiva, inventor del formato sitcom y un personaje que merecería un artículo para él solo) adquirió Selznick International: prágmatico y poco amigo de nostalgias, Arnaz mandó desmantelar Tara, y vendió sus piezas a una empresa de Georgia que pretendía usar el decorado como parte de una atracción turística.

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Aunque algo indigno por lo demás, dicho destino tuvo un aspecto positivo: si bien reducida a tablones, Tara estaba ahora más cerca de los lugares donde, en la ficción, Escarlata O’Hara pronunció aquello de “A Dios pongo por testigo de que no volveré a pasar hambre”. Pero las buenas noticias se acabaron ahí, porque el proyectado parque temático nunca llegó a construirse. En 1979, un nuevo intento de restauración a cargo de la socialite Betty Talmadge también quedó en agua de borrajas. A esas alturas, como puede apreciarse en las fotos, la casa frente a la cual posaron la Leigh, Clark Gable, Olivia de Havilland y Hattie McDaniel (la primera actriz afroamericana que ganó un Oscar) era poco más que un montón de madera cubierta de moho y guardada en un antiguo corral. Es entonces donde entra en escena Peter Bonner: este señor señor de notable excentricidad, que se viste como un soldado de la Confederación para guiar los viajes de su empresa Bonner’s Historical and Hysterical Tours, llegó a un acuerdo con el hijo de Betty Talmadge para devolver Tara a su antiguo esplendor.

Atención, porque la peculiaridad de Bonner no significa que este hombre sea un oportunista o un mindundi. Se trata de un escritor con varios libros en las tiendas, condecorado en 2006 por el Estado de Georgia en reconocimiento a sus investigaciones sobre la historia local. Y que también es lo bastante mayor como para recordar el día en el que los restos de Tara llegaron a Jonesboro, su ciudad natal, “metidos en dos camiones tráiler, y con una pancarta enorme en la que ponía ‘Bienvenida a casa”. Como fan que es de Lo que el viento se llevó, a Bonner le indigna ver cómo “una de las reliquias más importantes de la historia del cine” se halla en semejante postración. Y, en calidad de experto, también reconoce que su plan conlleva un trabajo de chinos: el número de piezas de las que consta Tara es incontable (lo único seguro es que superan el centenar), y por si eso fuera poco se trata de piezas únicas, hechas a mano por carpinteros, herreros y orfebres, para las que no hay sustituto que valga. Aun así, el historiador y guía turístico no se desanima, y su tratamiento de “la gran señora del cobertizo” (así se refiere a la estructura en su facebook, Saving Tara) rebosa de mimos y cuidados: aunque las técnicas de los restauradores profesionales les resultan bastante ajenas (“¿A santo de qué me voy a poner guantes, si esto está lleno de mugre?”), Bonner, su familia y sus amigos se dedican a ensamblar las piezas en seco. Evitando el uso de materiales modernos, como colas industriales, se aseguran de que el material no sufra más daños. “Si alguna vez se llevan esto al Instituto Smithsoniano”, señala Peter, “no tendrán nada malo que decir sobre mí”.

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De esta manera, los elementos constructivos son devueltos en lo posible a su condición original, antes de ser incorporados al conjunto. Un conjunto que, como recuerda Peter Bonner orgullosamente, está a un tiro de piedra de Fitzgerald House, la mansión sureña (esta sí, real) edificada por los antepasados de Margaret Mitchell, la autora literaria de Lo que el viento se llevó. ¿Cuántos años llevará la reconstrucción de Tara? Imposible saberlo, comenta Bonner. Al historiador tampoco le importan los costes de su empeño, aunque señala que estos no son altos: “Lo peor que me puede pasar es que me quede plantado con la factura del guardamuebles”, bromea. Además, por lo que se lee en Saving Tara, la solidaridad de la población de Jonesboro también juega un papel importante: en ocasiones, los Bonner han pedido ayuda a sus convecinos para tareas especialmente difíciles (nada formal, tan solo un “¿Puede alguien pasarse por aquí para echar una mano?”), y la han obtenido.

Con muchos sudores, Peter Bonner ha reedificado por ahora al menos dos de las estructuras originales de Tara: una de las ventanas inferiores, y un porche. Si todo va bien y el decorado vuelve a tenerse en pie, pasará a formar parte de un tour centrado en Lo que el viento se llevó, dejando a buen seguro pasmados a los visitantes. Por ahora, Peter Bonner tiene sobre sí una distinción muy especial: el ayuntamiento de Jonesboro declaró al 18 de abril como ‘Día de Peter Bonner’, para conmemorar el aniversario de su tarea. Los esfuerzos de este hombre, que se niega a confesar su edad (según Vanity Fairse declara como “mayor que mis hijos y más joven que la bandera”), pueden quedar como un ejercicio de nostalgia, como un intento de llamar la atención o como una empresa condenada al fracaso, pero una cosa es muy cierta: a él, el destino de Tara sí le importa.

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