Papeles por chiripa: 9 consejos para ser estrella de cine por accidente

El esfuerzo importa, pero cuando se trata de llegar alto bien vale una casualidad o un malentendido. Estas historias lo demuestran.

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19 de agosto de 2015

La historia es antigua, y también algo latosa: para ser una estrella de cine no sólo son necesarios el físico y el talento, sino también mucha constancia y trabajo duro. Ahora bien, ¿es esto siempre cierto? Según nuestras investigaciones, más bien no. Es cierto que muchos astros de la pantalla se lo han currado a fondo, pasándolas canutas y apurando hasta el último céntimo mientras la fama se resistía a llamarles. Pero también hay actores y actrices que han obtenido los papeles más importantes de sus carreras por pura casualidad, mediante accidentes, malentendidos o encuentros fortuitos, Pese a lo disparatadas que puedan parecer, te aseguramos que estas historias son reales… y que sus resultados están a la vista de todos, en tu cine o tu videoclub más cercano.

Aprovecha los malentendidos

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Sacar adelante una película es un proceso estresante donde los haya: el director de cásting, el director y el productor están todo el día a salto de mata, y eso puede dar lugar a jugosas confusiones que, a su vez, sirven como trampolín a la fama. ¿Queremos ejemplos? Pues no tenemos uno, sino dos. El primero, el de Fernando Rey en Contra el imperio de la droga. Con su mala leche habitual, William Friedkin insistió en que Robert Wiener, su jefe de reparto, fichase “a ese tío que sale en las películas de Buñuel” para hacer de villano en el filme. El cineasta buscaba a Paco Rabal, pero Wiener se hizo un lío y llamó al actor gallego, que añadió una dosis de charme con barba al narcotraficante Charnier. Otro caso, más hilarante aún, es el de Sharon Stone en Quatermain y la ciudad perdida del oro: al ver Tras el corazón verde, el inefable magnate Menahem Golan pensó que Kathleen Turner sería la actriz ideal para aquella exploitation de la saga de Indiana Jones que preparaba su productora Cannon. Así pues, y como el título original del filme es Romancing the Stone, exigió a sus subordinados que le consiguieran a “that stone woman”. Menuda sorpresa se llevó cuando, en lugar de la Turner, la entonces desconocida ‘Charito Piedra’ apareció para coprotagonizar aquel bodrio junto a Richard Chamberlain. 

Haz valer tu carácter

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Con 19 años, y recién mudada de Sudáfrica a EE UU, Charlize Theron no pasaba por un buen momento: su carrera como modelo no acababa de despegar, y su porvenir en el mundo del ballet se había ido al traste por una lesión en la rodilla. Para colmo, vivía en un pisucho sin ventanas de Nueva York. Tan mal se le pusieron las cosas que su madre le dio un ultimatum: “Hija, te pago un billete de avión a Los Ángeles y, si no te sale nada, te vuelves a casa, que eso de deprimirte lo puedes hacer igual allí o en Johannesburgo”. Así pues, Charlize viajó a California, fue a un banco de Hollywood Boulevard para cobrar el cheque que mamá Theron le había dado para pagarse los gastos… y el mundo se le vino encima cuando el cajero le dijo que aquello no tenía fondos. ¿Abandonó nuestra chica la sucursal con rostro compungido? Pues no: se puso a gritarle al empleado lo que no había en los escritos, llamando la atención de un representante de actores que hacía cola en la ventanilla de al lado. Charlize acabaría despidiendo a su agente (cuando le buscó un papel en Showgirls, nada menos), pero gracias a aquel primer contacto ya tenía un pie dentro de la industria de Hollywood. De ahí al Oscar, y a Imperator Furiosa, era sólo cuestión de tiempo.

Habla con desconocidos

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Hija de madre adolescente, y viviendo en un edificio okupado del Lower East Side (que, todo sea dicho, había sido restaurado a conciencia por su padrastro albañil) el porvenir de la Dawson en 1995 parecía, en el peor de los casos, el de un personaje secundario de The Wire. Tenía una familia que cuidaba de ella, y de niña había salido en un capítulo de Barrio Sésamo, pero su entorno no era precisamente de esos que te lo ponen fácil. O tal vez sí, pero de una forma más bien retorcida: un buen día, mientras tomaba el fresco en la puerta de su casa, Rosario se puso a hablar con dos tipos de aspecto patibulario (uno cincuentón, y el otro casi adolescente) que se mostraban muy interesados en ella. Lo que parecía a primera vista una escena de Taxi Driver resultó ser un trampolín a la fama, porque los sujetos eran el director Larry Clark y el guionista Harmony Korine, en busca de intérpretes con currículum callejero para su KidsDe esa forma, hace 20 años justos, Dawson se ganó un papel en la película más polémica de los 90, y con él un lugar en la cumbre.

Escoge bien a tus compañeros de juerga

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Eres un tipo grandote: al nacer pesabas casi seis kilos, y ahora que eres veinteañero estás hecho un chicarrón. Así que, tras lesionarte y perder tu beca deportiva en la universidad, has encontrado empleo trabajando en la industria del cine… como extra. Con el tiempo consigues arañar un papel principal, pero la película (The Big Trail) resulta un fracaso histórico, con lo que te preparas para una larga carrera como secundario con frase. Menos mal que has hecho un amigo: ese director con el que quedas siempre después del curro para tomar algo. El tío es de origen irlandés, así que entiende lo suyo de whisky, y tras tomarse unos copazos siempre te dice que tienes madera de estrella y que intentará enchufarte en ese western que está preparando y que va a ser la repanocha. Estás de suerte, amigo: el director se llama John Ford, la película se titulará La diligencia y tu nombre es John Wayne (Marion Robert Morrison en el libro de familia). Pronto serás uno de los mayores mitos de la historia del cine.

Lleva tus cicatrices con honor

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Imaginad: Australia, 1978. Un joven llamado Mel Gibson acompaña a un amigo a un casting, aunque por lo que a él respecta hubiera preferido quedarse en casa. ¿La razón? Pues que la noche anterior se ha metido en una pelea de bar y lleva la cara como un mapa. Pasando olímpicamente del candidato oficial, el director de la película (que, mira por donde, es médico de profesión) se fija en ese interesante caso clínico, y tras examinar el destrozo facial, le pregunta si querría participar en su proyecto: una película de serie B que se acabará titulando Mad Max: Salvajes de la autopista, y que pasará a los anales, no sólo como uno de los filmes más rentables de la historia, sino también como piedra angular de la ciencia-ficción postapocalíptica. La mala sangre de ‘Mad Mel’ (quien, todo sea dicho, ya era por entonces un actor con bastante experiencia en teatro) le jugaría muchas malas pasadas en el futuro, pero reconozcamos que en aquel caso le vino al pelo…

No subestimes los encuentros casuales

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Aquí no debemos citar un caso, sino muchos. Porque, si hacemos caso a los cotilleos de Hollywood, la lista de actrices (actores, la verdad, hay menos) que han sido abordadas por cazatalentos en plena calle o en lugares muy lejos de los estudios es casi interminable. Sin ir más lejos, tenemos a Channing Tatum (descubierto mientras paseaba por Miami), Jennifer Lawrence (un agente se le presentó durante unas vacaciones familiares en Nueva York), Evangeline Lilly (otro encuentro callejero) y un largo etcétera. Pero el caso más interesante es el de Natalie Portman: con diez añitos escasos, la futura Padme Amidala se encontró en una pizzería de Nueva York con un señor que, tendiéndole su tarjeta, le explicó que era un agente de la firma de cosméticos Revlon, y que estaba interesado en sus servicios como modelo infantil. ¿La respuesta de la Portman prepúber? “Lo siento, pero yo no soy modelo: soy actriz”. Y, sin más ni más, le dio otro mordisco a su ‘cuatro estaciones’.

Cuida tu vestuario

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¿Un síntoma del machismo inherente a nuestra sociedad? Pues sí, pero la historia es la que es: allá por 1989, en Vancouver, Pamela Anderson acudió a un partido de fútbol canadiense llevando una camiseta que resultaría importante por dos motivos. El primero, que llevaba estampado el logotipo de la marca de cerveza que patrocinaba el encuentro. El segundo, que era (siendo optimistas) un par de tallas menor de lo correspondiente a la anatomía de su propietaria. Uno de los cámaras que retransmitía el encuentro la enfocó (durante largo rato, suponemos) haciéndola aparecer en la pantalla gigante del estadio, y el público se volvió loco ante tal visión, olvidándose del marcador y exigiendo que aquella chica saliese al terreno de juego. Esa misma noche, Pamela firmó contrato para ejercer como imagen corporativa de la firma cervecera en cuestión. Después llegaron sus posados para Playboy, su fichaje por Los vigilantes de la playa, Barb Wire y un número no especificado de pósters en los dormitorios de infinidad de adolescentes.

Aprovecha los errores de tu pasado

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“Ex pandillero” y “ex toxicómano” no son cosas que uno suela poner en el currículum… a no ser que su nombre sea Danny Trejo. Durante su juventud, el actor angelino había tenido bastantes roces con la ley y con las drogas, pero llegados los 70 aprovechó esas mismas experiencias para convertirse en monitor de reinserción social. Así siguió su vida hasta que, en 1985, un alumno le pidió que le acompañara durante el rodaje de El tren del infierno. Y dio la casualidad de que el guionista de dicho filme era Edward Bunker, escritor de tremebundo historial que te sonará como el Señor Blanco de Reservoir Dogs, y que había sido compañero de Trejo en la prisión de San Quintín. Una charla con el director Andrei Konchalovsky más tarde, nuestro hombre ya figuraba en el reparto de uno de los mejores thrillers de todos los tiempos. Diez años después, ya dedicado plenamente al cine, Trejo trabajó a las órdenes de Robert Rodríguez en Desperado: tras hacerse amiguetes, el actor y el cineasta investigaron un poco, y descubrieron que eran primos segundos. De ahí a Machete sólo había un paso.

Preguntando se llega a Roma (o a Bel Air)

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Esta forma de llegar al cine es la más compleja, lo admitimos: para optar a ella no basta con currar en un puesto de tickets o hacer de gorrilla, sino que es necesario tener algo de reputación ganada de antemano. Como Will Smith, sin ir más lejos. Aunque en 1990 ya era un rapero famosísimo, el futuro astro de la pantalla andaba en un sinvivir debido a ciertos ‘problemillas’ con el Fisco de EE UU (básicamente, que no había declarado ni un céntimo de sus ganancias). Cierto día, Will decidió olvidar sus penas acudiendo a un partido de basket, pero andaba tan agobiado pensando en inspecciones y multas que no acertaba a salir del parking del estadio. Tras dar muchas vueltas, le preguntó a un señor que andaba por ahí aparcando su cochazo, y que le dio la sorpresa de su vida: el sujeto era Benny Medina, poderoso ejecutivo discográfico que tenía una idea (basada en su propia vida) para una serie sobre un chaval de barrio acogido por sus parientes de clase alta. ¿Te suena eso de algo? Pues va a ser que sí: era la premisa de El príncipe de Bel Air. Gracias a aquel despiste, Smith no sólo resolvió sus problemas fiscales, sino que comenzó su metamorfosis en el actor afroamericano más famoso de la historia.

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