‘Kids’: 20 años de escándalo

La película más polémica de los 90 cumple dos décadas, y nosotros recordamos las razones por las que nos sigue inquietando.

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18 de julio de 2015

Puede sonar raro para quienes no lo experimentaron in situ. Pero, para quienes vivieron 1995 habiendo llegado ya a la edad de la razón, el título de Kids va unido a la desazón, al escándalo y, sobre todo, a los nombres de sus dos responsables: Larry Clark Harmony Korine. Dos sujetos que, para colmo, se asomaban por primera vez al cine: por mucho que hubiera cumplido ya los 50 y que su currículum fuera el de un fotógrafo mundialmente famoso, el director era apenas un debutante (aunque hubiera firmado ya un videoclip para Chris Isaak), y el guionista era un skater de 19 años, recién llegado a Nueva York, para el cual lo de “fumarse las clases” no era sólo una frase hecha.

Para colmo, los miembros del reparto contribuían a darle al filme una inquietante sensación de verosimilitud: Chloë Sevigny (futura pareja de Korine) era una modelo en ciernes, Rosario Dawson era una chavala de 16 años que había salido una vez en Barrio Sésamo, y el resto de los actores eran críos de barrio chungo reclutados en los parques de la Gran Manzana. “Larry [Clark] siempre nos espiaba”, comentó para la edición estadounidense de Rolling Stone Leo Fitzpatrick, el intérprete de Telly en la película. “Nadie sabía de qué iba, porque tenía pinta de cincuentón y siempre llevaba una cámara. En general, los jóvenes no se fían de los adultos, y menos aún de los adultos con cámaras”. 

A pesar de los pesares, Kids salió adelante, puso de los nervios a los críticos (aun a día de hoy, su puntuación en Rotten Tomatoes es de un 48%), se ganó alabanzas de maestros como Roger Ebert (“Es una película que explica por qué necesitamos la poesía”, afirmó) y cimentó la reputación de Miramax como la distribuidora de referencia para el cine indie, tres años antes de que Shakespeare in Love nos hiciera ver a la empresa de los hermanos Weinstein como otra cosa bien distinta. Ante tal palmarés, nos hemos preguntado por qué Kids sigue inquietando, 20 años después. Y estas son las respuestas. 

Por el sexo

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Si has visto Kids, la primera frase que acudirá a tu memoria es “Me encantan las vírgenes: son puro placer”. Hablamos de un filme que se abre con un primerísimo primer plano de un joven de 16 años (Fitzpatrick) comiéndole los morros a una niña de 12, y que prosigue con un coito del cual, afortunadamente, escatima la mayoría de las imágenes… pero no los gritos de dolor de ella. Obsesionada con el sexo desde su comienzo hasta su final, esta película puede ser leída como la historia de un depredador sexual, o como un retrato de personajes para los cuales (citando de nuevo a Ebert) “la vida es un infierno puntuado por una sucesión de orgasmos”. Y, como suele pasar en los infiernos, aquí hay un Satán: uno de cuatro letras.

Por el sida

El escaso hilo argumental de Kids sigue a la joven Jennie (Chloë Sevigny) mientras ésta busca al chico con el que ha echado su primer y único polvo: ella acaba de descubrir que es seropositiva, y quiere impedir que prosiga la línea de contagios. Poca broma ahora, y menos broma aún entonces: en 1995, el número de muertes debidas al síndrome de inmunodeficiencia adquirida en EE UU llegó a un pico histórico con más de 50.000 fallecimientos. La ineficiencia de las terapias, la falta de información entre la gente joven y el estigma de la enfermedad como ‘cáncer gay’ (los protagonistas del filme, recordemos, son homófobos hasta decir basta) se añadieron a la política del avestruz llevada a cabo por Ronald Reagan durante las primeras fases de la pandemia para generar este panorama. “No sabíamos nada sobre el sida salvo que no queríamos pillarlo”, reconoce ahora Korine.

Por las edades

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Cuando se aproxima a la problemática de los adolescentes, Hollywood suele emplear un sistema muy sencillo para no inquietarnos demasiado: emplear a actores de edad superior a la de sus personajes. En el caso de Kids, esto no cuela: Leo Fitzpatrick (22 años) y Chloë Sevigny (21) eran los únicos miembros del reparto que habían cumplido la veintena. Y eso que Larry Clark y Harmony Korine (respaldados por Gus Van Sant) estuvieron a pique de fichar a algún actor joven y ‘enrollado’ (llegó a hablarse de Mark Wahlberg Johnny Depp) a fin de financiar un proyecto que incluso Martin Scorsese consideraba demasiado fuerte. Al final, director y guionista se salieron con la suya, aunque con ciertas salvedades: los padres de Rosario Dawson, sin ir más lejos, le permitieron a su hija hacer lo que fuese, salvo fumar delante de la cámara. Y, a fin de evitarse problemas legales, Clark tuvo que contratar a una compañía de efectos especiales para borrar los pezones de las actrices menores de 18 en las escenas de desnudos. “Fue la parte más cara de la película”, comenta.

Por la música

Otra constante en las películas teen: las bandas sonoras llenas de éxitos de temporada y de canciones animadas y bailables. Otra excepción en el caso de Kids: para la ambientación sonora de su historia, Clark y Korine recurrieron a Lou Barlow, un músico que había sido precursor del grunge como miembro de Dinosaur Jr. y que por entonces andaba a la cabeza de Sebadoh The Folk Implosion, dos proyectos en extremo disonantes. “Larry fumaba porros en plena calle y Harmony les tiraba pelotillas de papel a las señoras mayores y a los policías”, recuerda Barlow. “Fue ver aquello y decir ‘estoy dentro”. Para evitar un déficit de mal rollo, los autores incluyeron también un tema de Daniel Johnston, cantautor más conocido por su historial de enfermedades mentales que por su música, y la tremebunda Good Morning Captain de los Slint, una de esas canciones que no conviene escuchar a solas en una habitación oscura.

Por las calles

En una de las escenas más conocidas de Kids, vemos a un chaval haciéndose un porro (o, más propiamente, un blunt: un puro relleno de marihuana) frente a la cámara, tal cual. Inmediatamente después, sin solución de continuidad, los amigos de ese chico le están partiendo el alma a un tercero golpeándole con tablas de skate. ¿Exageración? ¿Sensacionalismo? Qué más quisiéramos: la paliza replicaba un suceso que el equipo de rodaje había presenciado apenas unos minutos antes. Y, en general, Korine había escrito el guión recordando las experiencias que él y su pandilla habían vivido mientras patinaban y hacían el vago en los parques de Nueva York. Si los colegas del guionista no participaron en el filme como actores fue básicamente porque ya se habían hecho mayores. “En la cultura skater las cosas eran súper agresivas”, reconoce Korine. “No puedes imaginarte el morbo que me daba encontrar nuevas formas de hacer enfadar a la gente, y en especial de hacer enfadar a los adultos”. Huelga decir que lo consiguió.

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