El Protagonista siempre fue James Bond: la conexión de ‘Tenet’ con la saga 007

Christopher Nolan siempre quiso dirigir una película centrada en aquel agente al Servicio Secreto de Su Majestad. No pudo ser, pero ha sabido resarcirse.

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29 de agosto de 2020

[ESTE ARTÍCULO CONTIENE SPOILERS DE TENET]

En 2012 Christopher Nolan concluyó su trilogía de BatmanSegún a quien le preguntes, lo hizo por todo lo alto o asumiendo la inevitable decepción que habría de suceder a un fenómeno como El caballero oscuro, pero el caso es que La leyenda renace llegó a las salas y el cineasta británico pudo deshacerse del murciélago. ¿Problema? La versión nolanizada de Bruce Wayne se había infiltrado profundamente en el mainstream, y solo tardaríamos un año en comprobarlo.

Skyfall, dirigida por Sam Mendes, remataba lo iniciado por Martin Campbell en Casino Royale (2006) para convertir a James Bond, criatura incombustible con medio siglo de existencia, en un ser humano con un pasado a sus espaldas. Un pasado que, como en el caso de Wayne, determinaba su presente proveyéndole de daddy issues y un mayordomo a lo Alfred, sin interés por disimular de dónde salía un tratamiento tan llamativo.

Nolan no tuvo nada que ver con Skyfall, pero sí con El hombre de acero, ejerciendo de productor ejecutivo para bendecir la sucesión de Zack Snyder como nueva cabeza creativa de DC. Fue una decisión arriesgada (y no tan continuista como parecía) a cuyas consecuencias seguimos asistiendo hoy. Y, mientras el Universo de DC aún discurre a qué influencias ha de doblegarse para alcanzar la homogeneidad (en caso de que no se haya rendido ya), parte del mainstream sigue sin olvidar a Nolan.

De Godzilla (2014) a Power Rangers (2017), la maquinaria de Hollywood ajena al influjo de Disney persiste en su gestión del legado de El caballero oscuro como garantía de un cine adulto, urbano, atado a ciertas normas y vinculado tanto a nuestro presente como a inquietudes supuestamente elevadas. Cabe imaginar que el propio Nolan, fan irredento de la etapa clásica de James Bond, es uno de los más contrariados por esta situación.

Apego a la fórmula

El interés de Christopher Nolan por Bond va mucho más allá de su costumbre a asistir a los rodajes (y hacerse las fotos de rigor) con un traje impecable y sin que su tupé tiemble lo más mínimo; incluso cuando tiene delante las hélices de los aviones de Dunkerque (2017). Podría decirse, como Michael Caine deja caer en la propia Tenet, que la elegancia le va en el pasaporte: los británicos tienen participación mayoritaria en el mercado del esnobismo, al fin y al cabo.

Pocas cosas hay más british que James Bond, y Nolan nunca ha negado su afición por la franquicia fílmica iniciada en 1962 con Agente 007 contra el Dr. No. Afición que, poco después del estreno de Interstellar (2014) empezó a dar pie a titulares. El director de Memento (2000) quería que su siguiente obra fuera parte de la saga 007. Quería, forzosamente, pasar al personaje de Ian Fleming por su famoso tratamiento. Aunque Skyfall ya intentara hacer algo así.

“Me gustaría hacer una película de Bond”, le contaba a Playboy en 2017. “He hablado varias veces con los productores Barbara Broccoli y Michael G. Wilson sobre ello”. Dichas palabras contribuyeron a resignificar las constantes de su cine. En torno a este se habían asociado referentes como Kubrick, Malick o Michael Mann (inspiración para El caballero oscuro que trasciende las viñetas), pero esta incorporación parecía demasiado pop, demasiado frívola, para ajustarse a la visión de Nolan.

Y el caso es que encajaba. Los films de Bond, incluso los más revisionistas, se caracterizan por tener una estructura cerrada. Y a Nolan le gusta jugar con el tiempo, pero nunca con la estructura. La presencia de una gran secuencia de acción, relacionada con la trama principal pero teniendo una coherencia narrativa propia, aparece en El caballero oscuro, La leyenda renaceOrigen (2010). En todas ellas, apañándose para ser parte de sus elementos más icónicos.

Dicha secuencia no es seguida, como en las películas de 007, por unos impactantes créditos iniciales, pero sí sucede a otro escenario con una gran rapidez y sentido del ritmo, desplegándose la historia a una gran velocidad inmejorablemente expresada por esos travellings que tanto le gustan al director. El agotador abanico de localizaciones pintorescas se mantiene intacto, así, en una película como Origen. Pero también en Interstellar. Solo que aquí son planetas, claro.

Las localizaciones y la set pièce introductoria no son constantes en el cine de Nolan. Hay excepciones, y si queremos ir a la prueba más definitoria de que 007 ha estado en el ADN de su filmografía desde el principio, hemos de remontarnos a dos nociones elementales como son la profesionalidad masculina enmascarando un vacío emocional (muy Michael Mann esto también, por otra parte), y la ausencia de personajes femeninos con entidad.

Gran parte de los protagonistas de Nolan son hombres muy buenos en su trabajo, perfeccionistas, marcados por una obsesión que mueve sus pasos hacia una posible perdición. Los primeros films de James Bond (con la excepción de la memorable 007 al servicio secreto de su Majestad de 1969) no eran muy dados a estos ejercicios introspectivos, pero sí coincidían en centrar la mirada en el hombre protagonista, rodeado de mujeres que lo ayudaban o amenazaban.

Esto conduce a una de las críticas más reiteradas (y certeras, para qué nos vamos a engañar) al Nolan guionista: su dificultad para escribir personajes femeninos potentes. Una carencia que, visto desde este prisma, puede asociarse a la fuerte imbricación de James Bond en su memoria cinéfila. Tanto como su interés en que los protagonistas utilicen one liners y luzcan su ingenio en diálogos veloces, que subrayan su posición como tipos que lo tienen todo controlado.

Como el propio director. Se habla de Tenet como la película más Nolan de Christopher Nolan, y puede que se deba a que también es la más James Bond.

El 007 que necesitaba 2020

Nolan no ha querido ocultarlo ni por un instante: la película que llegó el pasado 26 de agosto a los cines con la nada desdeñable tarea de salvarlos (o de al menos liderar su camino de vuelta a la normalidad) es su gran oportunidad de hacer un Bond. No parece casualidad, a este respecto, que poco después del estreno de Dunkerque el director confirmara que ya no estaba interesado en dirigir una película de la saga. “Yo no seré ese hombre. Categóricamente no”, replicó.

Y es que, ¿por qué formar parte de una franquicia tan rígida, cuya pertinencia en las actuales dinámicas socioculturales están tan cuestionadas, si puedes hacer tu propio Bond y fundirlo con otros variados intereses? De esa tesitura, no cabe duda, surge Tenet. Nolan mezcla sus filias con el tratado más ambicioso y hermético sobre el tiempo  que haya hecho nunca, y el resultado es tan estimulante como, en varios sentidos, clásico.

John David Washington es el Protagonista, y nunca nadie ha hecho tantos méritos para encarnar a 007 fuera de la franquicia homónima. Sus movimientos, sus indumentarias, el cuidado de sus réplicas, la costumbre de comprobar si al traje le ha salido alguna arruga justo después de atizar a un maloso. Washington tiene la elegancia de Pierce Brosnan, la bonhomía de Roger Moore y la agresividad soterrada de Sean Connery y Timothy Dalton. Y está tan cachas como Daniel Craig.

La estructura de Tenet (más allá de sus requiebros temporales, que deberán ser explorados en otro momento) es tal cual la de un film prototípico de la franquicia. A los elementos recurrentes que Nolan había utilizado antes, y que aquí se repiten con total tranquilidad (con un mayor hincapié en el ajetreo geográfico), se añaden eso sí pequeños detalles como el indispensable encuentro con Q para recibir gadgets, aquí transmutado en una Clémence Poésy con un montón de armas futuristas.

O, en el lado más desafortunado de la balanza, la torpeza al explorar psiques femeninas. Todo lo relacionado con Kat (Elizabeth Debicki) remite a un tipo de chica Bond muy específico: aquel que cambia sus lealtades tras estar asociada con el villano. Y Kat, en concreto, parece diseñada a semejanza de la Solitaire que Jane Seymour encarnó en Vive y deja morir (1973). También a la de Thandie Newton en Misión imposible 2 (2000), pero ese es otro tema.

La vejez de los referentes que maneja Nolan se nota especialmente en todo lo que rodea a Kat, siendo una mujer únicamente definida por sus relaciones masculinas (el hijo que tiene, el maltrato de su marido, su dependencia de despertar sentimientos cálidos en el protagonista). Va con el paquete y es probable que el cineasta fuera consciente, pero no deja de llamar la atención frente a la sofisticación que enarbola Tenet en el resto de sus apartados.

Como, por ejemplo, en la correspondiente set pièce introductoria, que aquí llega a ser actualizada acorde a los propósitos de Tenet, que evidentemente van más allá de ser un revival de Bond. En dicha secuencia, ambientada en la Ópera, el Protagonista ha de combatir a sus enemigos cuando la mayor parte de los asistentes a la función han sido drogados, y duermen apaciblemente debajo de las balas.

La situación propone un sugerente juego de espejos. Esa platea es un reflejo del patio de butacas en el que nosotros nos encontramos, atronados por la música de Ludwig Göransson. Y esos asistentes precipitados al reino de los sueños también podemos ser nosotros, si así se lo permitimos a Nolan. Si permitimos que la película que se despliega ante el público nos fascine tanto como para que olvidemos quiénes somos.

Habitantes de un mundo crepuscular, o amigos en el anochecer.

Lugares nuevos

“La primera película de Bond que recuerdo haber visto en cines fue La espía que me amó (1977), y sigue siendo mi favorita”, ha llegado a confesar Nolan. “Cuando la vi recientemente, al ponérsela a mis hijos, pude reevaluar la experiencia (…) y conecté con mi infancia, con el sentimiento de ir a un lugar nuevo, que no había visto nunca”.

En la saga de James Bond, hoy en precario estado de salud por la combinación de problemas en la producción y los retrasos del coronavirus (que amenazan con que Tenet sea el único Bond que veremos en 2020), Nolan encontró la clave de lo que pretendía con su obra. En sus propias palabras: “Quiero crear a mi modo ese tipo de entretenimiento a gran escala que experimenté cuando era niño, cuando había tantos lugares nuevos a los que ir”.

Tenet está enamorada del cine de James Bond. De su elegancia y de sus diálogos. De las mujeres desvalidas y de los villanos con acentos extraños/ridículos (aunque aquí Kenneth Branagh salve la papeleta). De, sobre todo, su sentido de la maravilla. Del coche submarino que Roger Moore y Barbara Bach conducían en La espía que me amó a los imaginativos tornos que en Tenet ponen todo del revés, por tanto, solo hay un paso. Uno larguísimo, ambiciosísimo, pero impulsado por los mismos intereses.

Parte de la grandeza del último film de Nolan reside ahí. En la combinación de imaginarios para impulsar un cine futuro que no pierda de vista el pasado, en una retroalimentación similar a aquella que la línea temporal sufre a lo largo de la película. Bien es cierto que el elemento Bond va perdiendo fuerza a medida que avanza el argumento y cobra importancia la maquinaria scifi, pero su esencia, filtrada según el Protagonista domina la inversión temporal, persiste.

De forma que en el minutaje que queda de Tenet, por muy confuso que sea y muy diametralmente que se aleje de la previsibilidad de las películas de Bond, persiste una certeza. La de que vamos a seguir disfrutando. La de que no vamos salir decepcionados. Quizá algo mareados, sí, pero es que nadie dijo que la posteridad fuera a ser fácil.

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