El escándalo ‘Flashdance’: Hollywood no paga a strippers

El musical más 'over the top' de los 80 se construyó a partir de la historia de dos bailarinas reales que no vieron un céntimo de su éxito.

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08 de enero de 2020

El triunfo de Jennifer Lopez con Estafadoras de Wall Street está siendo casi completo, pero ha tenido un ‘pequeño’ tropiezo en los tribunales. Samantha Warbash, la stripper en cuyo caso real (narrado por el New York Times) se inspira la película, ha demandado por difamación a los productores de la misma, entre los que se incluye ‘J-Lo’. Warbash, que no ha visto un céntimo de la taquilla del filme, exige 40 millones de dólares por daños y perjuicios. Si la demanda prospera, esta bailarina del Bronx tendrá más suerte que otras compañeras de oficio explotadas por otro filme de culto, este ochentero donde los haya. Hablamos de Flashdancela película de Adrian Lyne (Nueve semanas y media) que devoró las taquillas en 1983.

El recuerdo de Flashdance es fácil de resumir en unos pocos detalles: el Oscar a Mejor canción original para Flashdance (What A Feeling), el ritmo trepidante del Maniac de Michael Sembello o aquella premisa tan over the top en la que una joven trabajadora de una fundición (Jennifer Beals) se gana unas pelillas extra como bailarina exótica mientras sueña con triunfar en el mundo de la danza.

Con estos elementos, el filme recaudó 150 millones de dólares (rodarlo había costado siete) y lanzó las carreras de Jerry Bruckheimer Don Simpson, futuros productores de Superdetective en Hollywood Top Gun, así como la del guionista Joe Sterzhas (Instinto básico). Pero Flashdance no sería un auténtico superéxito de Hollywood (y del Hollywood de los 80, menos aún) si tras su triunfo no se ocultara un pequeño secreto sórdido.

Los dos rostros de Alex

El secreto de Flashdance lleva los nombres de Maureen Marder Gina Healey, dos strippers de Toronto en cuyas vidas podría haberse basado la cinta. Aunque los responsables de la película lo niegan, un reportaje publicado por Buzzfeed en 2014 arroja pruebas muy verosímiles sobre el caso: si bien nunca llevaron (que sepamos) una sudadera de cuello ancho enseñando el hombro izquierdo, Marder y Healey fueron entrevistadas por el coguionista Thomas Hedley Jr. mientras este escribía el guion.

Asimismo, el look de la heroína Alex (Beals) salió de una maratoniana sesión de fotos en la que participaron las dos bailarinas. Para colmo, Maureen Marder compaginaba su vida sobre las tablas con trabajos como obrera, si bien en la construcción en lugar de en la industria de acero. “Era flipante verla desnudándose por la noche y acarreando sacos de cemento por la mañana”, recuerda, jocoso, un antiguo compañero de andamio.

La historia de la producción de Flashdance fue larga y complicada: el proyecto pasó de manos del sello discográfico Casablanca (que acabó editando su BSO) a las de Paramount, con todo el desmadre empresarial que eso implica. En cuanto a las peripecias para encontrarle un director, baste decir que Bruckheimer se la ofreció a David Cronenberg. 

Así pues, muchos de los detalles sobre su producción resultan difusos, pero hay hechos que sí están demostrados. Por ejemplo, que las fotos de Marder y Healey formaron parte del pitch con el que Thomas Hedley presentó el proyecto ante Bruckheimer y Simpson. Y que las dos strippers firmaron un acuerdo con la productora en el que renunciaban a cualquier derecho sobre su historia a cambio de 2.500 dólares.

El lado oscuro de Flashdance no termina aquí. Si bien esta historia es más conocida que la de las dos strippers que la inspiraron, es público y notorio que Jennifer Beals no interpretó sus escenas de baile en la película. Ese esfuerzo le correspondió a la bailarina Mariane Jahan, que se descoyuntó viva en las escenas de rigor, incluyendo el mítico final con What A Feeling. Tras cobrar calderilla por su trabajo, Jahan sufrió la humillación de ver cómo los títulos de crédito ni siquiera la mencionaban.

“Acreditaron hasta al perro, pero no a Mariane”, recordó escandalizado en 2015 Jeffrey Hornaday, coreógrafo de la película. En el estreno, Hornaday trató de consolar a una cabreadísima Jahan diciéndole: “Lo siento, tía, pero has estado genial: el público te aplaudió a ti”. La respuesta de la bailarina fue: “Sí, pero ellos no lo saben”.

Bailando en la oscuridad

Cuando se estrenó Flashdance, los críticos la pusieron de vuelta y media. Y, actualmente, supone más un recuerdo kitsch que otra cosa. Pero su influencia no puede ser subestimada. La cinta demostró que el género musical aún podía dar de sí en taquilla, anticipando el futuro bombazo de Dirty Dancing, mientras aquel guion que compaginaba sordidez de baja intensidad con romanticismo ñoño queda como un antecedente de Pretty Woman. 

Lo más importante a corto plazo, no obstante, fue su rol como laboratorio para la especialidad de Jerry Bruckheimer y Don Simpson: el high concept. Es decir, cómo un blockbuster podía fabricarse a partir de una premisa tonta, pero llamativa, envuelta en imágenes impactantes y brilli brilli. 

Por supuesto, estas brillantes intuiciones no beneficiaron ni a Maureen Marder, ni a Gina Healey, ni a Mariane Jahan. Tras abandonar su carrera como bailarina, Healey sufrió severos problemas de salud (incluyendo un ictus) y acabó como señora de la limpieza en un centro comercial. Marder, que tampoco tuvo suerte en la vida, demandó en 2003 a Jennifer Lopez (¡ironía!) por emular la escena cumbre de Flashdance en el videoclip de I’m Glad (por supuesto, perdió el caso). En cuanto al siguiente trabajo de Mariane Jahan (en el que sí apareció acreditada) fue Calles de fuego, aquel entrañable delirio de Walter Hill que se estampó clamorosamente en taquilla.

Cuando Thomas Hedley (cuya carrera posterior tampoco ha sido nada del otro jueves) trató de reavivar el éxito de Flashdance convirtiéndola en musical, Marder y Healey decidieron reclamar sus derechos. Pero su propósito quedó en agua de borrajas, y (hasta donde se sabe) ambas no han visto un céntimo por su trabajo no acreditado.

Hablando sobre ellas para Buzzfeed, Hedley se permitía añadir insulto al dolor: “Está mal de la cabeza”, comentaba el guionista acerca de Maureen Marder. Y, cuando se le llamaba la atención sobre las coincidencias entre la historia real de la stripper y su personaje, remachaba: “Yo no escribí sobre una albañil, sino sobre una obrera de fundición. Yo no tengo nada que ver con albañiles”.