Benoît Jacquot: “No entiendo el movimiento #MeToo. Una actriz ya sabe a qué va a jugar”

El cineasta francés estrena 'Casanova, su último amor' el 14 de febrero.

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13 de febrero de 2020

“Te propongo ir a ver la película de Benoît Jacquot, un amigo del barrio”, dice Enrique Vila-Matas en su imprescindible París no se acaba nunca (Seix Barral), novela sobre sus años en la buhardilla que le alquilaba la mismísima Marguerite Duras, gran escritora, sí, pero también cineasta extraordinaria. Y añade: “Si bien era cierto que Jacquot vivía a cuatro pasos de mi casa, lo de que fuera un amigo era más que dudoso. Le había visto unos minutos en aquella fiesta de Paloma Picasso. Y sólo en otra ocasión más, esa vez en casa de Duras, adonde él había acudido con su mujer, Martine Simonet”.

Lo que sigue es una crítica, más bien inclemente, de L’assassin musicien (1976), primer largo de Jacquot –protagonizado por Anna Karina–, que debutaba tras haber asistido a la Duras en su obra maestra India Song (1975). Les cuento esto, porque en la entrevista que mantuvimos con Jacquot en París (que no se acaba nunca), con motivo del estreno de Casanova, su último amor, saldrá a relucir lo de Vila-Matas, entre otros asuntos.

A lo largo de las últimas cuatro décadas, Jacquot se ha mantenido como un autor notable, aunque elegantemente discreto, quizás más cercano al clasicismo de lo esperable en un hijo de Mayo 68, pero con inesperados tintes de modernidad, y una sólida base literaria. L’assassin musicien estaba basado en un relato inacabado de Dostoievski, luego vinieron Henry James, Marivaux, Pascal Quignard, y hasta Don DeLillo. Entre sus últimas películas, la mayoría ensalza Villa Amalia, adaptación de la novela de Quignard, a mayor gloria de Isabelle Huppert, que sale mucho caminando, con ese trotecillo distinguido que la caracteriza.

Pero el que esto firma pertenece a una pequeña minoría más bien enamorada de 3 corazones (2014), quizás la película de los últimos años que mejor define lo que significa bucear en la pecera de la angustia, con Benoît Poelvoorde navegando entre dos mujeres como Chiara Mastroianni y Charlotte Gainsbourg (con Catherine Deneuve de espectadora). Esa la escribió el propio Jacquot, junto a Julien Boivent.

Casanova, su último amor proviene en cambio, por supuesto, de ese gran clásico de la literatura, que el conquistador veneciano escribió en francés: Historia de mi vida. Una obra inagotable y absolutamente enorme, en todos los sentidos, empezando por el número de páginas, más de 7000, repartidas en dos volúmenes, que podemos disfrutar gracias a la lujosa edición de Atalanta.

A pesar de lo que pueda parecer por el título del filme, el affaire de Casanova con una prostituta conocida como La Charpillon no sucede en las últimas páginas, ya que, tras su paso por Londres, donde conoció aquella “belleza a la que resultaba difícil encontrar defectos” (=Stacy Martin), el conquistador conquistado todavía tenía que viajar a Brunswick, Riga, Petersburgo, Moscú, Varsovia, Dresde, Praga, Viena, París, Madrid, Zaragoza, Barcelona… y vivir mil aventuras más.

¿Por qué titular que fue el último amor, si Casanova vivió unos cuantos más?

Fue su primera y última pasión, la única vez que sufrió de verdad. Conozco bien Historia de mi vida, su libro de memorias. Es un libro que me fascinó cuando era joven, y uno de los textos al que regreso más a menudo. La Charpillon, que era conocida por todos, decidió que Casanova, que era conocido por todas, no la tendría a ella…

Y tampoco estamos hablando de un Casanova joven, de lo contrario Vincent Lindon no hubiera encajado en el papel. Es un Casanova bastante crepuscular.

Casanova, Sade, María Antonieta… Ha dirigido usted muchas películas sobre el siglo XVIII. ¿Por qué le fascina tanto?

Si quiere una respuesta fácil: en general son películas bastante caras de hacer, y los productores prefieren confiar en mí. Así que son ellos los que me ofrecen este tipo de proyectos. Pero me las ofrecen, porque ya saben que me interesa.

El siglo XVIII es un periodo que me interesa mucho, tanto estéticamente como desde un punto de vista más psicológico. En el plano estético, se produce un proceso de refinamiento tanto en las costumbres como el pensamiento, que derivó en la madre de todas las revoluciones. Aunque es verdad que España no vivió muy agradablemente las consecuencias de la Revolución Francesa. Tuvieron que soportar las consecuencias napoleónicas…

No pasa nada, está superado. Decía que también le interesaba el siglo XVIII desde un punto de vista psicológico. ¿Por qué?

Porque no se trata sólo de un refinamiento de las costumbres y de la cultura, sino que también es el momento en el que se inventa, aunque sea de una manera muy dramática, la libertad, tal y como la entendemos actualmente. Es una ruptura con los siglos que precedieron, donde la acción conjunta de la realeza y de la iglesia impedían el desarrollo del libre pensamiento, con algunas excepciones.

En el siglo XVIII, en Francia y otros países, se produjo una apertura de horizontes del pensamiento sin precedentes. Una apertura que sólo ahora parece que se ha topado con sus límites. Y ahora que nos enfrentamos a una inesperada limitación de la libertad y del pensamiento es interesante volver a una época en la que las cosas, al contrario, intentaban abrirse. Estamos al final de la Revolución. Hay un cierto oscurantismo que está progresando mucho, y que es la vez angustioso, y muy divertido.

¿Divertido?

Sí, me refiero a que puede resultar divertido contemplar cómo todo está ardiendo, mientras los políticos siguen diciendo que todo va bien. Es a la vez extraño e interesante. Yo ya tengo una edad, he atravesado muchas épocas, y me lo miro todo con cierta distancia. Pero todo está transformando en una dirección que no podíamos haber previsto hace 30 años. Me gusta que las cosas cambien. Si es a peor, puede haber reacciones violentas, aunque por lo pronto no se han visto muchas.

Mientras hablamos hay una huelga bastante virulenta en toda Francia, los chalecos amarillos…

Sí, pero la huelga se hace en nombre de valores casi corporativos. En cuanto a los chalecos amarillos, al principio era muy angustioso: ya sabe que la extrema derecha sostiene las huelgas y los chalecos amarillos en Francia, con mucha fuerza y oportunismo al mismo tiempo. Todo es extremadamente confuso, aunque lo más confuso para mí es el movimiento #MeToo. Está claro que no todos los hombres son violadores en potencia, y que también hay mujeres que son brujas espantosas. Que hayan sido actrices las que lo hayan lanzado me parece casi cómico.

¿Cómico?

Sí, porque todas son seductoras por naturaleza. No puede ser de otra forma. Al igual que los actores, por supuesto. Ellos también podrían estar diciendo que sufrieron toda clase de abusos por parte de los directores con los que han trabajado. Cuando uno se convierte en actor o en actriz se coloca en una situación en la que las relaciones, con quien sea, están extremadamente erotizadas por definición.

Una actriz ya sabe a qué va a jugar. Eso no quiere decir, por supuesto, que tenga que subirse al barco de Harvey Weinstein. Conozco a un montón de actrices deslumbrantes y talentosas que nunca respondieron a sus invitaciones. También puede darse el caso de alguna actriz que fuera completamente inocente y no supiera donde se estaba metiendo. Pero tampoco hay que ser excesivamente inteligente. Es una cuestión de reflejos. Cuando te sometes a un tipo como Weinstein, que todo el mundo en la industria sabía perfectamente de qué pie calzaba, podríamos decir que es pura prostitución. Hay muchas cosas que no acabo de entender en todo este asunto.

¿Por ejemplo?

Tengo una amiga, que es absolutamente deliciosa y adorable, Léa Seydoux, con la que ya he hecho dos películas [Adiós a la reina, 2012, y Journal d’une femme de chambre, 2015]. Pero declaró que Weinstein la invitó a su suite, que subió y que tuvo que irse corriendo, se dio a la fuga. ¿Por qué subió? Es lo que me pregunto. No lo entiendo. Si se lo pregunto, no da muchas explicaciones. Sabía muy bien que iba a encontrarse con un maníaco sexual. Sabiendo con quien trataba, podría haber evitado subir.

Léa Seydoux con Benoît Jacquot, 2015.

¿Mejor un café en el hall?

Claro. Sin ir más lejos, estuve en el Londres para el casting de Casanova, último amor. Tenía que conocer a varias actrices británicas, y tuve mucho cuidado de citarlas en el lobby del hotel, porque de lo contrario…

¿Y los problemas de Léa Seydoux con Abdellatif Kechiche? ¿Cómo lo ve?

Está claro que Kechiche fue muy lejos, pero también que es un cineasta excelente. No se entendieron. Y eso que ella también se entregó mucho a la película. Pero siempre hay límites, y un cineasta tiene que ser muy cuidadoso cuando se acerca a esos límites. Aunque no creo que Kechiche llegara a traspasarlos, más bien creo que, en este caso, influyeron cuestiones de tipo más personal.

Creo que él tenía un pequeño problema de clase con ella, que quedó claro por algunas cosas que dijo. Creo que él la pinchaba por ahí, y que ella no le siguió el juego. Pero de todas formas ella fue hasta el final por la película, aunque puede que tuviera ganas de dejarlo. Al final, los tres, incluyendo a Adèle Exarchopoulos, tuvieron una Palma de Oro bastante extraordinaria, lo cual no está nada mal.

Imagino que trabajar con Stacy Martin no causa problemas respecto a las escenas de sexo.

No, la descubrí en Nymphomaniac (Lars von Trier, 2013), y me impactó su aplomo, su inocencia insolente, y esa facilidad de mostrar lo que generalmente no se muestra. Es una actriz muy humilde y profesional. Cuando se le presenta un proyecto en el que cree que puede aportar algo a la historia, se entrega totalmente. Puede que tenga menos límites que otras. Pero los actores, cuando son buenos, y trabajan con directores auténticos y sinceros, se someten a la película. Es la propia película la que dicta lo que va a ocurrir. Yo sólo trabajo con actores y actrices muy entregados.

La Charpillon simboliza un cierto empoderamiento…

Sí, el siglo XVIII también es el momento en el que las mujeres, al menos en Francia, empiezan a vislumbrar la posibilidad de ser independientes. Todavía no estaba a punto desde un punto de vista legal, pero algo empezaba a insinuarse en ese sentido. Y también desde un punto de vista puramente sexual, adquiriendo también conciencia de su propio placer.

¿Nunca ha tenido miedo de que, desde el #MeToo, lo señalen a usted también?

No. Hasta ahora nadie me ha dicho nada. ¿Pero quién sabe? Si algún día se me acusa de algo, creo que ni siquiera respondería. No diría nada. No soy ningún depredador. Es algo que no va conmigo. Hay que saber diferenciar, no meterlo todo en el mismo saco. Una cosa es la posesión, que entra en juego en cualquier relación amorosa. Cuando estás enamorado, te entregas a alguien. Siempre hay uno que se entrega y el otro que posee, aunque los roles vayan cambiando, por momentos, de uno a otro. La depredación es otra cosa.

Es la diferencia entre Don Juan y Casanova. Casanova intenta poseer a la vez que es poseído. La seducción siempre implica ejercer una forma de poder. La depredación es otra cosa. He hecho una película sobre Casanova, pero nunca haría una película sobre Don Juan, porque era un depredador, y eso no me interesa.

Don Juan acabó en el Infierno. ¿Se lo tenía merecido?

Acabó en el Infierno después de desafiar a Dios. A Casanova no le interesa Dios, le interesa la vida. Era un vividor, un aventurero, entre otras muchas cosas. Don Juan era un hombre del siglo XVII, nada que ver con Casanova.

Está claro que la obra de Casanova es inagotable, y que ha dado y dará para muchas películas. Pero, ¿vio usted Historia de mi muerte, de Albert Serra?

Sí, claro. El cine de Albert Serra, en general, me interesa muchísimo. Su Casanova me pareció divertido, interesante, curioso, extraño, y muy oscuro. De hecho, hay buena parte de la película que está bañada en la oscuridad.

Pero mi favorita es La mort de Louis XIV. Me impresionó muchísimo. Hay algo muy hermoso en lo que hace Jean-Pierre Léaud, y en el planteamiento tan literal, respecto a lo que hemos leído de Saint Simon, u otros memorialistas de la época. Conozco a Léaud desde que teníamos 15 años. Nos divertimos mucho haciendo una película juntos que se llamaba Corps et biens (1986). Lo vi hace poco, y me lo dijo tal cual: “He muerto ya dos veces en mi vida. Cuando murió Truffaut, y en la película de Albert”.

Hay algo increíble en la actuación microscópica del brillo de su mirada, que se va apagando. ¿Y Liberté la ha visto? ¿Siente algún tipo de afinidad entre el cine de Serra y el suyo?

No, voy al cine como simple espectador. Casi nunca veo películas, y las comparo con las mías. Aunque puede que me interese un poco menos su Casanova, porque precisamente es un personaje con el que ya estoy muy familiarizado. Liberté también es muy interesante. ¡Aunque también es muy oscura! Ahí nos encontramos a Sade… Creo que Serra va a hacer otra película.

Sí, en Bora-Bora. Será un melodrama. Y Sade, sobre el que realizó una película con Daniel Auteuil en 2000, ¿qué le parece respecto a Casanova?

Son dos hombres del siglo XVIII, pero ni tienen mucho que ver el uno con el otro. Está claro, puesto que los he tratado en dos películas distintas. Aunque como las ha dirigido la misma persona, seguro que hay ecos. Pero Sade pasó 40 años de su vida en la cárcel, y tampoco tuvo mucho tiempo de vivir nada. Todo ese tiempo se lo pasó escribiendo. A él lo que interesaba era ir más allá de los límites de la imaginación. Todavía cuando leemos a Sade, lo que resulta interesante es ese ir más allá de los límites, que le permite evocar el lado monstruoso de la Humanidad. Todavía hoy resulta muy chocante.

Hablando de literatura, en sus inicios usted fue asistente de Marguerite Duras. ¿Recuerda a cierto escritor español que andaba por ahí?

Sí, lo conocí. Escribió un libro sobre aquella época, donde me maltrata bastante. Decía que yo era muy arrogante, y que él estaba muy enamorado de mi chica. Muy celoso, etc. Christian Bourgeois, su editor en Francia, me lo pasó diciéndome que hablaba de mí. Me pareció una gran novela. Bourgeois montó un diálogo entre los dos sobre Duras en la Biblioteca Nacional de Francia. Pero él estaba muy borracho. Bebe muchísimo.

Bebía. Hace tiempo que ya no. Tuvo un colapso, y paró.

Cuando lo conocí, yo tenía 20 años. Él vivía en la calle Sant Benoît en casa de Marguerite. Pero era complicado. Era una de esas personas que se ponen mal cuando beben. De todos modos, me parece un gran escritor, y no le guardo ningún rencor.

Se lo diré.

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