Series

‘Chernobyl’: una memoria de sombras y dióxido de uranio

La miniserie de HBO se erige como la ficción definitiva sobre el accidente nuclear de Chernóbil, uno de los acontecimientos más terribles del siglo XX que sigue respirando muerte.

Por
04 de junio de 2019

ETIQUETAS:

  • “Cuando hablamos del pasado o del futuro, introducimos en estas palabras nuestra concepción del tiempo, pero Chernóbil es ante todo una catástrofe del tiempo. Los radionúclidos diseminados por nuestra Tierra vivirán cincuenta, cien, doscientos mil años. Y más. Desde el punto de vista de la vida humana, son eternos. Entonces, ¿qué somos capaces de entender? ¿Está dentro de nuestras capacidades alcanzar y reconocer un sentido en este horror del que seguimos ignorándolo casi todo?”.

    Así comenzaba la escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich su Voces de Chernóbil, monumento a la cuarteada historia oral del que fue el momento más decisivo en la historia de la humanidad durante el siglo XX; ese que albergó dos guerras mundiales (más un centenar de las otras), la Revolución rusa, la lucha por los derechos civiles, la descolonización o la carrera espacial. Todo eso importó bien poco cuando, el 26 de abril de 1986, a la 1h23’58”am, una serie de explosiones destruyeron el reactor y el edificio del cuarto bloque energético de la Central Eléctrica Atómica de Chernóbil.

    A consecuencia de la catástrofe, se arrojó a la atmósfera una enorme nube de materiales radioactivos. La central se encuentra situada al norte de Ucrania, a 3km de la ciudad de Prípiat y a 17km de la frontera con Bielorrusia. Pero, proyectadas a gran altura, las sustancias gaseosas y volátiles se dispersaron por todo el planeta. No tardaron en registrarse niveles elevados de radiación en Polonia, Alemania, Francia, Reino Unido; en mayo habían llegado a Turquía, Israel, India, China, Japón, EE UU y Canadá. 31 personas murieron como víctimas directas de la explosión, más de 116.000 fueron evacuadas de sus hogares a un radio de 30km de la central –la llamada Zona de exclusión–, más de 5 millones de ciudadanos ucranianos y bielorrusos han recibido radiación a través de aire gravemente contaminado, las enfermedades oncológicas han aumentado un 74% en las regiones limítrofes…

    Alexiévich tardó casi 20 años en escribir su libro. Voces de Chernóbil nació de entrevistas, conversaciones y testimonios de extrabajadores de la central nuclear, científicos, médicos, ingenieros, bomberos, soldados, evacuados y residentes ilegales en las zonas prohibidas que luego son presentados en forma de absorbentes monólogos, según el estilo de la autora galardonada con el premio Nobel de Literatura en 2015. Aunque Voces de Chernóbil ya tuvo una peculiar adaptación cinematográfica al año siguiente (dirigida por Pol Cruchten), también ha sido una de las principales fuentes de inspiración de Chernobyl, la miniserie de Craig Mazin coproducida por Sky HBO.

    A lo largo de cinco episodios (dirigidos por Johan Renck con mimbres de producción televisiva de calidad), quien fuera guionista de varias entregas de Scary Movie o la saga Resacón en Las Vegas (así como autor de Superhero Movie, demasiado minusvalorada parodia de estilo ZAZ de los códigos del cine superheroico de la década pasada) toma el testigo cronista de Alexiévich trasladando a la ficción ese coro de voces de Chernóbil. La historia de lo sucedido, parece entender a la perfección Chernobyl siguiendo a la bielorrusa, solo puede contarse desde el protagonismo colectivo. Así, reparte el punto de vista entre sus personajes principales, la mayoría traslaciones de personas reales como Valery Legasov Boris Shcherbina, otros ficticios que funcionan a modo de compilación de varios, como Ulana Khomyuk.

    La narración de los acontecimientos también toma una forma peculiar: va fluctuado el peso que da en cada episodio a un grupo de personajes u otros, haciendo que sus historias se entremezclen sin forzar relaciones más allá de tener el desastre radiactivo como núcleo en torno al que orbitar; cómo olvidar a los mineros de Tula, o al soldado georgiano interpretado por Fares Fares en el episodio de liquidación de perros abandonados. Son“las personas para las cuales Chernóbil representa el principal contenido de su vida, cuyo interior y cuyo entorno, y no solo la tierra y el agua, están envenenados con Chernóbil”, que diría Alexiévich.

    Es encomiable la labor del reparto al completo, encabezado por titanes de la sequedad como Jared Harris, Emily Watson Stellan Skarsgård, al interpretar con denodado verismo los caracteres eslavos de sus personajes. Skarsgård brilla especialmente como Shcherbina, el vicepresidente soviético que en tres años tuvo que lidiar con dos crisis humanitarias de magnitud descomunal (en 1986, el accidente de Chernóbil; en 1988, el terremoto de Armenia). Su construcción de un gerifalte de la vieja guardia del partido, tan cerril como consciente de que su poder reside en el conocimiento de quienes le rodean, llega a la excelencia a través del microgesto y los quiebros de voz, la entonación. Quizás una de las decisiones más inteligentes tomadas por esta coproducción británico-estadounidense haya sido mantener el habla de cada actor angloparlante, sin forzar acentos rusos como en aquel festival del ridículo que era la película El niño 44; ya que no son actores ucranianos, mejor no romper la ilusión de la ficción.

    Chernobyl apuesta por una inmersión absoluta en la realidad soviética de mediados de los 80 sin cargar las tintas sobre la autenticidad. Simplemente, está ahí. Al fonde del plano, en un diseño de producción detallista hasta la obsesión con la parafernalia soviética que, sin embargo, no cae en el fetichismo; dando veracidad con apuntes de comportamiento auténtico sin subrayarlos. Este es el raro caso de una serie de prestigio abonada a los planos medios y cortos, en vez de a la grandilocuencia de las tomas generales. Todo en Chernobyl está al alcance de la mano. Incluso la escalofriante banda sonora de Hildur Guðnadóttir proviene de trabajar sobre sonidos grabados en la central nuclear de Lituania donde se rodó parte de la serie. Islandesa, la compositora sabe bastante de paisajes arrasados y traslada esa atmósfera de extrañeza lunar al plano sonoro.

    Desde el primer episodio hasta el último, Chernobyl mantiene esa dialéctica de escalas: una catástrofe planetaria, las diminutas personas que se vieron obligadas a gestionarla a marchas forzadas y contra el hermetismo cerril del mayor aparato estatal nunca creado. El fallo humano que llevó al desastre de Chernóbil se vio acrecentado por el ovillo de silencios, informaciones clasificadas, secretos de Estado y mezquindades que, como el reactor de la central nuclear, a punto estaban de hacer estallar a la Unión Soviética para siempre.

    Como ha dicho en Twitter el periodista Slava Malamud (cuyos hilos dedicados al análisis de cada episodio de Chernobyl desde la perspectiva soviética han sido un hito viral), la serie toma el desastre de Chernóbil como caso de estudio para exponer el coste de las mentiras. Cómo pueden ser invisibles pero, igual que la radiación, acumularse y no desaparecer hasta abrasarnos o aniquilarnos por dentro. Chernobyl se toma licencias dramáticas, por supuesto, pero aborda los hechos todo el rigor que se le puede exigir a una ficción capaz de alcanzar cotas de popularidad que solo creíamos posibles para relatos con dragones. ¿Pero qué puede haber más parecido a una bestia flamígera que un reactor nuclear en llamas? Desde el albor de la humanidad, siempre hemos sentido esa mezcla de fascinación y pavor al observar el fuego.

    “Hasta hoy tengo delante de mis ojos la imagen: un fulgor de un color frambuesa brillante; el reactor parecía iluminarse desde dentro. Una luz extraordinaria. No era un incendio como los demás, sino como una luz fulgurante. Era hermoso. Si olvidamos el resto, era muy hermoso. No había visto nada parecido en el cine, ni comparable”, recuerda una superviviente evacuada de Prípiat (Monólogo acerca de lo que no sabíamos: que la muerte puede ser tan bella). “Ha pasado el tiempo, todo se ha convertido en un recuerdo. Pero aún me veo como una espectadora”.