Por - 03 de junio de 2017

Pocas mentiras son tan reales. Es una de las magias del cine, hacernos creer verdaderas historias que son un engaño, que lloremos ante estrellas que no lloran de verdad, que nos conmuevan relatos que alguien inventó en la soledad de su escritorio. Más aún, si se conoce lo que hay al otro lado de la pantalla, ese ejército de sonidistas, decoradores, iluminadores, maquilladores y un largo etcétera de profesionales sin los que no existiría este arte. Hay películas totalmente inventadas que parece que nos sucedieron ayer, y, todo lo contrario, casos reales con los que nunca conectaríamos. Pero aún cuando el texto es autobiográfico es preciso pasar por una mentira para llegar a la verdad. En fin, que sigue siendo un misterio cuando el cine, como Verano 1993, está tan cerca de la vida. “Y tú, ¿por qué no estás llorando?”, le dice un niño a Frida, la protagonista de la preciosa ópera prima de Carla Simón. Su madre acaba de morir de sida, aunque ella no conocerá el diagnóstico hasta que cumpla 12 años. Ahora tiene seis, y arranca el verano de 1993. Bom Bom Chip está en la cúspide de su fama con Toma mucha fruta, la mercromina es roja y Fisher Price ha sacado un radiocasette con micrófono en el que se pueden grabar canciones. La huérfana Frida (Laia Artigas) abandona Barcelona y se marcha con sus tíos (desarmantes Bruna Cusí y David Verdaguer) a vivir al campo. Allí le espera su hermana pequeña (Paula Robles) que, paradojas de la vida, gana de pronto una hermana mayor. Es Verano 1993 el recuento de aquel estío que le cambió la vida a Carla Simón, una recreación sutil, honesta como ese susurro del niño al comienzo de la película, tan real que parece un recuerdo.

Prima hermana del cine de Lucrecia Martel, la ascendencia de Verano 1993 hay que buscarla en España. Ya podemos decir que el Nuevo Cine Español tiene una digna sucesora filmando épocas con la cámara a ras del suelo. Lo hizo Carlos Saura con Cría cuervos, poderoso retrato de la represión durante el Franquismo cuyas pintarrajeadas niñas encuentran su eco aquí. Y repitió la jugada Víctor Erice dirigiendo una de las obras maestras de nuestro cine, El espíritu de la colmena. Hablando de miradas, Laia Artigas toma el testigo de Ana Torrent y recrea, a través de sus juegos de muñecas y cocinitas, los estragos de una epidemia salvaje que, en la España de la Transición, se cebó con tantos jóvenes ansiosos de libertad. Es sólo el telón de fondo de una historia más íntima, del relato cercano de una niña obligada, primero, a asumir tan pronto ese tipo de abandono que es la muerte, y después, a encontrar un sitio en su nueva familia.

Carla Simón cuenta ese proceso de observación y desafío con un naturalismo preciosista, guerras de almohadas y tiritas en las rodillas, con actores que olvidas que estén actuando y diálogos fulminantes, sean o no reales. Así, hasta ese berrinche perfecto con el que la película se hace simétrica y, ley de vida, se acaba el verano dejándonos enamorados de su desbordante ternura, de su humanidad y honestidad. Es Verano 1993 otra mentira que parece real. Pero, ¿acaso no son así los recuerdos?

Recuento de los estragos de la Transición desde los ojos de una niña. 'Cría cuervos' y 'El espíritu de la colmena' ya tienen una digna sucesora.

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