Un monstruo viene a verme

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Por - 11 de diciembre de 2015

“El monstruo apareció justo después de medianoche, como suele ocurrir”, narra Patrick Ness al comienzo del multipremiado libro infantil elegido por Bayona para hacer su tercera película. Un relato que Ness escribió a partir de una idea original de la autora Siobhan Dowd, a la que un cáncer de mama diagnosticado en 2007 impidió llevar a puerto su historia.

No es baladí que Bayona haya elegido este cuento para cerrar su trilogía de niños, muertos, madres y huérfanos. El género camuflaba la decisión en El orfanato, esa historia de fantasmas con cuerpo en la que Belén Rueda se enfrentaba al mayor terror de una madre, perder a un hijo. Pero, en Lo imposible, la catástrofe de proporciones épicas no daba tregua. Era una tragedia natural, algo etnocéntrica, pero (o quizás por eso) la emoción arrasó cual tsunami en la taquilla. De fondo, como un mar calmo precediendo a la tormenta, se hallaba ese pavor profundo que todos tenemos a perder a los nuestros. Ni en un cinco estrellas de Tailandia estamos a salvo. Así acababa la historia hace cuatro años, previa reunificación familiar y feliz repatriación en helicóptero –¿alguien sabe qué seguro de vida era ese? Para contratarlo–, aunque las lágrimas de Naomi Watts en la camilla diesen qué pensar: “La vida puede cambiar en un instante”, que diría Joan Didion. No somos nada, que digo yo.

El cáncer es la manera que la vida ha elegido para demostrárnoslo de un tiempo a esta parte. Y Un monstruo viene a verme la encara como pocas películas en los últimos años. Es la enfermedad que sufre el personaje de Felicity Jones, fragilísima madre de Connor (Lewis MacDougall) y testaruda hija de Sigourney Weaver, a la que queda poco tiempo de vida. Por si fuera poco, saquen kleenex y pañuelos, hay en la ecuación un padre ausente y unos compañeros de clase que practican bullying con el indefenso protagonista. El apretón de tuercas es tal, música de Fernando Velázquez mediante, que el tsunami de Lo imposible queda a la altura de una piscina de olas. Y he ahí la pregunta del millón: ¿para qué ir al cine a pasarlo tan mal?

Un monstruo viene a verme también contiene la respuesta. Son los dibujos de Connor, carboncillo y lápices Alpino, técnicas que ha aprendido de su madre, su legado. Es también el monstruo que viene a verlo y le cuenta historias después de la medianoche, como hacen los monstruos. Historias que son un refugio ante la vida cuando se vuelve fea, cuentos sobre hacernos mayores aunque vengan ilustrados –qué preciosidad–. Es el cine, la literatura, el arte, lo que nos queda y lo que nos cura. Aquello a lo que podemos aferrarnos para seguir viviendo, para olvidar que la vida puede cambiar en un instante, que diría Didion, o que no somos nada.

Pero es también una ocasión perfecta para contar nuestra verdad. El arte, la literatura, el cine, ese constructo que es más verdadero que la vida. Esa oportunidad idónea de decir lo que no nos atrevemos a decir si no es a través de las historias. Como Connor, cuando el monstruo viene a verle para que aprenda a decir algo tan obvio como que no quiere que su madre se muera.

Niño sometido a bullying, madre con cáncer y abuela con malas pulgas. Sólo Bayona podría salvarnos de este panorama.

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