Tom of Finland

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Por - 21 de junio de 2017

El biopic es el único género de cine execrable por naturaleza. Las más de las veces, resulta idéntico a un librito ilustrado de vidas de santos, y sus opciones para redimirse son pocas: o abraza el mito (El joven Lincoln), o subvierte los cánones (María Antonieta), o bien elige conmemorar, no a los buenos y a los bellos, sino a los marginados. Por ejemplo, un dibujante de porno gay cuyo trabajo no sólo sirvió para excitar el bajo vientre, sino también para afirmar lo inmencionable.

Así, la mayor virtud de Tom of Finland es su rechazo a la hagiografía. El protagonista (Pekka Strang) queda como un sujeto torvo, en parte por sus sufrimientos durante la II Guerra Mundial, en parte por una coyuntura que le obliga a vivir y a fornicar a hurtadillas. Y en parte, también, porque es un borde. Asimismo, la mayor parte del filme transcurre en ambientes que nadie querría pisar hoy: espacios cuyo aislamiento del exterior es, para sus ocupantes, un frágil mecanismo de supervivencia.

A raíz de eso, esta película muestra también carencias. En especial, sus pudorosos reparos a la hora de expresar que el dibujante, y la subcultura inspirada por su obra, no tendían a ningún fin políticamente correcto, sino a la creación de un mundo paralelo presidido por la virilidad hipertrofiada, el sexo violento y la misoginia. Sólo el personaje de esa hermana solterona y condenada a la subordinación (Jessica Grabowsky) deja vislumbrar esto último.

Las viñetas guarras y las chupas de cuero como armas de resistencia gay.