Todos queremos algo

8

Por - 22 de junio de 2016

Y entonces llegó él. Hasta que apareció Richard Linklater en nuestras vidas, la nostalgia era un recurso retrógrado, tramposo y alienante; el deporte no era digno de ser retratado por el cine serio y, ay, los ochenta eran el infierno de las hombreras, una caldera de disfrute narcisista que sólo la barricada contra el reaganismo-thatcherismo y los fans de los vaqueros lavados a la piedra podían reclamar. Pero el cineasta norteamericano vivo más inquieto a este lado del río Pecos, reivindicable hasta cuando se equivoca, siempre trazando puentes entre forma (vista como puntos de fuga) y contenido de todo tipo (de lo infantil a lo insoportablemente pedante) es capaz de que traguemos con lo que a otros jamás le aguantaríamos. Nos da lo que nos gusta, cuando y como él quiere, que es lo que mola. Y comulgamos. ¿Por qué? Confesemos sin vergüenza nuestra incongruencia: todos queremos algo, lo mismito que Linklater. Y no hay mucho misterio en ese algo que tan bien adorna el cineasta texano sin darse importancia. Podemos llamarle sexo, juventud o locura, en todos subyace la sensación de que todo es aún posible.

Esta continuación con truco de la iniciática Movida del 76, ya de culto (y a la que hacía más justicia su título original, Dazed & Confused), se remite también al último acto de la monumental Boyhood. Del final de aquélla, y de este nuevo jugueteo con el reloj íntimo de Linklater, surge la misma reflexión: son los años de formación los que nos marcan. Luego, todo viene a ser más o menos lo mismo. Sobreactuados y divertidos, los nuevos rostros de Linklater retoman la angustia por el futuro sin que se eche de menos la frescura de 23 años atrás. Los arreglos de guión y los señuelos entre pop y cultureta (videojuegos, libros y, por supuesto, banda sonora) redondean un producto más equilibrado y sereno, resabiado por los temibles subrayados (se cuenta mucho lo que ya vemos). Linklater se presenta como el pardillo que llega a la universidad, pero se acaba destapando como un veterano interesante. Así ha evolucionado su trabajo. Como sus dos personajes principales.

Llamadme Willoughby. Tal cual podría haber empezado este Moby Dick de los días perdidos, tan divertido e ilusionante en apariencia como profundamente melancólico en su interior; gracias a este personaje, el señuelo trascendente de una película que justifica su grandeza con su presencia. Por este Willoughby que se resiste a abandonar los mejores años de su (nuestra) vida (aunque de veteranos está lleno el cine de juergas universitarias), y por la elección del tempo vital, este fin de semana previo a que empiecen las clases en la universidad, último eslabón antes del abismo de la adultez, va más allá de la comedia generacional. Pero es que además está el béisbol. Y es aquí donde lo anecdótico toma carta de naturaleza en el país de las profundidades linklaterianas. La vida en equipo, la chanza deportiva y el eco de la experiencia del director (jugador él mismo, aunque no pitcher) cargan un plus en los dos álter egos del cineasta en el filme: el novato y el veterano, dos lanzadores que ven el mundo desde su montículo, ese altar yanqui que entronca (como el coche de McConaughey en Movida…) con la soledad del héroe anónimo que tan bien retrató Schultz en Charlie Brown. Lanza Linklater desde su montículo, del que gracias a su talento, aunque ya no batee, no se ha bajado jamás. Y al que nos gustaría subir a todos.

'All Right, All Right, All Right'. El espíritu de 'Movida del 76' llega a los 80. Resabiado, risueño y con un personaje inolvidable.