Taxi a Gibraltar

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Por - 11 de marzo de 2019

No lo llame cine español. Llámelo Dani Rovira. Tal es la situación actual de una cinematografía que, en su vertiente más comercial, ha pasado hoy a confiarlo todo al tirón en taquilla del malagueño, como hiciera ayer con el Mario Casas que vivía a tres metros sobre el cielo. Avanzamos que, ya que hablamos de taxis, es probable que con esta película el taxímetro de Rovira siga sin detenerse y tirando millas. Lo cierto es que el filme tiene un inicio interesante: el cómico vuelve a interpretar a un hombre común, aunque da un volantazo a su aura romántica y pelín bobalicona para mostrarse más quemado que un tubo de escape: taxista de profesión, le ahogan las “cucarachas” de las VTC y sus botellas de agua, y le estrangula la hipoteca, con el añadido de una futura paternidad. Un bonito retrato de esa España que decían que había salido de la crisis, y que –lo vemos cada día en las calles–, cada vez está más hundida en ella. Ese es el gran acierto del filme: la denuncia de unos perdedores que no ven dónde queda eso de “la recuperación” en el mapa. Al hacerlo, el filme dialoga muy acertadamente con referentes del cine popular de los tiempos difíciles: el de la postguerra italiana (De Sica) y –ya que vamos camino del Peñón– británica (Ealing). El problema es que en el maletero de este Taxi a Gibraltar también intentan meter una comedia romántica, un relato episódico y hasta una de aventuras y misterio. Y claro, el vehículo avanza con dificultad y a ratos derrapa en las curvas por el exceso de peso.