Ruben Brandt, el coleccionista

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Por - 29 de abril de 2019

Si el arte lleva existiendo desde que el mundo es mundo, se podría decir que el debate sobre el arte también. Puede que haya evolucionado desde su estructura inicial, más cercana a recibir una pedrada en la cabeza si tu pintura rupestre no era del agrado ajeno, que a las pedradas metafóricas que (quizá igual de injustamente) todos asignamos a la obra ocasional. Pero su presencia sigue ahí, tan subjetiva como inevitable, en boca de cualquiera y para todo aquel que quiera escucharla.

Una película que gire alrededor del arte de forma tan clara como Ruben Brandt, coleccionista podría, por ello, resultar compleja de valorar, si su guionista, director y diseñador no se hubiera esforzado hasta la médula en hacerla divertida. Milorad Krstić plantea este clarísimo tributo a sus artistas favoritos, de Velázquez a Picasso, anteponiendo en todo momento el entretenimiento del espectador a cualquier posible reflexión sobre la naturaleza del arte. Y en el fondo, esa es su mayor baza: Krstić conoce sus puntos fuertes como narrador y los explota al máximo, combinando un relato noir de atracos con un tono de thriller psicológico en un universo tan centrado a nivel temático como inspirado a nivel visual en toda era de la pintura.

Por supuesto, desde este particular medio basado en debatir sobre el arte podríamos clamar muchas otras cosas, tan subjetivas como inevitables, sobre esta obra: que, a menudo, su guion resulta demasiado rocambolesco para lo que quiere contarnos, o que su poderío visual es un arma de doble filo, logrando que los problemas del guion en cuestión destaquen el doble. Pero que una película tan preocupada por rendir homenaje al arte en todas sus formas logre conservar su propia identidad ya es un hito demasiado encomiable como para que sintamos la necesidad de encasquetarle una pedrada.

Un sincero tributo que también logra funcionar por sí mismo.