Reparar a los vivos

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Por - 06 de julio de 2017

Nadie ha podido determinar por ahora lo que puede un cuerpo, decía el filósofo Spinoza, y Katell Quillévéré en Reparar a los vivos, llevando la emocionante novela de Maylis de Kerangal a la gran pantalla, hace suya esa sentencia para enseñarnos que la cuestión del cuerpo es a todas luces uno de los mayores misterios del ser humano.

Reparar a los vivos es la historia de un trasplante de corazón y, por tanto, nos explica cómo ese órgano viaja de un cuerpo a otro. ¿Cómo filmar, entonces, todo ese cúmulo de emociones sin caer en lugares comunes o en el aséptico lenguaje clínico? La cineasta consigue como mínimo un par de hitos remarcables. Para empezar, logra esquivar que su filme se transforme en un publirreportaje sobre las bondades de donar órganos. Reparar a los vivos, más bien, toma la forma de fantasía sobre la institución hospitalaria perfecta: una red de afectos y cuidados, una mecánica humana de atento engranaje. El segundo triunfo, tal vez el más importante, es el primer plano de un corazón palpitante, en una dimensión casi cósmica en su poética. Quillévéré, sin embargo, no se deja seducir por el latido de esa imagen y nos recuerda, por una parte, que el cuerpo es algo más que una cavidad profunda, y que nuestras vidas, como canta David Bowie en los créditos finales, están atravesadas por los gestos de muchas otras invisibles a nuestros ojos.

Entre el melodrama hipnótico y la fantasía clínica. En el milagro de la vida participamos todos.