Por - 03 de febrero de 2012

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Dee dee na na na. Track 1: Saturday Night (Whigfield). Una película que empieza con tamaña coreografía petardera y noventera (recordemos, manos al culo, pie derecho, pie izquierdo, atrás, saltito y ¡vamos!) ha de merecerse, así a priori, toda nuestra confianza. Track 2: Total Eclipse of the Heart (Bonnie Tyler). Si éste es el siguiente hit que escuchamos, la cosa, entonces, se pone seria. Sobre todo si la canción sirve para presentarnos, en plan flashback, a Modesto, el prota del filme, un pequeño pardillo con sexto sentido para ver muertos que, pobre, tiene que elegir entre que nadie lo saque a bailar o enrollarse con fantasmas, esto es, morrearse con el aire delante de toda su promoción. Un pardillo que, 20 años después, tiene la cara de mentecato de Raúl Arévalo (¿es o no es el mejor de su generación?) igual de margi que antes, aunque ahora no lo sea en el recreo sino en la sala de profesores. 

Track 3: Enamorado de la moda juvenil (Radio Futura). La llegada de Modesto a un colegio en el que cinco fantasmas ochenteros tienen frita a la directora (Alexandra Jiménez, nuestra Meg Ryan, ¿o qué?), es la excusa perfecta para que la segunda película de Javier Ruiz Caldera (Spanish Movie) se convierta en puro revival del cine de los 80 y 90, un homenaje al John Hughes de los institutos y al Michael J. Fox de Agárrame esos fantasmas o, claro, de Regreso al futuro, con sus colorinchis, sus pañuelos en la cabeza y sus momentos de bailoteo pandillero, pues al fin y al cabo, lo que aquí tenemos nada tiene de nuevo: adolescentes castigados (sólo que estos hasta la eternidad) y un profe condenado a que aprueben sus “asignaturas pendientes” para, de paso, aceptarse a sí mismo. Track 5: Estoy aquí (Shakira). Con su chanantismo (risa floja con Reyes y Areces) y una banda sonora de lagrimica, se dirá que este filme es El club de los cinco español, y el sentimiento, efectivamente, es un poco ése. Pero, tal vez, Promoción fantasma tenga algo también de aquellas mixtapes dedicadas, pues si las sacásemos del cajón olvidado, el regusto que nos quedaría sería el mismo: nostalgia, ternura y muchas carcajadas. 

ANDREA G. BERMEJO