Piraña 3D

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Por - 25 de marzo de 2011

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Se acabaron las normas. Ya no hay cánones que respetar, ni tradiciones que seguir, ni pretendidos iconos a los que venerar, porque nunca los hubo: Piraña (1978) era un Tiburón de agua dulce que se sostenía por el chiste fácil, mientras que Piraña II: Los vampiros del mar (1982) ha quedado como un venerable celuloide rancio cuya conservación merece la pena porque hace rabiar a James Cameron. Libre por fin de la máscara de hockey de Viernes 13 y de la presión clásica (pero menos) de Las colinas tienen ojos, el francés Alexandre Aja puede ofrecernos por fin un remake como Roger Corman manda, de esos que, a fuerza de destilar la esencia del original, se quedan sólo con su anécdota y con su primario sentido del cachondeo.

Desfases mamarios aparte (que los hay, y a pares), llama la atención lo en serio que el director de Piraña 3D se toma los dos extremos de su propuesta: en esta película sólo hay lugar para lo más cómico y lo más trágico, para los efluvios spielbergianos (los niños perdidos en medio de la catástrofe, la mamá sheriff -Elisabeth Shue- sin marido a la vista) y para el murmullo desgarrador que emiten los pescaditos protagonistas cuando se alimentan. Hermanadas ambas facetas en el glorioso sauve qui peut, la vie que remata la fiesta en el lago, la cinta fluye entre ambas armoniosamente. Podría echarse de menos algo más de sustancia entre las dos mitades del sandwich, pero si hay un reproche que Aja y su equipo no merecen es el de incumplir sus promesas: Piraña 3D es toda ella un cebo de carne, sangre y silicona, que nosotros mordemos gustosamente. Un Oscar a la mejor película sobre pirañas para ella.

YAGO GARCÍA

Se acabaron las normas. Ya no hay cánones que respetar, ni tradiciones que seguir, ni pretendidos iconos a los que venerar, porque nunca los hubo: Piraña (1978) era un Tiburón de agua dulce que se sostenía por el chiste fácil, mientras que Piraña II: Los vampiros del mar (1982) ha quedado como un venerable celuloide rancio cuya conservación merece la pena porque hace rabiar a James Cameron. Libre por fin de la máscara de hockey de Viernes 13 y de la presión clásica (pero menos) de Las colinas tienen ojos, el francés Alexandre Aja puede ofrecernos por fin un remake como Roger Corman manda, de esos que, a fuerza de destilar la esencia del original, se quedan sólo con su anécdota y con su primario sentido del cachondeo.

Desfases mamarios aparte (que los hay, y a pares), llama la atención lo en serio que el director de Piraña 3D se toma los dos extremos de su propuesta: en esta película sólo hay lugar para lo más cómico y lo más trágico, para los efluvios spielbergianos (los niños perdidos en medio de la catástrofe, la mamá sheriff -Elisabeth Shue- sin marido a la vista) y para el murmullo desgarrador que emiten los pescaditos protagonistas cuando se alimentan. Hermanadas ambas facetas en el glorioso sauve qui peut, la vie que remata la fiesta en el lago, la cinta fluye entre ambas armoniosamente. Podría echarse de menos algo más de sustancia entre las dos mitades del sandwich, pero si hay un reproche que Aja y su equipo no merecen es el de incumplir sus promesas: Piraña 3D es toda ella un cebo de carne, sangre y silicona, que nosotros mordemos gustosamente. Un Oscar a la mejor película sobre pirañas para ella. YAGO GARCÍA