Nahuel (temporada de caza)

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Por - 20 de junio de 2019

Todo comienza con un partido de rugby en algún colegio de Buenos Aires. Varios profesores se precipitan (y nosotros con ellos, cámara en mano) hacia un corrillo formado alrededor de varios jóvenes que se están peleando. Es una escena violenta, confusa, cinco minutos iniciales de empujones y derechazos en los que Natalia Garagiola transmite al espectador el aluvión de emociones que asfixia a Nahuel (Lautaro Bettoni) tras perder a su madre y estar a punto de viajar a la Patagonia con un padre biológico al que lleva una década sin ver.

Pese a que el cine siempre se ha retroalimentado de los conflictos paternofiliales (Todos están bien, Big Fish, De padres a hijas…), no por ello este subgénero del drama familiar ha perdido efectividad. Eso sí, estos filmes deben hacer frente al hándicap de reinventar una temática manida. Garagiola opta con acierto por hacernos partícipes de una historia de duelo y redención en una Argentina inhóspita entre montañas nevadas. En plena temporada de caza y con silencios que resuenan más que cualquier grito, nos convertimos en cómplices de la angustia de un adolescente lleno de rabia contenida, así como del miedo de un padre incapaz de entenderse con el niño que dejó detrás. Conectamos con el hijo que somos mientras espiamos el (re)conocimiento mutuo entre dos hombres distanciados emocional, geográfica y generacionalmente, que solo buscan volver a encontrarse.

Otra historia (que no ‘otra más’) de padres e hijos en conflicto.