Por - 29 de enero de 2016

Por mucho que Sofia Coppola y todas las campañas de moda posteriores a Las vírgenes suicidas intentasen convencernos de lo contrario, no hay nada hermoso en ver languidecer a jóvenes apáticas, enclaustradas en un dormitorio, esperando que llegue su último suspiro. Las plumas de un pájaro siempre serán más brillantes posado en una rama que encerrado en una jaula.
Algo parecido sucede con los cuerpos de las cinco hermanas de Mustang, esparcidas por un dormitorio en el que no encuentran consuelo ni explicación al castigo que les infligen sus tutores culpables. Criadas en libertad por su abuela ante la ausencia de sus padres fallecidos, un juego inocente con los chicos del colegio provoca comentarios censores entre los vecinos. El papanatismo religioso –en este caso, musulmán, aunque sea un culto aún más universal: puro machismo–  hace el resto. Cerraduras, rejas y muros se imponen para contener lo que un matrimonio arreglado de toda la vida debería solucionar. Así van cayendo una hermana tras otra; la más afortunada, se casa enamorada, pero el destino del resto oscilará entre lo alienante y lo directamente trágico.
Sin abusar de la estructura episódica, pero rentabilizando las vidas que a la historia confiere cada una de las cinco adolescentes, la directora y coguionista Deniz Gamze Ergüven muestra una enorme sensibilidad para representar los diferentes escenarios que una situación así puede provocar. Con buen criterio, deposita sobre la más pequeña de las chicas, aquella que ni tan siquiera se plantea la necesidad de emparejarse y sigue comportándose como una niña rebelde, imposible de domesticar por aquellas que quieren convertirla en futura esposa, la responsabilidad de ser motor de ese Ford Mustang. Metáfora redonda y bumerán, que sea en los caballos de un coche con nombre de corcel salvaje a los que confie su libertad.
Hay que agradecerle a Ergüven, debutante que llega con la lección bien aprendida, además de justo sentido estético y capacidad narrativa, su asombroso olfato para el casting. Aunque sea imposible no quedarse cautivado por la fuerza e intuición de Günes Sensoy, todas y cada una de las jovencísimas actrices de Mustang están extraordinarias. La química que desprenden no se puede fingir, y es probablemente la clave de que esta supere la condición de película mona que algún incauto podía atribuirle. Y por el otro extremo, también hay que celebrar la negativa de la directora a acentuar el drama, recurriendo a una sutil elipsis que en otras manos habría sido argumento central.

Ni vírgenes suicidas ni mujercitas del cine periférico, estas hermanas exigen su derecho a ser ellas mismas.