Mommy

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Por - 01 de diciembre de 2014

La quinta película de Xavier Dolan conecta con la primera, Yo maté a mi madre (2009), en varios aspectos. Primero, se centra en una relación entre madre e hijo, muy diferente a aquélla pero similarmente traumática. Segundo, carece por completo de sutileza: el director canadiense vuelve a tratar de obtener de cada escena el máximo impacto emocional: hay gritos, y tirones de pelo y vasos rotos e intentos de suicidio que se ven venir como el trueno tras el rayo. Hay hasta camisas de fuerza.

A ese respecto, el riesgo de mantener Mommy instalada en el máximo volumen es que se corre el peligro de devaluar la verdadera pegada de la historia: cuando todos los intercambios están diseñados para significar mucho, acaba siendo difícil discernir cuáles realmente significan algo, porque entre uno y otro apenas queda espacio para investigar la relación de los protagonistas.

En tercer lugar, Dolan demuestra aquí lo mucho que le sigue gustando la virguería visual. Lo ejemplifica sobre todo su intrépida decisión de rodar la película en formato 1:1 o de pantalla cuadrada, que encierra a los personajes en un espacio claustrofóbico y a la vez extraordinariamente íntimo. Tal es su preocupación por los tics estilísticos que resulta inevitable preguntarse cuánto le importan las emociones de sus personajes y cuánto la mera voluntad de deslumbrar.

Quizá ello signifique que Mommy no debería funcionar… pero funciona. A pesar de todo Dolan se muestra mucho más consciente que de costumbre sobre cómo la forma complementa al fondo, y sigue siendo un director dotado de gran compasión y un tremendo corazón. Y si la falta de mesura aún es su mayor debilidad, al mismo tiempo es precisamente lo que da tan tempestuoso poder a su nuevo trabajo, tan caótico como generoso, tan descentrado como vital.

'Mommy' es cine del todo falto de mesura y disciplina, pero su poder es incuestionable.