Miles Ahead

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Por - 17 de julio de 2016

“SI QUIERES CONTAR UNA HISTORIA, hazlo con un poco de actitud”, gruñe Miles Davis al principio de Miles Ahead, y oírle es como escuchar a Don Cheadle haciendo declaración de intenciones acerca de la película misma, de la que es productor, protagonista y director. Cheadle agarra por los cuernos un problema consustancial a la mayoría de biopics –que, en pocas palabras, son un cúmulo de clichés– y no sólo altera el formato tradicional del género, sino que lo pone patas arriba: su ópera prima tras la cámara es una obra tan vívida, excéntrica y caótica como el legendario músico al que tributa, que mezcla frenéticamente hechos y fantasiosa ficción con fantasmagoría lisérgica, salta incesante entre el pasado y el presente y alterna intrépidas transiciones visuales y, en el proceso, parece improvisar como un trompetista que abre una nueva línea melódica. A ratos el resultado suena celestial, y, a ratos, chirría como uñas que rascan pizarra.

Miles Ahead es, pues, un biopic disparatado que posee el look general de un viejo episodio de Starsky y Hutch y, en su mayoría, transcurre a finales de los 70, centrada en un Davis que se ha convertido en algo parecido a un recluso en su propia casa y se pone fino de cocaína y de bourbon y se pasea con una pistola con la que no duda en encañonar a quien lo moleste. Cheadle embarca al genio, acompañado de un reportero de Rolling Stone (Ewan McGregor) que espera escribir el reportaje de su vida, en una aventura por los bajos fondos neoyorquinos que incluye persecuciones de coche, y tiroteos, y alucinógenos combates de boxeo.

Tan disparatado resulta todo, decimos, que en cuanto recurre a flashbacks ambientados décadas atrás y centrados sobre todo en la tempestuosa relación que Davis mantuvo con Frances Taylor, la película de repente pierde fuelle y empieza a parecerse a Ray o a En la cuerda floja, o a cualquier otro biopic musical jamás rodado. Por lo general, en todo caso, Cheadle esquiva el lacrimógeno sentimentalismo de esos títulos y sus sensibleros momentos de inspiración y redención, y su compulsión por explicar las miserias o el talento del artista a través de un trauma de infancia.

Eso es lo bueno. Lo malo es que, a cambio, poco se nos cuenta acerca de Miles Davis como músico o icono cultural, más allá de recordarnos que el tipo podía ser un auténtico malnacido y de reflexiones genéricas sobre cómo los artistas lidian con su propio legado y su carrera y su responsabilidad de seguir creando por el bien público. Los fans más ortodoxos de Davis verán la película y quizá consideren una herejía que su música apenas aparezca en ella, y los no iniciados contemplarán a un crápula metiéndose de todo y no entenderán por qué tanta gente lo adora, especialmente porque la intriga que Cheadle ofrece a cambio, trufada de promotores malvados, jóvenes talentos ambiciosos y grabaciones perdidas, no sólo carece de misterio, sino que es bastante tonta.

Pero, al mismo tiempo, queda claro que Miles Ahead no es ni más ni menos que la película que Cheadle quiso hacer, y que ha invertido montones de pasión. Cierto que, a veces, la pasión puede engullir a la razón, pero también es cierta otra cosa: incluso cuando el filme se descontrola, uno no sabe hacia dónde va. Y eso no es sólo más de lo que puede decirse de casi cualquier biopic, sino también aquello a lo que aspira el buen jazz.

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