Mi panadería en Brooklyn

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Por - 22 de junio de 2016

Como en los albores del cine cómico, un duelo de tartas le sirve a Gustavo Ron para slapstickear las diferencias entre las dos primas hermanas, Vivien y Chloe, y también para contar la historia de su película en diferido, dando un salto hacia atrás que viene a decir “érase una vez…”. Porque Mi panadería en Brooklyn (una boulangerie en realidad) es más bien como un cuento de hadas en el que las pastas y los dulces son la plausible metáfora del placer y de la conquista amorosa a la que se entregan las tan atribuladas como desahogadas jóvenes que protagonizan esta rom-com por partida triple. Producida por Beatriz Bodegas (uno de los nombres propios del cine que nos viene) y ambientada en Williamsburg, el barrio de la revolución hipster, Mi panadería en Brooklyn aspira a recuperar el aliento de clásicos de la comedia americana como Capra o Lubitsch –la tienda también está alrededor de la esquina–, algo que no se termina de conseguir, ya que, aunque el filme esté plagado de buenas intenciones y contenga acertadas incursiones en el territorio del realismo mágico y del humor negro, carece del sentido de la ironía y de la profundidad necesarias. Aun así, el atractivo reparto (que incluye a Blanca Suárez, Aitor ‘Gran Reserva’ Luna, y a las desconocidas Aimee Teegarden y Krysta Rodriguez), la eficaz realización y un notable diseño de producción invitan al visionado e incluso al disfrute.

La destilación de Gustavo Ron en Nueva York, mucho azúcar y poca graduación.