Mad Max: Furia en la carretera

8

Por - 11 de mayo de 2015

ETIQUETAS:

, ,

La palabra cabalgata evocaba por un lado a los Reyes Magos tirando caramelos desde sus luminosas carrozas motorizadas; por el otro, el imponente ascenso de las valquirias con los héroes caídos en la batalla al Valhalla, con Wagner sonando a todo trapo por la megafonía. Dos imágenes, una inocente y asombrosa, la otra épica y bélica, en principio alejadas pero que Mad Max: Furia en la carretera se ha encargado de fundir en un amasijo de hierro, carne y neumático, producto de una película de persecuciones tan espectacular, entretenida y descabellada que hace que den ganas de enviar a los conductores de Fast & Furious de vuelta a la autoescuela.

Obra faraónica en movimiento perpetuo, porque también cuando los motores se detienen los personajes y la acción continúan revolucionándose, hay un hombre detrás ante el que postrarse cual líder todopoderoso. Que un señor de 70 años como George Miller tenga espacio en la cabeza para un locurón semejante es algo que desconcierta y asombra a la vez. ¿Por qué no le ceden Peter Jackson y James Cameron su sitio en el Olimpo del cine espectáculo? ¿Por qué supera en desquicie autoral a Terry Gillian y los Wachowski y sin embargo se le entiende, entretiene y no se pierde con chorradas? El australiano coge su saga y hace con ella lo que quiere, sin inventarse continuidades absurdas ni hipotecas con un legado que prefiere no tomarse con solemnidad. Por entendernos, todo lo que hizo que TRON: Legacy resultase un insufrible y descontextualizado ejercicio de nostalgia de tendencias.

Sin coartadas, sin discursos y, ¡mira, mamá!, sin las manos en el volante, Mad Max: Furia en la carretera avanza loca y salvaje por un circuito que parece ir inventando sobre la (quinta) marcha. Sí, se advierte el polvo y la combustión de Mad Max: El guerrero de la carretera, pero siendo fiel a la saga resulta rabiosamente nueva y original. Deja atrás a todas las fantasías distópicas que han saturado las carreteras del apocalipsis transitadas durante sus tres décadas de ausencia. Conduce por el centro, empujándolas al arcén sin apenas inmutarse, con una agresividad kamicafre –acuñemos este término, por favor– y sacando un dedo por la ventanilla a todos esos agoreros de la ci-fi adolescente que sufren con futuros deshumanizados… que ellos son los primeros en soñar estandarizados.

En un mundo en el que hasta la fantasía se racionaliza, Miller y sus artesanos del caos se meten en el desguace para reutilizar materiales de deshecho y montar su propia cabalgata. No hay intenciones evangelizadoras, mensajes ecologistas u oportunismos estacionales; sólo puro gamberrismo. Como monos golpeando huesos, a ellos les marca su ritmo el sonido de la chapa que se abolla. Evita las explicaciones como dando un volantazo cada vez que el subconsciente quiere incorporarse al tramo, pero tampoco renuncia a la profundidad. Con algunos de los muy sugerentes elementos que introduce Miller de soslayo como si tal cosa algunos estarían haciendo ya nuevas franquicias en despachos de Hollywood. A él le sirven sólo como combustible para acelerar esta frenética carrera sin meta.

Mad Max de lo mismo pero elevado al cubo. La película de acción más espectacular y acelerada del año.