Los ilusos

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Por - 12 de abril de 2013

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“Las películas son más armoniosas que la vida. No hay atascos ni tiempos muertos. Avanzan como trenes en la noche”, le dijo Truffaut a Jean Pierre-Léaud envuelto en la falsa oscuridad de La noche americana. Y nosotros nos lo creímos a medias, convencidos de que segundos después del “¡Corten!” el cineasta galo acudiría a un espejo y repetiría su nombre y apellido en bucle con la misma exaltación con la que imponía sentencias cinéfilas. Porque puede que en cine los trompicones vitales canten menos que en el día a día, pero las películas importantes, ésas que nos cambian el paso y nos gusta recordar con los ojos cerrados, están repletas de vida. Y Los ilusos, la nueva película de Jonás Trueba, autofinanciada y deliciosa, se ha convertido, casi sin querer, en una de ellas.

Entre parón y parón en la preproducción de Todas las canciones hablan de mí a Jonás Trueba empezó a dibujársele una película en la cabeza, nada grande, sólo la historia de unos ilusos en Madrid –como los de Azcona– que juegan a “Rojos y negros”, que quedan en librerías o ven pelis de Mia Hansen-Løve mientras la vida va pasando y ellos imaginan películas como recuerdos que serán.

Años después y una ópera prima mediante, le regalaron unas latas de celuloide caducado. Tenía una cámara –descatalogada–, cinco o seis amigos actores y un Antoine Doinel –Francesco Carril, un álter ego más convincente que Oriol Vila– que recordaba a aquellos ilusos que mataban el tiempo entre las cafeterías y la Filmoteca. Pero sobre todo tenía algo nuevo: libertad. Para rodar en blanco y negro, para encajar un concierto de ocho minutos en medio del metraje (emocionante El hijo), para colar sutilmente armazones y citas, parodiarse y dar vueltas, rodar sin dirección, como una película que no sabe que lo es, que se va construyendo, que avanza como trenes en la noche pero también, Alphonse, como nuestras vidas. Eso que pasa mientras vemos películas y escuchamos canciones con los ojos cerrados. 

 

VEREDICTO: Jonás Trueba encuentra a Francesco Carril, su Antoine Doinel