La próxima vez apuntaré al corazón

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Por - 09 de diciembre de 2015

Los filmes sobre psycho killers suelen llevar una “H” grabada a fuego en el pecho: Hannibal o Henry. Aquí, el retrato del asesino carga sin disimulo hacia la segunda, aunque la auténtica “H” que conjuga sea la de (mister) Hyde: criminal y guardián de la ley en una misma persona. Y ambos oficios, desempeñados sin demasiada ética de trabajo: lo mismo descerraja cinco tiros a una autoestopista, limpiando la tapicería con el “método Azarías”, como persigue a galope tendido a un sospechoso imaginario en una escena que recuerda más a Érase una vez en Anatolia que a True Detective. El emergente Cédric Anger se basa en un caso que conmocionó a la Francia rural de finales de los 70: cómo un gendarme perfectamente gris se transforma, sin motivo ni motivación aparente, en un homicida múltiple que pone en jaque a sus propios compañeros, aunque le saquen un retrato robot clavadito.
Con una puesta en escena sobriamente naturalista, elegantemente poderosa y por momentos sutilmente simbólica (con moscas y lombrices, yoga campestre o guiño a Torrentes humanos), el cineasta compone un mosaico sobre el anodinamente atormentado, torturado y hasta fustigado, protagonista. Para ello, encuentra un aliado perfecto en Guillaume Canet con su mejor cara de Álex Brendemühl en Las horas del día y su mejor espíritu de Tony Curtis en El estrangulador de Boston. Suyo es el mérito primordial de la película, aunque Ana Girardot casi lo eclipsa en la extrañamente melancólica subtrama romántica de una historia tallada en cuarzo que erizó el espinazo a buena parte del Festival de Sitges, y eso que allí no se asustan por cualquier cosa.

Interesante e intensa radiografía de un “casual killer” en las antípodas del Asesino de los Diez Mandamientos de AHS Hotel.