La caída del imperio americano

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Por - 24 de marzo de 2019

Caballero sin espada pero con furgoneta, la única diferencia entre el idealismo de Pierre-Paul, el mensajero que reparte paquetes y encuentra tesoros ajenos en Montreal (Alexandre Landry), y el Jimmy Stewart que llegó a Washington con la Constitución bajo el brazo son las ganas de juguetear con el destino. Por lo demás, igualita candidez, una cómplice lista, independiente y guapa (Maripier Morin); unos secuaces que no le toman en serio y una aventura benéfica que ¿no puede acabar bien? En realidad el Robin Hood ha sido siempre Denys Arcand, un provocador impenitente y un director (y guionista) de competencia contrastada y luces largas (desde su debut en los 60), que arrastra las buenas acciones caprianas por los andurriales del ultracapitalismo tramposo para acabar dándole la vuelta a los crímenes que se cometen en su nombre. Cineasta minusvalorado por su buen humor y su sabio conformar, es la pura encarnación de su Quebec: el deje francés norteamericano desconcierta como su mezcla de humor y crítica social, en forma de sátiras que, como esta comedia supuestamente desalmada que es reanimada a golpes de simpática inverosimilitud, se siguen con fruición. Tras El declive del imperio americano (1986) y Las invasiones bárbaras (2003) vuelve esa sensación de que, ya que no podemos cambiar el mundo, hay que aprovechar sus grietas para pasarlo cojonudamente. Como libertos ante su trilogía Roma-Montreal.

Arcand regresa para hacernos bailar sobre las ruinas de la civilización.