Por - 29 de febrero de 2016

Todos los años los miembros de una fraternidad tejana elegían al universitario más feo. Se suponía que sólo se votaban hombres, pero en 1963 un idiota hizo la gracia de proponer a una compañera del campus. Algunos le siguieron la broma y acabó siendo elegida ella. La chica era Janis Joplin. Su cara apareció en el boletín de esta fraternidad y, aunque los amigos hippies, poetas y músicos que había hecho en Austin le decían que ignorase aquello, la herida en Janis fue profunda.
No por conocido resulta menos impactante este capítulo de la vida de la cantante que rememora Janis, el documental que trata de poner orden y sentido a una vida sacudida por los complejos, la insatisfacción y la constante necesidad de agradar y ser aceptada. Con acceso a la correspondencia que mantuvo con sus padres y la participación de sus hermanos, la directora Amy J. Berg, autora de los devastadores Líbranos del mal y Un secretos a voces, reconstruye los escasos 27 años de la vida de una mujer que cambió la historia de la música popular norteamericana. Demostrando buen criterio, sólo hablan los que tienen algo que contar, y no se recurre a las socorridas celebrities rockeras para glamurizar el drama o legitimar su aportación. Incluso la narración cálida de la cantante Cat Power, que podría entenderse como estratagema marketiniana, encaja con la filosofía de un documental que prefiere la intimidad al golpe de efecto. Su única pega, exige cierto bagaje previo, es más una profundización que una introducción.

La canción más triste de la reina blanca del blues.