Jackie

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Por - 13 de enero de 2017

En el momento que vivimos hoy, cuando los hechos parecen perder importancia frente a la opinión, Jackie cobra más relevancia. En la semana posterior al asesinato de su marido y su muerte en su regazo de tweed rosa, la primera dama tuvo la clarividencia y sangre fría de saber que debía ser ella, y sólo ella, quien escribiera la historia de John F. Kennedy, sus mil días como presidente de EE UU, y, a la vez, de ella. “Creo que los personajes que leemos en el papel acaban siendo más reales que los hombres que están detrás de ellos”, le dice Natalie Portman (en uno de sus mejores trabajos) a ese periodista ficticio (inspirado en Theodore H. White) al que indica qué aparecerá y qué no en el artículo con el que sería el encargado de reescribir esa historia.

Jackie no escondió los hechos, pero sí los maquilló hasta transformar su matrimonio y vida política en un cuento de hadas (que no fue tan idílico). “A la gente le gustan los cuentos de hadas”, dice también en esa entrevista en la que creó el mito de Camelot y en la cual la obviedad de la película de Pablo Larraín se deja ver, pero porque también fue siempre obvia la intención de esta mujer por transformar a su marido en el rey Arturo y a ella misma en una reina sin trono. La intención, entonces, del director chileno, como repitió en Neruda, no es la de crear un retrato perfecto. No busca desvelar secretos de Jackie, aunque nos ponga en el papel de un voyeur que se cuela hasta en ese tocador en el que se limpió la sangre de su marido de la cara. O en una noche de insomnio y alcohol, despidiéndose de la Casa Blanca.

Si Neruda no era una biografía de Neruda sino una aproximación a lo nerudiano, Jackie no es un retrato de Jackie Kennedy, sino una deconstrucción de todas las Jackies que existieron, creemos pensar que existieron y queremos pensar que existieron. Es un cuadro de dolor y ansiedad. De miedo y vulnerabilidad. De seguridad (para organizar un funeral de estado inspirado en el del propio Lincoln) y de emoción (en la devoción a sus hijos).

Es una película sobre la mujer (a la que nos enseña en primerísimos primeros planos) y sobre el mito (al que vemos de lejos, en escenas calcadas a las que han pasado a la historia). Larraín habla sobre la separación entre la imagen pública y su celosa privacidad, una dicotomía que, al ser interpretada por una actriz como Natalie Portman, adquiere una capa más de interés y profundidad.

El guión de Noah Oppenheim y la dirección de Larraín juegan con la ventaja de sentarnos ante la comodidad de un personaje que creemos conocer y admirar: la Jackie de gran sonrisa, la de las revistas de sociedad, la Jackie icono de estilo. Pero enseguida lo rompe, para incomodar al espectador con la fragmentación emocional de la historia en constantes flashbacks y flashforwards, con frases lapidarias y significativas. La música de Mica Levi no invita, arrastra, a seguir el mismo camino de desesperación que debió llevar ella. El que Natalie Portman aguanta en los 100 minutos que dura la película con una contención perfecta y una composición tan palpable como invisible.

Natalie Portman es Jackie Kennedy, perfectamente imperfecta en uno de sus mejores papeles hasta hoy.

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