Por - 28 de septiembre de 2018

Una vez leí que exigimos demasiado a las películas, cuando el placer que nos brindan al permitirnos observar rostros hermosos a tamaño gigante en una sala a oscuras debería bastarnos. Si se piensa en lo que debía de ser ver determinadas películas de Renoir, Vigo Kirsanoff en el momento de su estreno, es imposible rebatir ese argumento. Así se llega a Ha nacido una estrella, un romance musical donde por encima de todo abundan los primeros planos de sus dos protagonistas, Bradley Cooper Lady Gaga, engarzados en una historia de amor ya contada en muchas ocasiones anteriores; tres de ellas, con el mismo título incluso.

¿Pero qué importa esa repetición cuando el relato base engancha en cualquier circunstancia? Nada, si tenemos a dos personajes del todo ajenos a nuestra cotidianeidad –dos estrellas mundiales en la realidad, dos músicos talentosísimos en la ficción– experimentando algo tan mundano como enamorarse. Los primeros 30 o 40 minutos de Ha nacido una estrella son magistrales en su registro del flechazo en tiempo real entre un cantante de country rock en decadencia (Cooper) y una camarera con potencial para convertirse en una supernova de la canción (Gaga).

Desde que los protagonistas se conocen hasta que comparten escenario ante un público multitudinario en apenas 24 horas (!), la labor de Cooper debutando detrás de la cámara resulta impresionante por su dominio del espacio, del ángulo espontáneo y del acompañamiento de la emoción. Contribuye que en el plano dramático el actor también hace el mejor trabajo de su carrera como rockero alcohólico atormentado –el catálogo de referentes puede ser infinito–, que Lady Gaga demuestre que, si quiere, tiene por delante una prometedora carrera como actriz o la presencia de secundarios todoterreno como Sam Elliot, que lleva los graves siempre bien afinados.

Es cierto que después de ese prometedor inicio la narración empieza a desinflarse por meandros más tiznados de cliché, con reprimendas sobre la fama, turbulencias de alcoholismo y perchas coyunturales. Pero el hechizo ya está hecho y el sensacional montaje de Jay Cassidy, que termina de brillar en una escena final de libro, ayuda a tragar lo que queda con la misma facilidad con la que la power ballad Shallow se instala para siempre en el cerebro.

Habrá altibajos, pero son esos momentos de Cooper y Gaga cantando a dúo –captados con la inmediatez de un Jonathan Demme entregado sobre el escenario y con el chisporroteo sexual de aquel videoclip de Nick Cave con PJ Harvey que ya sabes–, instantes en los que nacen estrellas y llueven miles de cometas, cuando podemos sentirnos testigos privilegiados de algo muy hermoso, a tamaño gigante, en una sala a oscuras.

La power ballad de Bradley Cooper y Lady Gaga puede enamorarte a ti tanto como a millones de personas y miles de cometas.

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