Furious 7

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Por - 26 de marzo de 2015

Hace mucho tiempo, casi un decenio, que Fast & Furious se convirtió en la mejor saga de acción del cine actual; es decir, la más honestamente entregada al disfrute puro de su público sin remilgos de ningún tipo. El reto para Vin Diesel y compañía ya ha pasado a ser la lucha contra el agotamiento, a medida que se apilan las secuelas y los dígitos detrás del título aumentan. De momento no hay nada que temer. Fast & Furious 7 puntúa tan alto como sus mejores entregas en el ránking de la franquicia, además de servir de culminante broche final al arco argumental esculpido por el guionista Chris Morgan a golpe de una disparatada escena de acción tras otra mientras convertía los coches de lujo en herramientas propicias para todas las subdivisiones temáticas del género thriller (secuestros, robos, espionaje; en fin, guerra motorizada) y codificaba una mitología (familiar) a medida para el mesiánico Dominic Toretto y sus satélites.

La llegada de James Wan a ese terreno de juego no ha podido ser más propicia. Tomando el relevo de Justin Lin —el malabarista de persecuciones, motores rugientes, pedales aplastados y burlas de las leyes de la física detrás de las últimas cuatro entregas— el director de Insidious parece comportarse como un niño que disfruta con los muñecos y piezas de un juguete bien conocido al que no tiene ningún reparo en estirar, expandir e hiperbolizar. Da cancha a los personajes principales —Diesel, el homenajeado Paul Walker, Michelle Rodriguez, Dwayne Johnson una vez más entregadísimo a la causa cual cartoon humano— y los choca, literalmente, contra nuevos arquetipos de una pieza —Jason Statham, brillante como villano de cómic y recuperando en un solo plano todo lo desaprovechado en Los mercenarios, una saga donde se hace mal todo lo que Fast & Furious clava— o medio gruñido pero mucho puño —Ronda Rousey y Tony Jaa se lucen más que anteriores guest stars— a la vez que aporta su habitual energía formal pegando la cámara a las peleas cuerpo a cuerpo.

En un mundo blockbuster dominado por las películas de superhéroes empeñadas en poner los pies sobre la tierra, Fast & Furious 7 eleva constantemente por los aires a sus personajes cada vez más sobrehumanos. Es literal: casi cada espectacular set piece de acción (y hay más de media docena) se puede abstraer en un esquema de líneas verticales de ascenso y caída que, como las torres Etihad de Abu Dabi, los coches atraviesan. La lucha irreconciliable entre los personajes de Diesel y Statham se fundamenta en que uno mantiene un código de honor bien marcado y el otro no sigue ninguna regla; Fast & Furious vive en un gozoso espacio intermedio. Aunque la saga haya dejado muy atrás ese rincón de pureza reggaetonera marginal para abrazar cada vez más el mainstream electrolatino y pop con pasarela hip-hop —y no hablamos sólo de la banda sonora, claro—, la reverencia a su propia mitología es férrea y mantiene una única norma: no hay que respetar ninguna cuando se trata de buscar el mayor grado de diversión cinética imposible. Misión cumplida. Con nota.

James Wan se sienta al volante y pone a Jason Statham a romper tarima. 'Fast & Furious' sigue volando alto.