Por - 09 de mayo de 2016

El manuscrito Voynich lleva décadas fascinando a criptógrafos y eruditos incapaces de descifrar ni una palabra de sus páginas escritas en el siglo XV e ilustradas con hierbas, plantas y cuerpos celestes.
Cuando acabemos con la civilización, es tranquilizador pensar que futuras especies podrán encontrarse ante enigmas similares si hallan esta y las anteriores obras de Juan Cavestany, Pablo Hernando y Julián Génisson, el trío de autores de Esa sensación. Una inspección taxonómica de los pliegues de la realidad, ocultos pero a la vista de quien sabe dónde mirar, descritos con un lenguaje intransferible que, en ocasiones, podrá resultar incomprensible pero siempre fascinará al revelar aspectos fundamentales de lo que, a grandes rasgos, Roy Andersson llamaría la condición humana.
“El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada”, decía Max Estrella en Luces de bohemia. Ahora que ya vivimos instalados en un esperpento cotidiano, la táctica necesita ser opuesta: dar forma pura al absurdo. Es decir, tomarse muy en serio el desconcierto. Como este ramillete de relatos donde dominan las imágenes sencillas para expresar experiencias muy complejas: el romance entre una mujer (superior Lorena Iglesias) y una rotonda –¿la mejor adaptación de un relato inexistente de Ballard?–, el vínculo entre fe y voyeurismo o la propagación vírica de la inoportunidad en situaciones sociales opresivas. Todo se junta en una atrevida y chocante antología cuyos motivos volverán a tu mente con la misma intensidad que una sensación incómoda en el momento más inadecuado.

Breve manual de uso y disfrute del desasosiego contemporáneo.