Electric Boogalo: la loca historia de Cannon Films

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Por - 09 de marzo de 2015

“Sabían a dónde querían llegar, pero no tenían ni idea de cómo hacerlo”; este testimonio va niquelado para definir el dúo Golan-Globus, los dos primos israelíes que planearon asaltar Hollywood. Al frente de Cannon, un infraestudio que hacía películas partiendo del póster y vivió su época gloriosa en los 80, inventaron un star system propio –Chuck Norris, Charles Bronson, Bo Derek, Michael Dudikoff– y patentaron un modelo de ventas internacional que abrió los ojos a otros mercaderes de la serie Z: con un póster se podía vender una película, aunque no se hubiera rodado ni existiera un guión. Mark Hartley, experto en bucear en los estantes más sórdidos de nuestra memoria colectiva de videoclub –documentó el auge del cine australiano en Not Quite Hollywood (2008) y el filón filipino en Machete Maidens Unleashed (2010)–, convoca a tanta gente y tan bien informada para contar la historia salvaje y desconocida de este par de entusiastas que apenas hay tiempo para leer los carteles que les acreditan. Electric Boogaloo, titulada en homenaje a uno de los (muchos) fracasos del estudio, es el documental con más anécdotas sensacionales por cm2 de estos últimos años. También una crónica de los márgenes de la industria que deja chocantes reflexiones. A pesar de su cutrerío, Cannon dejó un legado que sin sonrojo los grandes estudios han adoptado, de la secuelitis a la explotación descarada de cualquier cosa de la que recoger migajas.

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“Sabían a dónde querían llegar, pero no tenían ni idea de cómo hacerlo”; este testimonio va niquelado para definir el dúo Golan-Globus, los dos primos israelíes que planearon asaltar Hollywood. Al frente de Cannon, un infraestudio que hacía películas partiendo del póster y vivió su época gloriosa en los 80, inventaron un star system propio –Chuck Norris, Charles Bronson, Bo Derek, Michael Dudikoff– y patentaron un modelo de ventas internacional que abrió los ojos a otros mercaderes de la serie Z: con un póster se podía vender una película, aunque no se hubiera rodado ni existiera un guión.

Mark Hartley, experto en bucear en los estantes más sórdidos de nuestra memoria colectiva de videoclub –documentó el auge del cine australiano en Not Quite Hollywood (2008) y el filón filipino en Machete Maidens Unleashed (2010)–, convoca a tanta gente y tan bien informada para contar la historia salvaje y desconocida de este par de entusiastas que apenas hay tiempo para leer los carteles que les acreditan. Electric Boogaloo, titulada en homenaje a uno de los (muchos) fracasos del estudio, es el documental con más anécdotas sensacionales por cm2 de estos últimos años. También una crónica de los márgenes de la industria que deja chocantes reflexiones. A pesar de su cutrerío, Cannon dejó un legado que sin sonrojo los grandes estudios han adoptado, de la secuelitis a la explotación descarada de cualquier cosa de la que recoger migajas.

La intrahistoria de las mejores peores películas de los 80.