Por - 03 de junio de 2019

Basada en la novela homónima de Robert Seethaler, lo mejor que se puede decir de El vendedor de tabaco es que no es una película sobre el Nazismo al uso. Nos situamos en la Viena de 1937, donde llega un joven de 17 años para trabajar con un vendedor de tabaco que tiene como cliente a Sigmund Freud (Bruno Ganz, hábilmente contenido en uno de sus últimos trabajos). Nikolaus Leytner combina a la perfección el clima de tensión en una Austria donde el antisemitismo y la violencia crecen día a día, con la narrativa coming-of-age que nos adentra en la vida personal del protagonista, entre amores freudianos, puros habanos y cierto misticismo innecesario.

Ese joven nos conduce por una sociedad dividida, acechada por el totalitarismo, sin necesidad de visitar trincheras o campos de concentración. Lo hace a través de las trifulcas que presencia a su alrededor a causa de periódicos nacionalsocialistas, pintadas en las fachadas del estanco o la aparición de banderas rojas con esvásticas. El propio Hitler es una amenaza que se intuye pero no se ve en pantalla, un fantasma que se cuela en las conversaciones. Leytner entiende que no necesitas escenas de abusos por parte de la Gestapo para plasmar la terrorífica calma que precedió a la tormenta; te basta con un cabaret en el que se comienza parodiando al Führer para meses después terminar contando chistes de judíos.

Nazismo, relatos coming-of-age y amores freudianos.