El último rey

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Por - 13 de enero de 2017

El invierno no está llegando sólo a los Siete Reinos, sino que ha arrasado el universo audiovisual a ambos lados del muro, en el vasto barrizal de las series y en el vergel amenazado del cine. El invierno, y también el empeño del revival histórico por hacerse un hueco entre el “basado en hechos reales” y el fuego fatuo de lo fantástico, en pos de la taquilla nacional en cada país. Todas esas razones industriales desembocan en filmes tan correctos como intercambiables. Las cuitas por el trono noruego en la Baja Edad Media, con la iglesia de Roma y el enemigo extranjero (aquí danés) de por medio, bien podrían haberse rodado al norte de Invernalia, aunque ese deje nacionalista que recorre las cinematografías patrias (¿películas como reflejo de los resultados en las urnas de toda Europa?) lo hace aquí a calzón quitado entre el hielo, sin apelar a la calculada ambigüedad que HBO ha trasladado al universo de George R. R. Martin.

Se vuelve a agradecer que, en estos tiempos de requiebros morales, los buenos sean buenos y los malos sean malísimos. Dado que no vamos a encontrar grandes sorpresas alrededor de un bebé que tiene que ser protegido como heredero del reino, el hecho diferencial noruego (como en las películas de la II Guerra Mundial que visitaban frentes curiosos: ¿recuerdan Los héroes del Telemark?) nos deja particularidades amenas: nombres evocadores, ambientaciones creíbles y, sobre todo, unos guerreros esquiadores que son un puntazo.

El Medievo a la noruega: un juego de tronos y guerreros con esquís.