El cocinero de los últimos deseos

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Por - 21 de agosto de 2019

“Dadme un punto de cocción y removeré mi mundo” podría ser el ingrediente principal de este sofisticado plato combinado que fusiona epopeya gastronómica, conflicto histórico-diplomático, estofado romántico y, sobre todo, indagación personal en la memoria del protagonista, un joven chef altivo, proustiano, funerario y hasta taurino que vende a precio de oro su don para recrear platos mitificados a paladares moribundos. Sin embargo, Yōjirō Takita no tarda en reorientar la corriente del filme hacia el thriller al dente mediante una búsqueda del Santo Grial de los recetarios para resucitar el banquete más pantagruélico. Es entonces cuando Takita nos mete hasta la cocina más fantástica y nos inunda los sentidos con decenas de platos imposibles, transmitiendo una pasión culinaria que no veíamos desde los fogones de Big Night. Más plomiza es la digestión del plato fuerte político, regado con traiciones y deslealtades sumarísimas muy años 30, a pesar de que posea una sabrosa guarnición íntima y familiar que puede recordar al Zhang Yimou de ¡Vivir!. Tanto las pesquisas de Mitsuru dando nostálgicas vueltas concéntricas sobre un mismo eje como la conciliadora moraleja final llegan al plato algo recalentadas y hasta ‘culebroneras’, mas sin anular su aroma y sabor. Al final salimos satisfechos aunque con el estómago lleno: en el cine, como en la mesa, lo mejor es quedarse con un poco de apetito.

Lujoso bufé libre oriental que sabe entrar por los ojos.