Por - 28 de diciembre de 2011

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Como ya demostró en sus películas previas –la trilogía Pusher, Bronson, Valhalla Rising–, los hombres brutales en situaciones desesperadas son materia prima predilecta para el director Nicolas Winding Refn, que continúa esa fijación en Drive. Aquí el conductor (Ryan Gosling) es un lobo solitario, un tipo regido por rituales rigurosos y estrictos códigos de conducta de los que dependen el mantenimiento de su control, su estabilidad y su seguridad. Sumido en esa melancólica integridad digna del samurai de Jean-Pierre Melville, poseído de portentosas habilidades al volante y capaz tanto de la más tierna delicadeza como de la más espantosa brutalidad, el conductor no es sino un tipo de caballero andante –posee hasta su propio emblema heráldico, en forma de escorpión dorado estampado a la espalda de su cazadora plateada– que ya conocemos gracias a cientos de películas. 

Y es que Drive está cómodamente instalada en un universo estrictamente fílmico. De hecho, replica alegremente muchos elementos del cine de acción de los 80 aunque, que quede claro, trasciende el cliché. Su meta es abrazar el mito, tomar una narrativa puramente trash y reconfigurarla como alta cultura, amenazante, sofisticada y esplendorosa hasta decir basta. Drive es el actioner tratado como arte y ensayo. 

Estructuralmente, la larga batalla del conductor en pos de un salvoconducto –o, en otras palabras,  su intento de alejar el horror de Irene (Carey Mulligan) y su familia– es como un coche que acelera una y otra vez de cero a 100 y de nuevo a cero: las escenas arrancan silenciosas, estallan con ruido y furia y entonces vuelven a callar. Las grandes secuencias de acción irrumpen quebrando la atmósfera como un trueno. La violencia resulta irrisoria, no tanto porque sea excesiva sino por cómo pulveriza la fachada de blindada impasibilidad del conductor. Ese componente exploitation es un contrapunto al clasicismo dramático de la película y, a la vez, un antídoto contra su claro sentimentalismo: en un mundo tan bestial poco espacio hay para el amor o la redención.

Mientras nos convence de ello, Refn convierte Drive en una obra completamente hechizante en buena medida gracias a los detalles visuales y sonoros en las sombras de dos hombres dispuestos a rajarse, en un coche que vuela por los aires al fondo de la acción, en un ominoso paseo por la centelleante entrada de un club de striptease. Esas imágenes confirman al filme como poco más que un ejercicio de estilo, pero uno deslumbrante, un testimonio de la atracción fundamental que ejercen los coches rápidos, los hombres peligrosos y el tipo de extraordinaria tensión que nos ahoga como una mano apretada sobre la garganta. Gracias a ella, por lo menos media docena de escenas de esta película quedarán marcadas a fuego en la memoria cinéfila colectiva de por vida. Sobre todo ese momento crucial en un ascensor, que ejemplifica el brillante manejo de Refn del contraste entre la luz y la oscuridad –en sólo unos segundos, se dan de la mano el momento más puramente tierno de la película y el más zopenco–, y que, en última instancia, nos recuerda la sensación que ir al cine puede llegar a provocar, la que debería provocar. Uno sale del cine temblando.  

NANDO SALVÁ

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