Dilili en París

7

Por - 27 de mayo de 2019

Cuando era pequeño, me asustaba Kirikú y la bruja. No llegué a ver nunca la película. Acostumbrado a una animación infantil me­nos realista, esos personajes humanizados y algo más estáticos me producían rechazo. La animación es quizá nuestra primera herra­mienta para dibujar el mundo, pero, por desgracia, en ocasiones y por muy pequeños que seamos, ya somos víctimas de muchos pre­juicios. Antes de que Michel Ocelot pudiese llevarme de la mano en un universo poblado por otros colores, razas y ritmos, los dibu­jos que consumía junto a mis cereales por las mañanas ya se habían apoderado de mí.

Afortunadamente, la cinefilia siempre brinda nuevas oportuni­dades al paciente. Así, Michel Ocelot vuelve a la cartelera con una película de mimbres similares a sus anteriores obras, confirman­do su inquebrantable voluntad por transmitir la misma identidad, el mismo espíritu didáctico y de rebeldía ante lo establecido en el género. Se trata de Dilili en París, la historia de una niña que re­corre la capital francesa de la Belle Époque intentando acabar con una red de secuestradores. Mientras vive sus aventuras a bordo de un triciclo, conoce a cada artista que en aquella época transitaba las calles de la ciudad, desde Pablo Picasso hasta Sarah Bernhardt.

Los fondos sobre los que Dilili corre e interactúa son fotogra­fías de París y sus alrededores, que aportan concreción y belleza en sus rincones más icónicos (la fachada del Moulin Rouge, el Ar­co del Triunfo…), pero sobre todo hacen disfrutar con su pasión por el detalle en los vibrantes callejeos alrededor de Montmartre o Montparnasse. En lo narrativo, Ocelot firma un guion de marcado carácter político y feminista, aunque sean inquietudes transmitidas con su habitual tono ligero, en el que priman la aventura y la poli­tesse por encima de todo.

Un viaje por París desde los ojos de un niño. O, mejor, de una niña.