Desierto

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Por - 10 de diciembre de 2016

Pasaron seis años entre la curiosa Año uña, ópera prima de Jonás Cuarón (un Y tu mamá también en patinete), y el trabajo junto a su oscarizado padre en el guión de Gravity, sin que tuviésemos más noticias de su carrera en el cine. En la distancia de uno a otro proyecto superado con nota estriba el quid de la cuestión de su segundo largo, que equilibra los opuestos en un trayecto abismal que encierra todo un universo. Con Desierto, título puro, seco, quizá recortado pero de sinonimia perfecta con ‘infierno’, Cuarón Jr. apuesta por un juego cinematográfico entre lo contemplativo y lo adrenalínico del que sale bien parado por su pertinaz interés en no cargar las suertes en ninguno de los dos extremos. Lo que comienza como una película fronteriza con aspecto de reivindicación social de director que se moja la espalda deriva en filme de persecución y caza a la presa. No hay hueco para psicología de los personajes: García Bernal y Dean Morgan, víctima y verdugo, acaban dominados por una combinación entre movimiento y paisaje que se va haciendo cada vez más agreste, incómoda, llena de espacios vacíos que abren la veda a nuevas cazas mayores y que deben ser llenados por el espectador. El que vio La caza de Saura o El perro de Isasi y asiste a la función con la vista más puesta en la Casa Blanca que en las salinas a donde conduce tanto odio, deberá ajustar la mirilla. Como el conductor perseguido de El diablo sobre ruedas.

A la caza humana por el camino más seco (a la sombra de Trump).