Cuando los ángeles duermen

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Por - 23 de agosto de 2018

Cuando los ángeles duermen junta en un mismo relato dos grandes placeres cinematográficos. En primer lugar, la angustia genuina de una persecución. Germán (Julián Villagrán) recorre un complejo laberinto de campos y carreteras generales buscando a Silvia (Ester Expósito), que escapa creyendo que él representa una amenaza. Aquí brilla Villagrán, la disposición y la voluntad hecha intérprete, un hombre que transpira entrega en cada trabajo, sea del tamaño que sea.

La puesta en entredicho de la integridad de Germán llama al segundo placer narrativo: un logrado descenso a los infiernos, una extenuante concatenación de errores que se traducen poco a poco en decisiones conscientes, signos de auténtico enfado e incluso síntomas de maldad y locura. Esto no sería posible sin el contrapunto a Villagrán de Marián Álvarez y Ester Expósito, ambas geniales, y sin un final que, aunque abrupto en su resolución, eleva la apuesta de la película con una particular y controvertida mirada a nuestra sociedad. Los dos ingredientes son inestables si no se mezclan con el tiempo y la intensidad justas. Pero Gonzalo Bendala no es Flipy, y salvo por cierto temor del guion a la hora de abrazar la perversión de su protagonista, brinda un virtuoso resultado. Y al final, solo es eso, mentos y Coca-Cola. Persecución y locura. En ocasiones, lo mejor que puede ofrecer el cine.

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