Por - 11 de abril de 2016

Aclaración para millennials despistados: aunque Mario Moreno ‘Cantinflas’ hacía humor, vestía raro y hablaba sin que se le entendiese, no era ningún youtuber sino, posiblemente, el cómico más célebre de “México, España y el resto de Latinoamérica”, como asegura sin rubor el guión de este biopic de complicado embarazo y tardío parto.
El punto de partida es previsible pero interesante: glosar su intensa peripecia alternando la gestación hollywoodiense de La vuelta al mundo en 80 días con viñetas de los orígenes del héroe, tan rudimentarios como la salazón de teatrillo y star system de celofán que consigue, a base de primeros planos, panorámicas y cortinillas-ojo de buey, el director Sebastián del Amo, apoyado en los vuelcos musicales de Roque Baños para apuntalar la construcción del mito (vestimenta, apodo, Chaplin…), y pasando de puntillas sobre aspectos ‘controvertidos’ como su puño de hierro sindicalista o sus devaneos de macho picaflor.
Mucho tono sepia y poco tecnicolor en un filme desangelado que caería estrepitosamente en el ‘síndrome Manolete’ si no fuera por Óscar Jaenada, que es a Cantinflas lo que Pedro Casablanc a B. Su impresionante metamorfosis en el cuerpo, el alma y el pícaro chafarderismo de su personaje es, de lejos, lo mejor (o lo único) de una fotonovela que a menudo nos hace recordar lo que Landa soltaba a Bódalo en El crack 2: “No me cantinflee”.­

Superficial, tibia y “pelada”. Eso sí, Jaenada, de Óscar (bueno, casi).