Bienvenidos a Grecia

5

Por - 18 de abril de 2016

Sea por su galopante deuda, su alegría de vivir, o porque son los únicos que se atreven a apostar por una opción política de izquierdas, los griegos nos dan risa. La cuna de Europa se ha convertido en el esfínter de su diarrea, y en el canal de entrada para miles de refugiados y de turistas. Ajeno a la tragedia, el cine de evasión se centra en el exotismo geográfico y el costumbrismo pintoresco. Bienvenidos a Grecia repite la fórmula –de películas como La gran seducción o Bienvenido al Norte del forastero que llega a una comunidad remota y se integra (o no) en la vida del lugar: en este caso se trata del empleado de un banco alemán, que viaja hasta la hipotética isla de Paladiki, para supervisar la inversión en un hospital y en una central eléctrica que, naturalmente, no se han terminado de construir. A la película de Aron Lehmann no le preocupa dónde está el dinero, sino el cómo ese Jörg desconfiado, calvorota y hostil se hace a la vida entrañable y disoluta que llevan los vecinos de la isla, personificada en el desastroso y peludo Panos, germánico y heleno de adopción con debilidad por las turistas. La amistad entre ambos y el amor que surge hacia una extravagante isleña, son tan previsibles como esos “mortadelianos” viajes en burra que se hace Jörg de punta a punta, y el filme resulta menesteroso en cuanto a matices y recursos productivos. Si acaso, Bienvenidos a Grecia puede disfrutarse con la sonrisa cómplice y autocomplaciente del espectador culpable.

Liviana y tópica comedia costumbrista a caballo (o mulo) entre las dos Europas.