‘Trainspotting’: Juventud y retretes

La película británica más celebrada de los años 90 tuvo el don de bailar al son del ritmo de los tiempos.

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24 de febrero de 2017

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  • A mediados de los 90, ávidos productores peinaban el planeta a la búsqueda de nuevos y jóvenes talentos. Era la época dorada de los Weinstein, de Sundance y Miramax, capaces de replicar en el cine gracias a Tarantino o Soderbergh lo que ya había pasado en la música con el grunge. Si eso ocurría en EE UU, en Francia se había extendido el fenómeno con la irrupción de Mathieu Kassovitz y su El odio. En Reino Unido, poseedor de la industria cultural más promocionada del planeta, había mono por encontrar a un director capaz de jugar en esta nueva liga de talentos descarados en lo formal y provocadores en los contenidos. Pronto lo tuvieron.

    Elige un director

    Nada más estrenar su debut, el thriller sobre amistades traicionadas Tumba abierta, ya se consideraba a Danny Boyle como El Elegido. Se suponía que aquella historia de pijos (entonces se llamaban yuppies) en Escocia era sólo el punto de partida de una carrera fulgurante. Había que confirmarlo con una segunda película que hiciera todavía más ruido. Y para eso, el trío creativo formado por Boyle, el guionista John Hodge y el productor Andrew Macdonald necesitaba una buena historia.

    Elige un guión

    Andrew Macdonald, el productor, fue el primero en leer la novela Trainspotting, de Irvine Welsh, y en sugerir su adaptación. El problema es que estaba organizada en torno a una serie de monólogos interiores sin estructura definida, era poco “cinematográfica”, y estaba escrita en una jerga escocesa calificada de “pesadilla para los estudiantes de inglés”. John Hodge dio con la solución mágica, según Boyle: “Hubo un cambio muy importante [con respecto a la novela]. La apertura original iba a ser sin texto. Pero, hacia el final de la escritura del guión, John desplazó el monólogo con el que empieza el filme del centro al principio. Y, entonces, todos tuvimos la impresión de que el asunto despegaba. Nos dio muchísima confianza”. 

    A pesar de todo, Boyle admitía que la adaptación seguía siendo peliaguda: “El mayor problema era el lenguaje, porque las acrobacias vernáculas del libro no podían ser reproducidas en la película, o habría tenido que ser subtitulada. Intentamos compensarlo con las imágenes, porque sabíamos que nunca seríamos capaces de reproducir ese sobrecogedor lenguaje, así que hicimos la película lo más excitante visualmente que fuimos capaces”.

    Boyle sabía cómo hacerlo, porque su referencia, que hizo ver una y otra vez al equipo, era obvia: todo en Trainspotting, desde la voz en off del protagonista, al empleo constante del gran angular, la cámara subjetiva, los ángulos atípicos o la edición frenética, remitía a La naranja mecánica, de Stanley Kubrick. En opinión de Macdonald, el productor, era necesario zambullirse en el pasado para retratar el presente. “La época de La naranja mecánica o Alfie fue la última vez que Gran Bretaña demostró capacidad para hacer películas sobre temas contemporáneos que fueran emocionantes e impactantes, y que significaran algo para el público británico”.

    Elige un actor

    Ninguno de los tres dudaba en quién debía protagonizar su película: las relaciones personales que se habían creado con Ewan McGregor a raíz de su colaboración en Tumba abierta convertían esta cuestión en menor. Además, McGregor era escocés. Lo que para Boyle era una bendición, para el actor fue una condena, como ha reconocido el director en The Guardian: “Debía animarle constantemente, porque sentía que no se esforzaba lo suficiente”.

    Físicamente, McGregor se dejó la piel… y 13 kilos. “Mi mujer fue mi dietista. Básicamente dejé de beber cerveza y perdí peso”, comentaba a Interview… Aunque no del todo, por lo visto: a la escena del parque y la carabina, Ewan se presentó borracho. El resto del elenco eran jóvenes actores capaces de moverse de la comedia al drama sin problemas. La excepción era la inexperta Kelly Macdonald, la turbadora chica en uniforme escolar, un oasis femenino en un mundo de hombres: “Me enteré de la película por un flyer que repartieron en el restaurante en el que trabajaba. Tenía 19 años y no sabía qué hacer con mi vida”.

    Elige una droga

    “Habrá tantas drogas en los Juegos Olímpicos (de Atlanta) como en Trainspotting”, bromeaba Boyle. En medio del imperio de las pastillas, que los club kids engullían como caramelos, la heroína se veía como una cosa tan distante, tan alejada gracias al temor al sida, que hasta permitía la chanza, y así lo había demostrado Quentin Tarantino en Pulp Fiction. De la droga se salía. El mismísimo Welsh lo había hecho, siendo Renton una especie de álter ego del autor.

    Elige un ambiente cutre

    El caso es que hasta Escocia estaba de moda en el cine. Sólo el año antes, Mel Gibson en Braveheart y Michael Caton-Jones en Rob Roy habían ambientado dos superproducciones de Hollywood en ese bucólico paisaje del norte de Gran Bretaña. La Escocia de Boyle sería otra, claro, y en vez del verde de sus predecesoras destacaría el gris, el marrón, el ocre (“Hablamos mucho de la pintura de Francis Bacon” reconoció Danny Boyle). En el Edimburgo (en realidad, buena parte se rodó en Glasgow) de Trainspotting todo era feo, cutre y usado. Pero tenía su encanto: puso de moda las camisetas de equipos de fútbol antiguos, recuperó las botas Dr. Martens, las Converse, los pantalones pitillo…

    Muy acorde con la escenografía, Hodge llenó el guión de escenas escatológicas. La más célebre será por siempre la de “el peor baño de Escocia”, en cuya taza del váter se zambullía Renton, pero desde los problemas estomacales de Spud a la enfermedad de Tommy o las escenas de sobredosis, el filme daba mucho mal rollo.

    Elige una banda sonora cara que te cagas

    Porque puede que Trainspotting no fuera un musical, pero la música era media película. Desde el inicio, con el redoble de tambor del Lust for Life de Iggy Pop, uno tenía la sensación de estar en la mejor discoteca del planeta. La música era tan importante que Polygram se gastó 800.000 libras en la banda sonora. Una barbaridad si tenemos en cuenta que la película había costado 1.500.000. La revolución digital, el paso del vinilo al CD, había disparado los precios, reducido los costes y obligado al planeta entero a renovar, previo pago, toda su colección.

    Los que vivimos el mundillo musical de aquel entonces lo recordamos como unos años loquísimos en los que hasta el portero de la discográfica tenía una ‘tarjeta black’ para sus gastos propios: era el segundo renacimiento de la música británica tras la British Invasion de los Beatles y los Stones. Buen alumno de Scorsese, Boyle concibió la música en Trainspotting como un elemento claramente narrativo, separando las dos partes de la historia.

    Ese gozne se trasladó también a la recepción del filme. Como declaró recientemente el novelista Irvine Welsh: “Fue Danny [Boyle] el que decidió que necesitábamos ese toque contemporáneo, y fue una jugada maestra, porque el britpop era el último grito de la cultura juvenil y ayudó a que Trainspotting fuera su gran película”. Y de los cines, al mundo: 1996 fue el segundo año del FIB, por ejemplo, donde pronto sonó su banda sonora. 

    Elige un escándalo

    Al primer pase acudió toda la beautiful people londinense del momento, desde Damon Albarn, de Blur, a los amigos poco recomendables de Irvine Welsh. Luego llegaría Cannes, y el empapelado de medio planeta con los rostros de los protagonistas, en una campaña publicitaria ejemplar. El salto a EE UU lo darían con la inestimable ayuda del por entonces candidato a la presidencia Bob Dole, que acusaría al filme de hacer apología de las drogas. Boyle se defendió con su particular versión de “lo de Superman y el niño que salta por la ventana” y le contó a Fiona Russell: “Es ridículo. La gente no toma drogas porque lo ve en las películas, sino porque le gusta colocarse con su novia o sus amigos. Lo único que puedo hacer es decir la verdad y contar que la heroína se consume porque te hace sentir maravillosamente bien”.

    Sea como fuere, todo ayudó para que, según el British Film Institute, Trainspotting se haya convertido en la segunda película británica más vista de la historia, sólo por detrás de Cuatro bodas y un funeral. Tiene un valor generacional incuestionable, que surge de su particular contexto de producción pues, según confesó Boyle a The Guardian, “había un clima general de cambio. El periodo de Thatcher se estaba ahogando en una marea de historias sexuales cada vez más ridículas, escándalos financieros y entrenadores de fútbol detenidos por practicar sodomía en gasolineras. La cultura popular quería enviar todo aquello a la mierda y crear una energía que eliminara aquella parte de la historia. Era la razón de ser de la música house, del britpop y del éxito en taquilla de algo tan poco comercial como Trainspotting”.

    Hoy, todos reconocemos su monólogo inicial, que fue para los jóvenes de los 90 algo así como el Aullido de Ginsberg para los beatniks de los 60. Renton, al final, elige la vida; a nosotros no nos quedó otra opción que elegir Trainspotting.

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