‘Tierra sin pan’, la película que Buñuel se jugó en la lotería

'Buñuel en el laberinto de las tortugas' recrea el rodaje del tercer filme del aragonés y su amistad con el productor Ramón Acín

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22 de abril de 2019

Ramón Acín Aquilué (Huesca, 1888) era un anarquista tan convencido y consecuente que pasaba las noches impartiendo clases a obreros. “Ese raro Ramón Acín”, como lo inmortalizó Gómez de la Serna en sus memorias, artista, pedagogo y activista, fue también gran amigo de Buñuel. A principios de los años 30, conocía la inquietud que devoraba entonces al cineasta, peleado con Lorca, Dalí y los surrealistas de París y recién llegado de Hollywood, donde sus comilonas con Chaplin y Neville no ocultaban que había cruzado el charco para nada. La edad de oro, su segunda película, había sido un escándalo y, para mejorar las cosas, al aragonés se le había metido entre ceja y ceja dirigir una película de Las Hurdes, “esa región montañosa desolada, entre Cáceres y Salamanca, en la que no había más que piedras, brezo y cabras”, dejó por escrito en Mi último suspiro, sus memorias. “Yo acababa de leer un estudio completo realizado sobre aquella región por Legendre, director del Instituto Francés de Madrid, que me interesó sobremanera”, recuerda Buñuel de la tesis doctoral que conservó en su biblioteca hasta el final de sus días. “Un día, en Zaragoza, hablando de la posibilidad de hacer un documental sobre Las Hurdes, con mi amigo Sánchez Ventura y Ramón Acín, un anarquista, este me dijo de pronto: ‘Mira, si me toca el gordo de la lotería, te pago esa película’. A los dos meses le tocó la lotería, no el gordo, pero sí una cantidad considerable. Y cumplió su palabra”. La historia de ese boleto ganador convertido en película, así como de la amistad de Acín y Buñuel es lo que recrea Buñuel en el laberinto de las tortugas, película de Salvador Simó que a su vez adapta la novela gráfica de Fermín Solís.   

Acín ganó 25.000 pesetas y 20.000 fueron para su amigo Buñuel, que preparó un equipo de rodaje de inmediato y se propuso paliar el escaso presupuesto rodando la película en un mes. El poeta surrealista Pierre Unik y el cámara Eli Lotar vinieron de París y se sumaron a Acín y a Rafael Sánchez Ventura, otro personaje que pululaba por los aledaños de la Residencia de Estudiantes. Yves Allégret, que después se convertiría en un director de cine negro de cierto prestigio, les prestó una cámara. 4.000 pesetas se invirtieron en comprar un viejo Fiat que el cineasta, igual de talentoso para la mecánica, reparaba cuando se estropeaba. El filme se rodó entre el 23 de abril y el 22 de mayo de 1933. El equipo salía todas las mañanas antes del amanecer. Conducían durante dos horas y después tenían que seguir a pie, cargando con el material.

Un ojo colectivo que arranca secretos

“Aquellas montañas desheredadas me conquistaron en seguida. Me fascinaba el desamparo de sus habitantes, pero también su inteligencia y su apego a su remoto país, a su ‘tierra sin pan’. Por lo menos en una veintena de pueblos se desconocía el pan tierno”, cuenta Buñuel en Mi último suspiro. Para preparar el rodaje, el cineasta visitó Las Hurdes durante 10 días, apuntando todo lo que llamaba su atención en una libreta. “Anotaba ‘cabras’, ‘niña enferma de malaria’, ‘mosquitos’, ‘no hay canciones ni pan’ y después rodé siguiendo estos apuntes”, recuerda.

Para contarle al mundo lo que acontecía en Las Hurdes, Buñuel echó mano de su máxima “Una cámara es un ojo colectivo que permite ir más allá de la realidad, arrancarle el secreto” y alteró repetidamente lo real con el fin de adecuarlo a lo que quería decir con el documental. Como cuenta Mercè Ibarz en Buñuel documental. Tierra sin pan y su tiempo: “Todas las escenas colectivas, salvo las de La Alberca, fueron dirigidas: los hombres que van a buscar trabajo, la gente que va hacia la casa donde ha muerto el bebé”. Además, en determinados momentos, el equipo intervenía directamente en la realidad. Así lo cuenta Buñuel en sus memorias haciendo referencia a la famosa escena en la que una cabra se despeña: “Como no podíamos esperar a que se cayese por sí misma, provoqué la caída disparando una pistola. Después nos dimos cuenta de que se veía el humo del disparo en el encuadre, pero no podíamos repetir la escena porque los pastores nos hubieran agredido (ellos no disparaban a las cabras, solo se comían aquellas que se caían)”.

No es la única escena de Tierra sin pan customizada por el aragonés. El burro atacado por las abejas ya estaba muerto cuando el equipo de rodaje le tiró un par de panales por encima; la niña inmóvil y enferma no murió como afirma el comentario; y el bebé muerto a quienes los hombres entierran en un pueblo vecino realmente estaba dormido. “La criatura murió a los pocos años. La madre siempre ha creído que la muerte de su hijo era un castigo por haber dejado creer que estaba muerto en el filme”, cuenta Ibarz. Buñuel nunca tuvo ningún reparo en calificar su documental de “tendencioso”: “En Las Hurdes bajas no había tanta miseria. De los 52 pueblos que las componían, en más de 30 no conocían el pan y no tenían caminos, ni canciones. Filmé brevemente las Hurdes bajas, pero casi todo el filme sucede en las altas, que eran montañas parecidas al infierno, una serie de despeñaderos áridos”, explica en Buñuel por Buñuel, de Tomás Pérez Turrent y José de la Colina.

La negativa del doctor Marañón

El rodaje terminó en mayo de 1933 y Buñuel inició el montaje, sin dinero, sobre una mesa de cocina y tarareando la 4ª Sinfonía de Brahms obsesivamente, música que después constituiría la banda sonora junto a unos comentarios locutados con una frialdad que aún pone los pelos de punta. “Como no tenía moviola, miraba las imágenes con lupa y las pegaba como podía. Seguramente, descarté imágenes interesantes por no verlas bien”, afirma en sus memorias. En diciembre, Buñuel presentó Tierra sin pan en el Palacio de la Prensa sin sonorizar y leyendo él mismo el comentario usando un micrófono. Después, la película fue prohibida por la censura. Acín, que quería recuperar su dinero, le insistía en que había que explotar la película y al aragonés se le ocurrió pedirle ayuda al presidente del Patronato de Las Hurdes, que no era otro que el mismísimo Gregorio Marañón. El doctor había viajado a Las Hurdes antes que Buñuel y conocía de sobra las circunstancias de esta región mísera e inhóspita, la infertilidad de sus tierras, la ausencia de caminos, etc. En una memoria que se debatió en las Cortes en 1922 y que motivó el viaje del rey Alfonso XIII a la región, Marañón había establecido que “todos esos problemas, con ser tan graves, quedan alejados y oscurecidos ante la realidad angustiosa del estado médico de aquellas pobres gentes, que, en su casi totalidad, son enfermos graves y que parecen abandonados de la más elemental de las tutelas sanitarias”. Ante tal diagnóstico, Acín y Buñuel daban por descontada la ayuda de Marañón. Sin embargo, el médico, tras asistir a una proyección con el aragonés, se limitó a cuestionar las intenciones del cineasta al enseñar siempre el lado feo y desagradable de las cosas. “Le respondí que él demostraba un nacionalismo barato y abominable. Después de lo cual me marché sin decir una palabra y la película siguió prohibida”, recuerda Buñuel que tardó otros dos años en sonorizar Tierra sin pan, en esta ocasión con la ayuda de la Embajada de España en París.

La siguiente vez que se estrenó, en 1936, la película incluía una coda de propaganda a favor de la República: “Con la ayuda de los antifascistas de todo el mundo, la paz, el trabajo y la felicidad sustituirán a la guerra civil y harán desaparecer para siempre los focos de miseria que este filme les ha mostrado”. Durante el Franquismo, Tierra sin pan se convirtió en lo que Román Gubern definió como “un filme leído pero jamás visto, un filme-faro, perseguido y prohibido por el oscurantismo político y convertido en monumento emblemático del cine español resistente”. En los años 50, siendo él director del Cineclub Universitario de Barcelona, compró a la firma francesa Film Office de París una copia en 16 mm por encargo. ¿Quién era el destinatario final? Basilio Martín Patino, que proyectándola en el CineClub de Salamanca daba los primeros pasos para que se consolidase el Nuevo Cine Español. En 1964, la Internationale Filmwoche de Mannheim (RFA) solicitó a 21 historiadores y críticos de veinticuatro países la elaboración de una lista de los mejores documentales y en ella incluyeron Tierra sin pan.

Los estudios de Pierre Braunberger, donde se había sonorizado Las Hurdes terminaron por comprar la película y pagaron a Buñuel por los derechos. El aragonés podía saldar por fin la deuda contraída con Acín, pero ya era tarde y el dinero sería restituido a sus hijas. “En 1936, cuando estalló la guerra civil, un grupo armado de extrema derecha fue a buscar a Ramón Acín a su casa en Huesca –cuenta en sus memorias el cineasta–. Él consiguió escapar con gran habilidad. Los fascistas se llevaron entonces a su mujer y dijeron que la fusilarían si él no se presentaba”. Acín se presentó y los fusilaron a los dos. Pasarían 13 años hasta que Buñuel volviese a dirigir.

Buñuel en el laberinto de las tortugas se estrena el 26 de abril.

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